domingo, 13 de abril de 2014

CUENTO 8 - NOVENO

EL TRONCO Y LAS HORMIGAS
Eliécer Cárdenas
Del libro: Historias del Papayal.

           
            Algún leñador dejó olvidado un grueso tronco en medio de las montañas de Papayal. Como el tronco era justo lo que necesitaba una colonia de hormigas arrieras para construir su nido, éstas fueron cavando con sus tenazas, poquito a poquito, la pulpa blanca, y declararon solemnemente que aquella sería su casa para siempre.

            Otra colonia de hormigas, pero éstas de la variedad de las congas por su color muy negro, descubrieron también el mismo tronco abandonado desde el otro extremo, y comenzaron a agujerearlo y decidieron que aquel sería su hogar de por vida.


            Los troncos suelen parecer muy grandes a las hormigas, ya que éstas son chiquitas. ¿Se imaginan un edificio de veinticinco pisos? Pues para las hormigas un tronco caído en la selva es muchísimo más grande que para nosotros un edificio de veinticinco pisos, y muchísimo más barato y cómodo también, porque no deben pagar ningún alquiler, y no hay cortes de luz en los troncos de los árboles.

            Las hormigas arrieras no sabían que en el extremo opuesto del tronco había hormigas congas, y éstas tampoco podían suponer que al otro lado de su extenso hogar de madera vivía una colonia de hormigas arrieras. Durante un tiempo todo fue bien. Muy de madrugada, las hormigas arrieras salían de sus agujeros excavados en el tronco e iban en fila a lo largo de los senderos que las hierbas dejan en los claros del bosque, a fin de procurarse alimento. Regresaban a casa cargando sobre los lomos unos verdes y jugosos pedacitos de hojas, que los guardaban en sus frescas galerías y que luego les servían de sabroso alimento. Por su parte, las hormigas congas abandonaban su guarida al caer la noche y, durante las horas en que el sol está de viaje por el otro lado del mundo, las hormigas congas recogían pedacitos de insectos caídos entre la hojarasca y retornaban a su hogar con ricas presas que devoraban muy satisfechas antes de que la mañana despuntara, y se iban a dormir en sus agujeros del tronco.


            La vida para las hormigas arrieras y las hormigas congas era buena: tenían sus respectivos hogares en el gran tronco de árbol, el alimento nunca les faltaba, y así habrían seguido para siempre, de no ser porque un día un grupo de jóvenes hormigas arrieras, mientras excavaban animosas con sus fuertes mandíbulas de tenaza una nueva galería, se sorprendieron al abrir un boquete, tras el cual descubrieron a unas hormigas congas que dormitaban muy plácidas.
            — ¡Intrusos! —exclamó alarmada una de las jóvenes hormigas arrieras—. Debemos informar a nuestros superiores que en el tronco hay hormigas intrusas.
            Las jóvenes avisaron de su descubrimiento al Consejo Superior de la colonia, y las viejas hormigas arrieras, al saber de la identidad de las advenedizas, exclamaron con ira y pesar:
            —Tenían que ser hormigas congas! Negras y despreciables, que no son como nosotras, que nos alimentamos con pedacitos de hojas verdes y tenemos un color café claro muy hermoso, sino que ellas comen insectos muertos y andan por las noches mientras nosotras dormimos. No podemos permitir que nos invadan.
            El hormiguero sesionó y en vibrante resolución se acordó expulsar del tronco a las intrusas.
            Pero aquella noche, al otro extremo del tronco caído en mitad de un claro de los bosques de las montañas de Papayal, las hormigas congas también celebraron un consejo extraordinario. Una de las suyas, a la que el sueño se le había quitado por una indigestión con patas de mosquitos, miró con horror, mientras sus compañeras dormían, cómo unas cuantas hormigas de color café claro abrían un boquete y se asomaban con sus antenas alertas a la galería donde reposaba.
            —Las hormigas arrieras quieren desalojarnos de nuestro tronco —dijeron las hormigas congas más viejas con furor—. Esa clase de insectos, aunque por desgracia son parientes lejanas de nosotras las hormigas congas, tienen unas costumbres muy extrañas y repugnantes: se alimentan con hojas verdes, y por eso huelen a clorofila, ¡fuchi! Además, tienen la desfachatez de dormir por las noches, mientras nosotras trabajamos en la oscuridad.


