miércoles, 18 de octubre de 2017

TEXTO PRIMERO BGU

UN MÉDICO, VENDEDOR AMBULANTE

Ramiro Díez

A doña Matilde la enterraron la semana pasada en Guayaquil. Con ella terminó un pedacito de historia que hay que contar. Era una abuela que parecía de más de 100 años. Sin embargo, su rostro surcado por los recuerdos se iluminaba cuando hablaba de una lejana noche en su Guayaquil de pasillos melancólicos y calores insufribles. Julio, su nieto, me contó que en su ataúd barato pusieron una foto descolorida, razón de su sonrisa.

Ella abrazaba la foto y en la foto alguien la abrazaba. Hace más de 20 años, ella misma me contó la historia de aquel retrato: En la década del 50, en Guayaquil, un muchacho de sonrisa luminosa y acento argentino, que vivía en un cuartito vecino, vendía hilos, agujas y lápices de colores en los buses y en lo que hoy es el malecón. Era un ganapán, un 7 oficios, vendedor ambulante. Una noche de intensa lluvia tocó a la puerta de su casa. Eran las 23:00.

– Me contó el zapatero, que su mamá está enferma. Déjeme ayudarla – dijo el joven.

Doña Matilde, de 20 años, fue reticente. Un vendedor ambulante, ¿qué podría contra los escalofríos y la fiebre de su madre? Antes de que pudiera decir algo, el muchacho ya había cruzado la puerta y miraba el cuarto que alumbraba una vela.

– Soy médico – afirmó, y entró.

– ¿Tú crees que mi mamá…?–  empezó a decir doña Matilde, pero cambió el estilo de la pregunta. – ¿Usted cree, doctor, que mi mamá…? –. No terminó la frase.

– Ya vengo. Manténgala hidratada. Déle alguna bebida tibia. Espéreme, que regreso enseguida – dijo el hombre. Y sin importar la lluvia apocalíptica corrió a buscar una farmacia. Regresó una hora después, bañado en lluvia y sudor, con los medicamentos y permaneció junto a la paciente hasta el amanecer.

En su cuartucho del barrio Las Peñas donde siempre vivió, doña Matilde lo recordaba como el médico que había salvado a su madre y deseaba, en medio de su pobreza, que el mundo tuviera más hombres como ese muchacho de mirada generosa. Por eso, años después, cuando ese médico llamado Ernesto Guevara fue noticia en Bolivia, doña Matilde supo que a ella le habían arrancado un pedazo del corazón. Y que debería irse de este mundo abrazando la foto donde él la abrazaba.


En ajedrez, como en la vida, no se puede ahorrar poesía. 