            Y la guerra se declaró entre las hormigas arrieras y las hormigas congas. Las viejas de cada hormiguero adversario instruyeron a las más jóvenes y valerosas en el combate, y las enviaron en patrullas de cien, de doscientas y quinientas a taponar los agujeros enemigos o inutilizarlos. En los combates cuerpo a cuerpo, las hormigas arrieras y las congas se daban de mordiscos con aquellas poderosas tenazas que la naturaleza les dio para alimentarse y defenderse, y muy pronto las galerías de los dos hormigueros del tronco se vieron llenas de heridas a las que era preciso alimentar con ración doble para que se recuperaran pronto.


            Las patrullas adversarias cobraban además prisioneras, las que tenían que ser vigiladas y también alimentadas. Solo que como las unas comían exclusivamente pedacitos de hojas verdes y las otras, restos de insectos muertos, las raciones para las prisioneras obligaban a cada hormiguero a un duro trabajo adicional.
            Con el pasar de los días, era evidente que ninguno de los dos hormigueros del tronco podía desalojar al bando que cada cual llamaba “intruso”. Las viejas hormigas que mandaban en el hormiguero de las arrieras se reunieron para deliberar.
            —No podemos seguir así —opinó una de ellas—. Esta guerra nos distrae de nuestra labor de alimentarnos y mantener las galerías, de cuidar nuestras larvas y enseñarles a ser buenas hormigas. Si seguimos esta guerra, nuestro hormiguero va a desaparecer.
            —Propongo buscar unos insectos que medien en la pelea e impongan la paz con nuestras adversarias —sugirió otra de las viejas hormigas del consejo.
            —Busquemos a esos insectos mediadores —aceptaron las otras.
            Entre tanto, las hormigas congas dirigentes también se habían reunido para tratar el caso: era claro que tampoco podían proseguir esa guerra. Ya no sabían si era de día o de noche a causa de los combates, y las provisiones escaseaban porque muy pocas hormigas congas podían salir para recolectar despojos caídos de mariposas o abejorros.
            Y el consejo de las hormigas congas llegó a la misma conclusión que sus adversarias: debían buscar mediadores.
            Una emisaria de cada bando, provista de un trocito muy fino de tela de araña en las mandíbulas a modo de bandera blanca, conferenció en la mitad del disputado tronco. Tras mirarse un rato una a la otra con desprecio y desconfianza, acordaron que se pediría la ayuda del escarabajo azul, la libélula de cola roja y el saltamontes gris, por considerar que eran los más serios y respetados del lugar, a fin de que mediaran en la guerra de los dos hormigueros.
            En efecto, el escarabajo azul, la libélula de cola roja y el saltamontes gris fueron invitados y los tres aceptaron de buena gana el papel de mediadores.
            —Sin embargo —dijo el escarabajo azul levantando las hojas de su lindo caparazón que parecía hecho de metal, todo color azul brillante—, nosotros solo podemos aconsejar lo que deben hacer los hormigueros. La paz solo es cuestión de que se pongan de acuerdo.
            Durante un buen rato, los insectos pacificadores escucharon las razones de cada hormiguero sobre su derecho a poseer el tronco. Luego, la libélula de cola roja trazó una rayita de polen en mitad del leño, y el saltamontes gris marcó puntitos negros con lodo de una charca, para que la línea divisoria fuera más visible y las hormigas de cada colonia no se equivocaran.

            —Listo —anunció el escarabajo azul—. El tronco es lo suficientemente grande como para que en él vivan dos hormigueros. La mitad del tronco pertenece a las hormigas arrieras y la otra mitad, a las congas.
            Los insectos mediadores se marcharon satisfechos, pero no pasó mucho tiempo y los hormigueros estaban nuevamente en plan de guerra, a causa de la disputa sobre un milímetro más o menos de la línea trazada con polen y puntitos de barro sobre el grueso tronco. Parecía que los combates iban a proseguir quién sabe por cuánto tiempo más, o hasta que ambos hormigueros quedaran extenuados. Las pobres hormigas de cada bando ya no tenían fuerzas sin alimentos para proseguir la guerra.
            —El escarabajo azul lo dijo muy bien —observó una de las viejas hormigas arrieras—. Si nosotras no queremos la paz, ninguna línea sobre el tronco servirá de nada.
            —Exacto —dijo una vieja hormiga conga—. De nosotras depende que no nos acabemos mutuamente.
            Y las dos colonias de hormigas del bosque de Papayal esta ocasión hicieron la paz de verdad. La mitad del tronco fue para unas y la mitad restante de las otras. La línea de polen y barro que trazaron los insectos mediadores se fue borrando con la lluvia, pero las hormigas aprendieron a vivir en paz y no necesitaron que les tracen otra línea. Cada hormiguero vivió en su porción del tronco, sin molestar a la otra.





CONJUNCIONES

CONJUNCIONES

1.      CAUSALES: preceden a oraciones en las que se explica algo. PORQUE, YA QUE, PUESTO QUE, SUPUESTO QUE, PUES, COMO.
2.      DISYUNTIVAS: introducen una oposición o diferencia entre dos cosas entre las que tenemos que elegir; O, U. ORA, YA, BIEN.
3.      ADVERSATIVAS: conectan oraciones entre las que se expresa una oposición o contrariedad; MAS, PERO, AUNQUE, SINO,
4.      EXPLICATIVAS: introducen una aclaración a lo dicho anteriormente. ES DECIR, O SEA, A SABER, ESTO ES, POR EJEMPLO.
5.      COPULATIVAS: suman o enlazan elementos; Y, E, NI, QUE
6.      FINALES: anteceden a oraciones que explican para qué el sujeto realiza algo; PARA QUE, A FIN DE QUE, CON EL FIN DE QUE, A QUE, QUE, CON VISTAS A QUE.
7.      COMPARATIVAS: conectan elementos entre los que se establece una relación de superioridad, igualdad o inferioridad; MÁS ... QUE, MAYOR ... QUE, MEJOR ... QUE, TANTO ... CUANTO, TAN(TO) .. .COMO, ASÍ ... COMO, MENOS ... QUE, MENOR ... QUE, PEOR ... QUE.
8.      CONDICIONALES: introducen una condición para que se cumpla lo expuesto en la oración principal: SI, CON TAL DE QUE, SIEMPRE QUE, EN EL CASO DE QUE, A MENOS QUE, A CONDICIÓN DE QUE,
9.      CONSECUTIVAS: introducen oraciones que expresan una consecuencia. LUEGO, CONQUE, PUES, POR CONSIGUIENTE, ASÍ PUES, ASÍ QUE.
10.  TEMPORALES: preceden a oraciones que expresan tiempo; CUANDO, MIENTRAS, ANTES (DE) QUE, DESPUÉS DE QUE
11.  DE LUGAR: introducen oraciones que implican una noción espacial¸ DONDE, A DONDE
12.  CONCESIVAS: preceden a oraciones que presentan una objeción u obstáculo a lo expresado en la oración principal, sin impedir su realización; AUNQUE, A PESAR DE QUE, AUN CUANDO, SI BIEN, BIEN QUE.
13.  MODALES: introducen oraciones que explican el modo en que se realiza la oración principal. COMO, SEGÚN, DE MODO QUE, TAL Y COMO, ETC..



FUNCIÓN DE LOS CONECTORES
Los conectores sirven como señales de sentido para el lector. Su función es establecer relaciones lógicas entre las palabras, como si fueran unas bisagras que conectan las ideas y confieren diversos matices significativos al texto.

Funcionan como nexos o conectores lógicos: las preposiciones, las conjunciones, los adverbios, las locuciones conjuntivas y las frases prepositivas. Según su función y significado, los conectores lógicos sirven:

1.      Para introducir un tema: acerca de, con el objetivo de, con el propósito de.
2.      Para terminar un tema: en conclusión, finalmente, así pues, en definitiva, en resumen.
3.      Para añadir o continuar con un nuevo tema: otro punto es, con respecto a, con relación, por lo demás, además, luego, así pues, a continuación, enseguida, después, así mismo, inclusive, incluso.
4.      Para indicar orden: en primer lugar, en último término, para empezar, para terminar.
5.      Para distinguir: por un lado, por una parte, por otra parte, en cambio, ahora bien.
6.      Para enfatizar o explicar: en otras palabras, es decir, dicho de otra manera, se hace notar, o sea, esto es, en efecto, desde luego, por supuesto, naturalmente.
7.      Para ilustrar: por ejemplo, como muestra, en el caso de, en particular, así.
8.      Para sintetizar: en resumen, en pocas palabras, brevemente, de manera sucinta, en síntesis.
9.      Para indicar finalidad: para (que), con miras a, a fin de (que), con el fin de (que); con el objetivo de; con el propósito de, con la finalidad de.
10.  Para señalar oposición (frase adversativa): en cambio, por el contrario, sin embargo, a pesar de, no obstante, antes bien.
11.  Para indicar causa: dado que, gracias a, considerando que, con motivo de, a causa de, porque, por.
12.  Para indicar consecuencia: por consiguiente, por tanto, de modo que, por lo cual, en consecuencia, razón por la cual.
13.  Indicar tiempo: antes, después, más tarde, más adelante, ahora mismo, en estos días, al mismo tiempo, simultáneamente, a continuación, acto seguido, por fin.
14.  Para indicar espacio: arriba, abajo, delante, detrás, cerca, lejos.
15.  Para indicar condición: a menos que, siempre que, con tal que, a condición de que, si, siempre y cuando.