lunes, 9 de octubre de 2017

CUENTO 1 OCTAVO EGB

EL LORO PELADO
Horacio Quiroga


Había una vez una banda de loros que vivía en el monte.
De mañana temprano iban a comer choclos a la chacra, y de tarde comían naranjas. Hacían gran barullo con sus gritos, y tenían siempre un loro de centinela en los árboles más altos, para ver si venía alguien.
Los loros son tan dañinos como la langosta, porque abren los choclos para picotearlos, los cuales, después, se pudren con la lluvia. Y como al mismo tiempo los loros son ricos para comer guisados, los peones los cazaban a tiros.
Un día un hombre bajó de un tiro a un loro centinela, el que cayó herido y peleó un buen rato antes de dejarse agarrar. El peón lo llevó a la casa, para los hijos del patrón, los chicos lo curaron porque no tenía más que un ala rota. El loro se curó muy bien, y se amansó completamente. Se llamaba Pedrito. Aprendió a dar la pata; le gustaba estar en el hombro de las personas y con el pico les hacía cosquillas en la oreja.
Vivía suelto, y pasaba casi todo el día en los naranjos y eucaliptos del jardín. Le gustaba también burlarse de las gallinas. A las cuatro o cinco de la tarde, que era la hora en que tomaban el té en la casa, el loro entraba también en el comedor, y se subía con el pico y las patas por el mantel, a comer pan mojado en leche. Tenía locura por el té con leche.
Tanto se daba Pedrito con los chicos, y tantas cosas le decían las criaturas, que el loro aprendió a hablar. Decía: “¡Buen día lorito!...” “¡Rica la papa!...” “¡Papa para Pedrito!...”. Decía otras cosas más que no se pueden decir, porque los loros, como los chicos, aprenden con gran facilidad malas palabras.
Cuando llovía, Pedrito se encrespaba y se contaba a sí mismo una porción de cosas, muy bajito. Cuando el tiempo se componía, volaba entonces gritando como un loco.
Era, como se ve, un loro bien feliz, que además de ser libre, como lo desean todos los pájaros, tenía también, como las personas ricas, su five o'clock tea.
Ahora bien: en medio de esta felicidad, sucedió que una tarde de lluvia salió por fin el sol después de cinco días de temporal, y Pedrito se puso a volar gritando:
—”¡Qué lindo día, lorito!... ¡Rica papa!... ¡La pata, Pedrito!...” —y volaba lejos, hasta que vio debajo de él, muy abajo, el río Paraná, que parecía una lejana y ancha cinta blanca. Y siguió, siguió, siguió volando, hasta que se asentó por fin en un árbol a descansar.
Y he aquí que de pronto vio brillar en el suelo, a través de las ramas, dos luces verdes, como enormes bichos de luz.
—¿Qué será? —se dijo el loro—. “¡Rica, papa!...” ¿Qué será eso?... “¡Buen día, Pedrito!...”
El loro hablaba siempre así, como todos los loros, mezclando las palabras sin ton ni son, y a veces costaba entenderlo. Y como era muy curioso, fue bajando de rama en rama, hasta acercarse. Entonces vio que aquellas dos luces verdes eran los ojos de un tigre que estaba agachado, mirándolo fijamente.
Pero Pedrito estaba tan contento con el lindo día, que no tuvo ningún miedo.
—¡Buen día, tigre! —le dijo—. “¡La pata, Pedrito!...”
Y el tigre, con esa voz terriblemente ronca que tiene le respondió:
—¡Bu-en-día!
—¡Buen día, tigre! —repitió el loro—. “¡Rica papa!... ¡rica papa!... ¡rica papa!...”
Y decía tantas veces “¡rica papa!” porque ya eran las cuatro de la tarde, y tenía muchas ganas de tomar té con leche. El loro se había olvidado de que los bichos del monte no toman té con leche, y por esto lo convidó al tigre.
—¡Rico té con leche!—le dijo—. “¡Buen día, Pedrito!...” ¿Quieres tomar té con leche conmigo, amigo tigre?
Pero el tigre se puso furioso porque creyó que el loro se reía de él, y además, como tenía a su vez hambre se quiso comer al pájaro hablador. Así que le contestó:
—¡Bue-no! ¡Acérca-te un po-co que soy sordo!
El tigre no era sordo; lo que quería era que Pedrito se acercara mucho para agarrarlo de un zarpazo. Pero el loro no pensaba sino en el gusto que tendrían en la casa cuando él se presentara a tomar té con leche con aquel magnífico amigo. Y voló hasta otra rama más cerca del suelo.
—¡Rica papa, en casa! —repitió, gritando cuanto podía.
—¡Más cer-ca! ¡No oi-go! —respondió el tigre con su voz ronca.
El loro se acercó un poco más y dijo:
—¡Rico té con leche!
—¡Más cer-ca toda-vía! —repitió el tigre.
El pobre loro se acercó aun más, y en ese momento el tigre dio un terrible salto, tan alto como una casa, y alcanzó con la punta de las uñas a Pedrito. No alcanzó a matarlo, pero le arrancó todas las plumas del lomo y la cola entera. No le quedó una sola pluma en la cola.
—¡Tomá! —Rugió el tigre—. Andá a tomar té con leche...
El loro, gritando de dolor y de miedo, se fue volando, pero no podía volar bien, porque le faltaba la cola que es como el timón de los pájaros. Volaba cayéndose en el aire de un lado para otro, y todos los pájaros que lo encontraban se alejaban asustados de aquel bicho raro.
Por fin pudo llegar a la casa, y lo primero que hizo fue mirarse en el espejo de la cocinera. ¡Pobre Pedrito! Era el pájaro más raro y más feo que puede darse, todo pelado, todo rabón y temblando de frío. ¿Cómo iba a presentarse en el comedor con esa figura? Voló entonces hasta el hueco que había en el tronco de un eucalipto y que era como una cueva, y se escondió en el fondo, tiritando de frío y de vergüenza.