domingo, 6 de abril de 2014

CUENTO 7 - NOVENO

LA GAMA CIEGA

Horacio Quiroga

Había una vez un venado -una gama- que tuvo dos hijos mellizos, cosa rara entre los venados. Un gato montés se comió a uno de ellos, y quedó solo la hembra. Las otras gamas, que la querían mucho, le hacían siempre cosquillas en los costados. Su madre le hacía repetir todas las mañanas, al rayar el día, la oración de los venados. Y dice así:

I

Hay que oler bien primero las hojas antes de comerlas, porque algunas son venenosas.

II

Hay que mirar bien el río y quedarse quieto antes de bajar a beber, para estar seguro de que no hay yacarés.

III

Cada media hora hay que levantar bien alta la cabeza y oler el viento, para sentir el olor del tigre.

IV

Cuando se come pasto del suelo, hay que mirar siempre antes los yuyos para ver si hay víboras.


Este es el padrenuestro de los venados chicos. Cuando la gamita lo hubo aprendido bien, su madre la dejó andar sola.

Una tarde, sin embargo, mientras la gamita recorría el monte comiendo las hojitas tiernas, vio de pronto ante ella, en el hueco de un árbol que estaba podrido, muchas bolitas juntas que colgaban. Tenían un color oscuro, como el de las pizarras.

¿Qué sería? Ella tenía también un poco de miedo pero como era muy traviesa, dio un cabezazo a aquellas cosas, y disparó.

Vio entonces que las bolitas se habían rajado, y que caían gotas. Habían salido también muchas mosquitas rubias de cintura muy fina, que caminaban apresuradas por encima.

La gama se acercó, y las mosquitas no la picaron. Despacito, entonces, muy despacito, probó una gota con la punta de la lengua, y se relamió con gran placer: aquellas gotas eran miel, y miel riquísima, porque las bolas de color pizarra eran una colmena de abejitas que no picaban porque no tenían aguijón. Hay abejas así.

En dos minutos la gamita se tomó toda la miel, y loca de contenta fue a contarle a su mamá. Pero la mamá la reprendió seriamente.

-Ten mucho cuidado, mi hija -le dijo- con los nidos de abejas. La miel es una cosa muy rica, pero es muy peligroso ir a sacarla. Nunca te metas con los nidos que veas.

La gamita gritó contenta:

-¡Pero no pican, mamá! Los tábanos y las uras si pican; las abejas no.

-Estás equivocada, mi hija -continuó la madre-. Hoy has tenido suerte, nada más. Hay abejas y avispas muy malas. Cuidado, mi hija; porque me vas a dar un gran disgusto.

-¡Sí, mamá! !Sí, mamá! -respondió la gamita. Pero lo primero que hizo a la mañana siguiente fue seguir los senderos que habían abierto los hombres en el monte, para ver con más facilidad los nidos de abejas.

Hasta que al fin halló uno. Esta vez el nido tenía abejas oscuras, con una fajita amarilla en la cintura, que caminaban por encima del nido. El nido también era distinto; pero la gamita pensó que, puesto que estas abejas eran más grandes, la miel debía ser más rica.

Se acordó asimismo de la recomendación de su mamá; mas creyó que su mamá exageraba, como exageran siempre las madres de las gamitas. Entonces le dio un gran cabezazo al nido.

¡Ojalá nunca lo hubiera hecho! Salieron enseguida cientos de avispas, miles de avispas que la picaron en todo el cuerpo, le llenaron todo el cuerpo de picaduras, en la cabeza, en la barriga, en la cola; y lo que es mucho peor, en los mismos ojos. La picaron más de diez en los ojos.

La gamita, loca de dolor, corrió y corrió gritando, hasta que de repente tuvo que pararse porque no veía más; estaba ciega, ciega del todo. Los ojos se le habían hinchado enormemente, y no veía más. Se quedó quieta entonces, temblando de dolor y de miedo, y sólo podía llorar desesperadamente.

-¡Mamá!... ¡Mamá!...

Su madre, que había salido a buscarla, porque tardaba mucho, la halló al fin, y se desesperó también con su gamita que estaba ciega. La llevó paso a paso hasta su cubil, con la cabeza de su hija recostada en su pescuezo, y los bichos del monte que encontraban en el camino se acercaban todos a mirar los ojos de la infeliz gamita.

La madre no sabía qué hacer. ¿Qué remedios podía hacerle ella? Ella sabía bien que en el pueblo que estaba del otro lado del monte vivía un hombre que tenía remedios. El hombre era cazador, y cazaba también venados, pero era un hombre bueno.

La madre tenía miedo, sin embargo, de llevar a su hija a un hombre que cazaba gamas. Como estaba desesperada se decidió a hacerlo. Pero antes quiso ir a pedir una carta de recomendación al OSO HORMIGUERO, que era un gran amigo del hombre.

Salió, pues, después de dejar a la gamita bien oculta, y atravesó corriendo el monte, donde el tigre casi la alcanza. Cuando llegó a la guarida de su amigo, no podía dar un paso más de cansancio.

Este amigo era, como se ha dicho, un oso hormiguero; pero era de una especie pequeña, cuyos individuos tienen un color amarillo, y por encima del color amarillo una especie de camiseta negra sujeta por dos cintas que pasan por encima de los hombros. Tienen también la cola prensil, porque siempre viven en los árboles, y se cuelgan de la cola.

¿De dónde provenía la amistad estrecha entre el oso hormiguero y el cazador? Nadie lo sabía en el monte; pero alguna vez ha de llegar el motivo a nuestros oídos.

La pobre madre, pues, llegó hasta el cubil del oso hormiguero.

-¡Tan! ¡tan! ¡tan! -llamó jadeante.

-¿Quién es? -respondió el oso hormiguero.

-¡Soy yo, la gama!

-¡Ah, bueno! ¿Qué quiere la gama?

-Vengo a pedirle una tarjeta de recomendación para el cazador. La gamita, mi hija, está ciega.

-¿Ah, la gamita? -le respondió el oso hormiguero-. Es una buena persona. Si es por ella, sí le doy lo que quiere. Pero no necesita nada escrito... Muéstrele esto, y la atenderá.

Y con el extremo de la cola, el oso hormiguero le extendió a la gama una cabeza seca de víbora, completamente seca, que tenía aún los colmillos venenosos.

-Muéstrele esto -dijo aún el comedor de hormigas-. No se precisa más.

-¡Gracias, oso hormiguero! -respondió contenta la gama-. Usted también es una buena persona.

Y salió corriendo, porque era muy tarde y pronto iba a amanecer.

Al pasar por su cubil recogió a su hija, que se quejaba siempre, y juntas llegaron por fin al pueblo, donde tuvieron que caminar muy despacito y arrimarse a las paredes, para que los perros no las sintieran. Ya estaban ante la puerta del cazador.

-¡Tan! ¡tan! ¡tan! -golpearon.

-¿Que hay? -respondió una voz de hombre, desde adentro.

-¡Somos las gamas!... ¡TENEMOS LA CABEZA DE VÍBORA!

La madre se apuró a decir esto, para que el hombre supiera bien que ellas eran amigas del oso hormiguero.

-¡Ah, ah! -dijo el hombre, abriendo la puerta-. ¿Que pasa?

-Venimos para que cure a mi hija, la gamita, que está ciega.

Y contó al cazador toda la historia de las abejas.

-¡Hum!... Vamos a ver qué tiene esta señorita -dijo el cazador. Y volviendo a entrar en la casa, salió de nuevo con una silla alta, e hizo sentar en ella a la gamita para poderle ver bien los ojos sin agacharse mucho. Le examinó así los ojos, bien de cerca con un vidrio redondo muy grande, mientras la mamá alumbraba con el farol de viento colgado de su cuello.

-Esto no es gran cosa -dijo por fin el cazador, ayudando a bajar a la gamita-. Pero hay que tener mucha paciencia. Póngale esta pomada en los ojos todas las noches, y téngale veinte días en la oscuridad. Después póngale estos lentes amarillos, y se curará.

-¡Muchas gracias, cazador! -respondió la madre, muy contenta y agradecida-. ¿Cuánto le debo?