Pero entretanto, en el comedor todos extrañaban su ausencia:
—¿Dónde estará Pedrito? —decían. Y llamaban— ¡Pedrito! ¡Rica papa, Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito!.
Pero Pedrito no se movía de su cueva, ni respondía nada, mudo y quieto. Lo buscaron por todas partes, pero el loro no apareció. Todos creyeron entonces que Pedrito había muerto, y los chicos se echaron a llorar.
Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban siempre del loro, y recordaban también cuánto le gustaba comer pan mojado en té con leche. ¡Pobre Pedrito! Nunca más lo verían porque había muerto.
Pero Pedrito no había muerto, sino que continuaba en su cueva sin dejarse ver por nadie, porque sentía mucha vergüenza de verse pelado como un ratón. De noche bajaba a comer y subía en seguida. De madrugada descendía de nuevo, muy ligero, e iba a mirarse en el espejo de la cocinera, siempre muy triste porque las plumas tardaban mucho en crecer.
Hasta que por fin un día, o una tarde, la familia sentada a la mesa a la hora del té vio entrar a Pedrito muy tranquilo, balanceándose como si nada hubiera pasado. Todos se querían morir, morir de gusto cuando lo vieron bien vivo y con lindísimas plumas.
—¡Pedrito, lorito! —le decían—. ¡Qué te pasó, Pedrito! ¡Qué plumas brillantes que tiene el lorito!
Pero no sabían que eran plumas nuevas, y Pedrito, muy serio, no decía tampoco una palabra. No hacía sino comer pan mojado en té con leche. Pero lo que es hablar, ni una sola palabra.
Por eso, el dueño de casa se sorprendió mucho cuando a la mañana siguiente el loro fue volando a pararse en su hombro, charlando como un loco. En dos minutos le contó lo que había pasado: Un paseo al Paraguay, su encuentro con el tigre, y lo demás; y concluía cada cuento cantando:
—¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma! ¡Ni una pluma!
Y lo invitó a ir a cazar al tigre entre los dos.
El dueño de casa, que precisamente iba en ese momento a comprar una piel de tigre que le hacía falta para la estufa, quedó muy contento de poderla tener gratis. Y volviendo a entrar en la casa para tomar la escopeta, emprendió junto con Pedrito el viaje al Paraguay. Convinieron en que cuando Pedrito viera al Tigre, lo distraería charlando, para que el hombre pudiera acercarse despacito con la escopeta.
Y así pasó. El loro, sentado en una rama del árbol, charlaba y charlaba, mirando al mismo tiempo a todos lados, para ver si veía al tigre. Y por fin sintió un ruido de ramas partidas, y vio de repente debajo del árbol dos luces verdes fijas en él: eran los ojos del tigre.
Entonces el loro se puso a gritar:
—¡Lindo día!... ¡Rica papa!... ¡Rico té con leche!... ¿Querés té con leche?. ..
El tigre enojadísimo al reconocer a aquel loro pelado que él creía haber muerto, y que tenía otra vez lindísimas plumas, juró que esa vez no se le escaparía, y de sus ojos brotaron dos rayos de ira cuando respondió con su voz ronca:
—¡Hacer-ca-te más! ¡Soy sor-do!
El loro voló a otra rama más próxima, siempre charlando:
—¡Rico, pan con leche! ... ¡ESTA AL PIE DE ESTE ARBOL ! ...
Al oír estas últimas palabras, el tigre lanzó un rugido y se levantó de un salto.
—¿Con quién estás hablando? —bramó—. ¿A quién le has dicho que estoy al pie de este árbol?
—¡A nadie, a nadie! —gritó el loro—. “¡Buen día, Pedrito! ... ¡La pata, lorito!...”
Y seguía charlando y saltando de rama en rama, y acercándose. Pero él había dicho: está al pie de este árbol para avisarle al hombre, que se iba arrimando bien agachado y con la escopeta al hombro.
Y llegó un momento en que el loro no pudo acercarse más, porque si no, caía en la boca del tigre, y entonces gritó:
—“¡Rica papa!…” ¡ATENCION!
—¡Más cer-ca aun! —rugió el tigre, agachándose para saltar.
—“¡Rico, té con leche!...” ¡CUIDADO VA A SALTAR!
Y el tigre saltó, en efecto. Dio un enorme salto, que el loro evitó lanzándose al mismo tiempo como una flecha en el aire. Pero también en ese mismo instante el hombre, que tenía el cañón de la escopeta recostado contra un tronco para hacer bien la puntería, apretó el gatillo, y nueve balines del tamaño de un garbanzo cada uno entraron como un rayo en el corazón del tigre, que lanzando un bramido que hizo temblar el monte entero, cayó muerto.
Pero el loro, ¡qué gritos de alegría daba! ¡Estaba loco de contento, porque se había vengado —¡y bien vengado!— del feísimo animal que le había sacado las plumas!
El hombre estaba también muy contento, porque matar a un tigre es cosa difícil, y, además, tenía la piel para la estufa del comedor.
Cuando llegaron a la casa, todos supieron por qué Pedrito había estado tanto tiempo oculto en el hueco del árbol y todos lo felicitaron por la hazaña que había hecho.
Vivieron en adelante muy contentos. Pero el loro no se olvidaba de lo que le había hecho el tigre, y todas las tardes, cuando entraba en el comedor para tomar el té se acercaba siempre a la piel del tigre, tendida delante de la estufa, y lo invitaba a tomar té con leche.
—¡Rica papa!... —le decía—. ¿Querés té con leche?. ¡La papa para el tigre!...
Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.