-No es nada -respondió sonriendo el cazador-. Pero tenga mucho cuidado con los perros, porque en la otra cuadra vive precisamente un hombre que tiene perros para seguir el rastro de los venados.

Las gamas tuvieron gran miedo; apenas pisaban, y se detenían a cada momento. Y con todo, los perros las olfatearon y las corrieron media legua dentro del monte. Corrían por una picada muy ancha, y delante la gamita iba balando.

Tal como lo dijo el cazador se efectuó la curación. Pero solo la gama supo cuánto le costó tener encerrada a la gamita en el hueco de un gran árbol, durante veinte días interminables. Adentro no se veía nada. Por fin una mañana la madre apartó con la cabeza el gran montón de ramas que había arrimado al hueco del árbol para que no entrara luz, y la gamita, con sus lentes amarillos, salió corriendo y gritando:

-¡Veo, mamá! ¡Ya veo todo!

Y la gama, recostando la cabeza en una rama, lloraba también de alegría, al ver curada a su gamita.

Y se curó del todo. Pero aunque curada, y sana y contenta, la gamita tenía un secreto que la entristecía. Y el secreto era este: ella quería a toda costa pagarle al hombre que tan bueno había sido con ella y no sabía cómo.

Hasta que un día creyó haber encontrado el medio. Se puso a recorrer la orilla de las lagunas y bañados, buscando plumas de garza para llevarle al cazador. El cazador, por su parte, se acordaba a veces de aquella gamita ciega que él había curado.

Y una noche de lluvia estaba el hombre leyendo en su cuarto, muy contento porque acababan de componer el techo de paja, que ahora no se llovía más; estaba leyendo cuando oyó que llamaban. Abrió la puerta, y vio a la gamita que le traía un atadito, un plumerito todo mojado de plumas de garza.

El cazador se puso a reír, y la gamita, avergonzada porque creía que el cazador se reía de su pobre regalo, se fue muy triste. Buscó entonces plumas muy grandes, bien secas y limpias, y una semana después volvió con ellas; y esta vez el hombre, que se había reído la vez anterior de cariño, no se rió esta vez porque la gamita no comprendía la risa. Pero en cambio le regaló un tubo de tacuara lleno de miel, que la gamita tomó loca de contento.

Desde entonces la gamita y el cazador fueron grandes amigos. Ella se empeñaba siempre en llevarle plumas de garza que valen mucho dinero, y se quedaba horas charlando con el hombre. Él ponía siempre en la mesa un jarro enlozado lleno de miel, y, arrimaba la sillita alta para su amiga. A veces le daba también cigarros que las gamas comen con gran gusto, y no les hacen mal. Pasaban así el tiempo, mirando la llama, porque el hombre tenía una estufa a leña mientras afuera el viento y la lluvia sacudía el alero de paja del rancho.


Por temor a los perros, la gamita no iba sino en las noches de tormenta. Y cuando caía la tarde y empezaba a llover, el cazador colocaba en la mesa el jarrito de miel y la servilleta, mientras tomaba café y leía, esperando en la puerta el ¡tan-tan! bien conocido de su amiga la gamita.

jueves, 3 de abril de 2014

INFORMES

MINISTERIO DEL INTERIOR
JEFATURA DE POLICÍA DE ARTIGAS
COMUNICADO DE PRENSA Nº 155/2013
NOVEDADES OCURRIDAS DURANTE EL FIN DE SEMANA
SECCIONAL 1ª.
HURTO ACLARADO – AMPLIACION
Culminada la instancia judicial, referente a la detención por parte de efectivos de Seccional Primera que realizaban patrullas en horas de la madrugada, de dos hombres de 33 y 29 años de edad los cuales transportaban una bolsa con refrescos que habían hurtado desde el porche de una finca ubicada en calle Sarandi, hecho informado en Comunicado de Prensa del día viernes próximo pasado, la Señora Jueza actuante dispuso la libertad de los conducidos y que lo incautado fuera restituido al damnificado.
ADOLESCENTE AGREDIDO
A la hora 22:00 del día sábado, un adolescente de 17 años de edad fue trasladado al Hospital local, desde calles 18 de Mayo y Misiones por encontrase lesionado. Asistido se le diagnóstico, “Presenta 2 lesiones corto contusa de cuero cabelludo de pequeño tamaño que se acompañan de excoriaciones leves de ambas manos, así también excoriaciones en región lumbar de tronco. Resto del examen físico nada a señalar”. De acuerdo a lo actuado, el mismo fue agredido por integrantes de la denominada barra del Centenario. Enterada la Señora Juez Letrado de 1er Turno, dispuso que se coordine Médico Forense para el lesionado, se localicen a los posibles agresores, se cumplan con las indagatorias y se la vuelva a enterar.
SECCIONAL 2ª.
HURTOS EN CHACRAS ACLARADOS
Culminadas las actuaciones referentes al hurto de herramientas perpetrado en una chacra ubicada en calle Ciudad de Quarai y By Pass y el hurto de una amoladora, un taladro, una cierra de mano y herramientas varias de carpintero y una caja de herramientas para terminaciones de maderas, sustraídos desde una chacra ubicada en Cerro Mirador, hechos denunciados oportunamente, recuperándose en la fecha un bolso con herramientas varias abandonado en Cerro Ejido, un hombre de 38 años de edad, poseedor de antecedentes penales fue detenido expresando ser el autor de ambos ilícitos. Enterada la justicia, la magistrado actuante dispuso que el conducido permanezca detenido debiendo ser conducido a la Sede Judicial para intimar defensa, emplazamiento de los denunciantes y compradores con abogados, los Policías actuantes con carpeta Técnica y elevación de los antecedentes para hoy a la hora 14:00.

JOVEN AGREDIDO
En horas de la madrugada, un joven de 21 años de edad fue trasladado desde calles Aparicio Saravia y General Flores, al Nosocomio local por encontrase lesionado. Asistido se le diagnostico, “Paciente politraumatizado producto de riña callejera traído por móvil medica conciente, refiriendo haber ingerido bebida alcohólica y cefalea en zona de contusión, herida cortante en cráneo mas hematoma subgaliar de cráneo, pendiente radiografía de tórax , cráneo y pelvis”. Varios adolescentes de 15 y 17 años de edad, presuntamente involucrados fueron conducidos incautándose a uno de ellos un par de championes pertenecientes al lesionado.
Enterada la Señora Juez Letrado de Primer turno dispuso Forense para el lesionado y los adolescentes, luego de ser indagados los mismos en presencia de sus responsables fueran entregados a sus responsables en calidad emplazados sin fecha para concurrir a la sede judicial y la elevación de los antecedentes.
PROCESADO CON PRISION
Culminadas las actuaciones judiciales, referentes a la detención del joven Héctor Nicolás LOPEZ TRINDAD, de 18 años de edad, por incumplimiento de medidas sustitutivas dispuestas por la justicia, quién ya había sido procesado sin prisión por un delito de abigeato, incumpliendo las mismas, siendo conducido nuevamente a la Sede Judicial, donde la señora Juez Letrado de 1ª Instancia de 1er Turno revocó la medida sustitutiva impuesta procesándolo con prisión.
SECCIONAL 6ª.
FAENA DE VACUNOS
En Destacamento Paso de la Cruz, fue denunciada la faena de dos animales vacunos, perpetradas en un establecimiento ubicado en la jurisdicción. Fueron constatados indicios de la faena. Las actuaciones continúan en torno al hecho.
SECCIONAL 7ª. BELLA UNION
HURTO DE MOTOCICLETAS
Fue denunciado en Seccional Séptima de la ciudad de Bella Unión, el hurto de una motocicleta HERO HONDA 100cc matrícula GBC – 508 de color negro, sustraída desde calles Mones Quintela y Canelones, donde se encontraba estacionada sin traba de seguridad.
En otro hecho hurtaron una motocicleta WINNER modelo BIS PRO 125 cc, de color negro, sin empadronar, sustraída desde calles Jaime Romans esquina Atilio Ferrandis, donde se encontraba estacionada también sin traba de seguridad. En ambos casos se practican averiguaciones al respecto.
SECCIONAL 1c1ª.
INCAUTACION DE PIEDRAS SEMI PRECIOSAS
En control de rutina realizado por efectivos de Seccional Undécima, a un ómnibus perteneciente a una empresa de explotación de piedras semipreciosas, fueron incautadas tres Calcitas (calces que hay en el interior de las amatistas) y 7 piezas de amatistas, las cuales eran transportadas por dos hombres que trabajan en dicha empresa. Enterada la justicia dispuso, que las piedras fueran incautadas, los detenidos puestos en libertad en calidad de emplazados, tras ser indagados y la elevación de los antecedentes.
SECCIONAL 12ª.
SOLICITUD DE LOCALIZACION
A instancia de familiares, solicitamos la colaboración para localizar a Nibia Yanet SILVA LOPEZ, de 32 años de edad. La misma es morocha, de complexión delgada, 1.60 de estatura, cabellos negros y cortos y sufre alteraciones mentales. Cuando salio de su domicilio vestía Jean azul oscuro, campera gris forrada de corderito con capucha, llevaba una frazada roja y un bolso gris. Por informaciones comunicarse con cualquiera de las seccionales policiales o sus dependencias.
COCHE PARA BEBE EN DEPOSITO
Se encuentra en depósito en Seccional Duodécima, paras ser entregado a quien justifique su propiedad, un coche para Bebe color gris con detalles en verde. El mismo fue encontrado en ruta 30 en cercanías del Puente Seco y Terminal de cargas.