lunes, 3 de julio de 2017

ENSAYO

TO THINK OR NOT TO THINK, THIS IS THE REATING
Pensar o no pensar, éste es el reating                                                                                             Por: Ramiro Diez
Los humanos nos estamos quedando sin palabras. Los lingüistas afirman que usamos el 20% menos de las palabras que se utilizaban a mediados del siglo anterior. Es decir, nos estamos quedando sin cómo hablar. Mudos, para que quede claro. Y esto sí es serio. Quedarnos sin palabras es quedarnos sin pensamiento, aunque pueden existir palabras sin pensamiento: algunos políticos son un ejemplo tragicómico. Encienda en este momento la tele para que se percate de lo justo de la afirmación. Pero no puede existir pensamiento sin palabra. Piense.
Despojados de la palabra-pensamiento, estamos incapacitados para entender el mundo, para amarlo y odiarlo, para soñarlo distinto, para cambiarlo. A alguien le tiene que convenir que no podamos ni soñar ni cambiar el mundo cada vez más mudo que nos rodea.
Dicen que el arrasamiento del lenguaje tiene una causa conocida: la televisión, que nos ha convertido de homo tipógrafus en homo televidentis. Y es que no muy lejos en el tiempo las conversaciones se iniciaban con “¿Has leído…?” Ahora es: “¿Viste…?”
Antes leíamos. Ahora vemos. Cuando leíamos, imaginábamos el paisaje y el rostro del personaje, y la forma como vestía o caminaba. Y esa creación nuestra era la mejor de todas y no se parecía a ninguna, y así, cada lector volvía a escribir, a su manera, el libro.
Con la imagen no ocurre eso. Allí en la pantalla hay un rostro y un paisaje imaginados por alguien, y ese es el producto que todos consumimos. Se acabó la imaginación, porque alguien nos hizo el dudoso favor de imaginar por nosotros.
De alquimistas de ideas, de malabaristas de las palabras, nos hemos convertido en simios devoradores de imágenes y onomatopeyas. Este experimento lo hicieron en Harvard:
Los investigadores crearon una pantalla especial para transmitir a un grupo de chimpancés algunos capítulos de telenovelas conocidas, y les entregaron ladrillos de espuma. La sorpresa no fue mucha cuando los científicos constataron que los animales entendían, sin dificultad, la trama identificaban a la fulanita “mala” que se quería quedar con la herencia y el marido de la zutanita buena, y cada vez que la “mala” aparecía en pantalla le arrojaban los ladrillos con toda la furia.
¿Habrán trepado los chimpancés hasta la estatura intelectual de los televidentes? ¿O habremos sufrido un proceso involutivo que no se lo hubiera imaginado ni el mismo Darwin?
La televisión es castrante. Pero no el medio en abstracto, general. No. Es la mala, la inhumana, la feroz, vulgar y atropellante programación que en muchas partes se sufre. Con las nobles excepciones, por supuesto.
Esa pantalla podría ser una ventana a nuevas formas de enriquecernos intelectualmente. Pero la ventana se convierte en el orificio por donde se mete la cabeza para que baje la implacable cuchilla. Y es que la imagen no exige demasiados esfuerzos, ni potencia la palabra, es decir, el pensamiento.
Lo hemos visto: policía blanco persigue a malhechor negro. Disparo. Carros que chocan. Otros choques. Más disparos. Intento de fuga del negro. Salto felino del blanco. Más disparos cruzados. Todos fallan. Al final, el blanco alcanza al negro.  Entonces viene el intercambio de golpes para el inesperado desenlace: ¡pluf!, ¡pum!, ¡crash!, ¡oggghhh!, ¡paf!, ¡tum!, ¡ay!, ¡yah!, ¡eah!, ¡track! Y fin.
Lírico, el diálogo. Sutil. Preñado de sugerencias. Verde pálido de la envidia un tal Shakespeare.
En fin: ese poder castrante y embrutecedor de la facilidad de la imagen no lo habría podido crear ni el más diabólico de los científicos que se hubiera propuesto tal tarea.
Eso explica el que yo haya sido testigo interesado del dialogo de dos jovencitos. Escuché lo siguiente, palabras más, palabras menos.
“Entonces llegó el man y vio a la man con el otro man. Y entonces ¡trákata! Y el man, ¡pum! Y la man entonces, ¡chutz! Y el otro man, ¡plaf!... ¡Qué man!”
Un sustantivo para tres protagonistas y dos verbos para una historia de amor, celos y violencia. Lo más increíble: ¡el man que escuchaba la historia contada por el otro man, la entendió!
Así podríamos contar que Crimen y Castigo es un man que mata a una man y a otra man hermana de la man, y el man va a la cárcel. Con la erosión del lenguaje, resulta inútil Dostoievski. Y había un man flaco amigo de un man gordo. Y Cervantes, innecesario.
Es que, ¿qué se puede esperar? Un día, en la pantalla aparece un personaje con cara de tipo normal, potente voz, agradable dicción, y anuncia: “Ahora sí, vamos al mundo del arte”. Y nos sobresaltamos, felices, y hay un escalofrío inconfesable y quizás cursi que nos recorre, y un nudito de emoción se hace en la garganta. Beethoven. Van a hablar de Beethoven. O de Rembrandt. Y vamos a escuchar Pequeña Serenata Nocturna de Mozart interpretada por… “¡Juanes informó que está esperando su segundo hijo!... y a la cantante Shakira se le vio en un exclusivo restaurante de Miami con el hijo de un ex presidente argentino”.
Ese es el mundo del arte en televisión. Esa es la cultura de la incultura, de la más perversa y sofisticada violencia que puede sufrir el ser humano: que le conviertan a la basura en algo trascendente, y los valores trascendentes en basura.
No es solo la tele. También tenemos responsabilidad en el empobrecimiento de la cultura los que escribimos, ya sea libros, o los que publicamos en periódicos y revistas… Para no hablar de la radio, que esa es otra historia…
Volvamos con los impresos: una peste que se la habría querido Moisés contra los egipcios, sería esa horrenda literatura chatarra que inunda las librerías. Hoy vemos a Chopra y Cuauhtémoc y a otros especímenes de la fauna del pensamiento triunfalista, exitoso y epidérmico, convertidos en los adalides de la moderna filosofía.
Y los periódicos y revistas tampoco escapan a la mediocridad que galopa. La gente no lee porque es posible que lo que hoy escribimos no valga la pena ser leído.
Están lejanos los días del siglo XIX, cuando un periódico inglés tenía que hacer tirajes de doscientos mil ejemplares para satisfacer al público lector de Dickens con sus pequeñas historias. O los días en los cuales el ejército y la policía en Bogotá tenían que dispersar, a las dos de la mañana, a la gente que se agolpaba a las puertas del diario El Espectador para adquirir el periódico y poder leer la continuación de una crónica (Relato de un náufrago) de García Márquez.
Scherezada salvó su vida con la magia de la palabra. Salvó su vida, y la de todas las doncellas de aquel reino. Y salvó la vida del reino. Con la palabra. Seguro que en sus mil y una noches hubo otros lujuriosos condimentos, pero fue la palabra que permitió que la existencia tomase un rumbo digno para todos.
Todos los que vivimos el privilegio de poder decir y escribir, deberíamos evolucionar hacia aprendices de Scherezada: recuperar la palabra, descubrir la alquimia del verbo, y como brujos atrevidos, empezar a desatar las fuerzas que en la palabra se esconden, para salvar la vida.
Y, de paso, hay que empezar por el principio: a poner patas arriba este mundo que está al revés, donde nos han convertido lo vital en inútil, y lo inútil en vital.


miércoles, 15 de abril de 2015

TRABAJO PALABRAS VARIABLES-INVARIABLES

TRABAJO DE PALABRAS VARIABLES E INVARIABLES 

Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta
La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.

En un beso, sabrás todo lo que he callado.

Conocer el amor de los que amamos es el fuego que alimenta la vida.

Para que nada nos separe que nada nos una.

¿Sufre más aquél que espera siempre que aquél que nunca esperó a nadie?

Si el corazón se aburre de querer para qué sirve.

Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio.

El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien, sino en el deseo de dormir junto a alguien.


El amor, por definición, es un regalo no merecido.
Soledad: una dulce ausencia de miradas.

Los mejores amigos son como las estrellas, aunque no siempre se ven, sabes que están ahí.
Los amigos se hieren con la verdad para no destruirse con las mentiras.

Los amigos son ángeles que se levantan cuando tus alas han olvidado cómo volar.
Cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír.
Aprender es como remar contra corriente: en cuanto se deja, se retrocede.

La sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve de nada.

Yo creo que todavía no es demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra.
No tenemos otro mundo al que podernos mudar.





domingo, 1 de febrero de 2015

Textos - tercero de bachillerato/ Razonamiento verbal



¿Quién pone los límites a la libertad de expresión?
Partamos de algo básico, pero esencial para la democracia y la convivencia: toda libertad se ejerce con responsabilidad. No hay ninguna (por más liberales u ortodoxos) que no contenga en sí misma un marco de referencias y contextos concretos para ejercerla sin afectar o perjudicar al otro.
Tras el atentado criminal a los miembros de la revista humorística francesa Charlie Hebdo se ha desatado la apología sobre una supuesta libertad de expresión absoluta, incuestionable, ilimitada y garantizada solo por el “hago y digo lo que me da la gana”.
Incluso hemos escuchado toda clase de blasfemia en nombre de esa libertad de expresión y una victimización sin nombre de quienes son los que más la usan, de todas las formas, en todos los formatos y bajo aparentes discursos diversos, cuando en realidad son la caja de resonancia de un mismo formato ideológico y político.
Ya no son algunos ‘autoritarios’, ‘tiranos’ o ‘populistas’ los que señalan que la libertad de expresión tiene unos límites. Empezando por el papa Francisco, intelectuales liberales, autoridades políticas y teóricos de la comunicación han coincidido en que esos límites están sobre todo definidos por cada ciudadano. Eso es lo fundamental. Pero ese ciudadano sabe que su libertad mal usada, a veces con fines protervos o difamatorios, tiene unas consecuencias concretas.
Ahora, a aquellos periodistas y analistas ‘puros’, absolutistas y ultra liberales les salió uno de los maestros del periodismo al que alaban, citan y dicen seguir su ejemplo. Les pidió que la libertad de expresión sea usada respetando al otro, autoimponiéndose unos límites y, sobre todo, pensando en la verdadera razón de ser de esa libertad. Se trata del periodista colombiano Javier Darío Restrepo. Nadie puede decir que él es un ‘acólito’ de los gobiernos progresistas y mucho menos es un partidario de leyes de comunicación. Sobre todo es un ciudadano responsable y un periodista ético con su oficio y con sus audiencias. ¿Esta vez les falló Restrepo a los periodistas locales que abogan por una libertad absoluta sin restricción alguna? Ese periodista colombiano ha dicho: “La libertad que elimina todos los obstáculos para decir o escribir lo que uno quiera resulta tan absurda como la que pretendía tener un taxista que reaccionó cuando su pasajero le pidió apagar el cigarrillo que acababa de encender: Estoy en mi taxi y aquí hago lo que me da la gana y lo echo a usted si me da la gana”.
Lo que en realidad preocupa de todo este debate es para qué quieren usar la libertad de expresión absoluta y sin límites ciertos periodistas y políticos, supuestos activistas y personajes anónimos de las redes sociales. ¿Para favorecer el debate y la reflexión pública? Parece que no. Y por ahí se ocultan otros propósitos y se revelan sus reales apetitos.




La promoción turística del Ecuador se cimenta en potentes valores

No hay duda de que nuestra geografía y gente son un tesoro y un enorme atractivo para el turista extranjero. Lo testimonian las centenas de miles de ciudadanos del mundo que llegan a nuestra patria cada año.
Y es verdad que un ‘empujoncito’ mediante la publicidad y promoción tradicionales hace muy bien, pero hemos comprobado que un país con estabilidad política, con un gobierno e instituciones legítimos, con infraestructura y seguridad, además de tesoros naturales valiosos, es el gran ‘gancho’.
Hemos crecido en cifras y en demanda, pero no es suficiente. Un país turístico debe cuidar su patrimonio y no someterse a la lógica del mercado homogeneizador. Si por algo nos visitan es porque somos diferentes y tenemos potentes valores y virtudes propias.
Para fortalecer la llamada ‘industria sin chimeneas’ hace falta también construir un ambiente de armonía, que destierre a esos agoreros del desastre que hablan de un país que está solo en sus cabezas para abjurar de todas nuestras bondades y talento.

La Celac coloca a América Latina en otra dimensión

El futuro está a la vista: los bloques económicos y políticos marcarán el devenir de las naciones. Y en esa perspectiva histórica se instala la Comunidad de Estados Latinoamericanos y el Caribe (Celac). Además, en un momento donde el predominio de las soberanías y la autodeterminación son el signo más fuerte de nuestra región. Por supuesto, debimos aguardar muchos años y superar algunos obstáculos para consolidar la unidad regional. Por lo pronto, lo más urgente es que esta comunidad avance en lo fundamental: desterrar la pobreza extrema y reducir significativamente la inequidad que han sido las dos lacras del continente. Y el que Ecuador asuma la presidencia pro témpore también nos obliga a varias tareas: que la vocería política sea para sustentar con mayor rigor nuestra presencia en el mundo. América Latina se mira con respeto y hasta con admiración en otros lados. De ahí que este año ofrece una gran oportunidad para consolidar nuestras soberanías y el devenir a favor de los pueblos.

 Editoriales diario El Telégrafo

LA NIÑA SIN ESCUELA
Una mañana invernal de 1900, una niña de once años fue acusada de haber robado algún libro de su escuela.
La niña se defendió y demostró que nada tenía, pero en ese momento ya se había desatado la irracionalidad grupal, y una compañerita la insultó por no tener padre, y le arrojó una piedra.

Entonces las demás niñas se sumaron a la locura colectiva y ante la lluvia de insultos y piedras, la niña huyó de la escuela para no regresar jamás.
Era mentira que hubiera robado algo, pero era verdad que ahora no tenía padre. Alguna vez lo tuvo, pero la había abandonado cuando ella apenas tenía tres años. La niña se llamaba Lucila Godoy Alcayaga.
Sí: Lucila Godoy Alcayaga. El mundo después la conoció como Gabriela Mistral, chilena, y Premio Nobel de Literatura y era la primera vez que el máximo galardón de la literatura universal era entregado a Latinoamérica.

EL SOLDADO DEL TERROR
Hubo un niño, hijo de actores, que quedó solo en el mundo: su padre lo abandonó, y al poco tiempo su madre murió. Para recaudar fondos y ayudarlo, un hombre de negocios decidió montar una obra de teatro.
En la obra llamada “La Monja Siniestra”, la actriz era una mujer a la que los hombres del pueblo la conocían muy bien, precisamente por su profesión nada parecida a la de monja…
Quizás por ver a la mujer en tan extraño vestido de monja, en un papel muy ajeno a su oficio y vocación, o quizás por ayudar al huérfano, el teatro se llenó hasta los topes.
Y en una escena, la monja encendía una antorcha para guiarse en la oscuridad. La monja siniestra encendió la antorcha y de paso encendió las cortinas y metió fuego a todo el teatro.
La obra concluyó con casi cien víctimas, quemadas o aplastadas en medio del terror colectivo. No quedó ni un centavo de utilidad.
Ese niño que empezaba de manera tan tormentosa su vida, se llama Edgar Allan Poe. Y su vida siempre fue un vértigo de dramas sin fin.
Poe, el maestro del relato corto, del suspenso y el terror, durante algunos años prestó servicio militar con un nombre ficticio.
Allí, en la milicia, se llamaba Edgar A. Perry y fue expulsado por no ir a misa, por jugar ajedrez, y por leer demasiado.

Textos de Ramiro Diez