BRIGADA POLICIAL DE TRÁNSITO.
SINIESTRO DE TRANSITO CON PERSONA LESIONADA
Se registró a la hora 17:05 del día sábado en el cruce de calles Baldomir y Mauro García da Rosa. Una camioneta que circulaba por calle Baldomir al Oeste conducida por un hombre de 58 años de edad, colisionó con una motocicleta WINNER modelo FORCÉ 125cc, que lo hacia por calle Mauro García da Rosa al Norte, conducida por un hombre de 30 años de edad, carente de licencia para conducir, el cual a consecuencia del impacto resulto lesionado, siendo asistido en el lugar por una unidad de emergencia móvil y luego derivado al hospital local donde se le diagnostico, “Politraumatizado, fractura de pierna”. Por disposición judicial se realizo espirometría a ambos conductores con resultado positivo para el conductor de la motocicleta, disponiendo además la Señora Juez Letrado de 1er Turno que el lesionado fuera visto por el Medico Forense, inspección de frenos en los vehículos, y una vez se tenga el informe médico se la vuelva a enterar, tras ser interrogado el conductor de la camioneta autorizado a retirarse y emplazado sin fecha, luego de fijar domicilio, que se la informe sobre el estado de salud del lesionado. En el lugar trabajo
Policía Técnica realizando relevamiento fotográfico y planimétrico y Personal tránsito de la Intendencia, realizando inspección de frenos en ambos rodados.
SINIESTRO DE TRANSITO FATAL
Se registro a la hora 20:27 de ayer en el cruce de Avenida Lecueder y calle 12 de Octubre. El conductor de una motocicleta HONDA CG 125 cc, un joven de 20 años de edad, quien circulaba por Avenida Lecueder al Norte, embistió a una persona del sexo femenino de 55 años, la cual circulaba por calle 12 de Octubre, e intentaba cruzar la acera peatonal en sentido Oeste a Este. A consecuencia del impacto la señora resulto lesionada siendo asistida en el lugar por una unidad de emergencia móvil y luego derivada a un sanatorio particular donde se le diagnóstico:
“Accidente de Tránsito en vía pública siendo embestida por moto. Presenta
Politraumatismo con pérdida de conocimiento en coma. Posteriormente falleció a consecuencia de las lesiones sufridas. En el lugar se hizo presente la Sra. Juez
Letrado de 1er Turno, Personal de Policía Técnica realizando relevamiento fotográfico y planimétrico e Inspectores de Transito de la Intendencia. El conductor de la motocicleta fue asistido en el hospital local presentando “Paciente presentando quemadura por fricción a nivel sub y cuteo izquierdo así como lesiones cortantes leves en dedo de manos derecho e izquierdo, resto del examen físico nada a señalar”.
Se le realizo test de espirometría con resultado negativo. Por disposición judicial tras la autopsia correspondiente el cuerpo fue entregado a familiares para su inhumación, el conductor de la motocicleta se encuentra detenido a disposición de la justicia.
Artigas, lunes 12 de Agosto de 2013.
El Encargado de Ayudantía, Prensa y RR.PP.
Oficial Ayudante

Walter CORREA

MAS EJEMPLOS

ENTRENAMIENTO DE UN PERRO PARA CUIDAR A UN ENFERMO
Por el Dr. Leonardo Zaca Robles Responsable: Dr. Leonardo Zaca Robles Con colaboración del colegio de perros guía, Buscanino S.A y de los instructores Jacobo Zabala Núñez y Ezequiel López Grimaldo.

Materiales requeridos:
Un perro de raza chica o mediana, una correa y Recompensas.

Introducción
Conociendo el efecto que han producido los monos capuchinos en algunos enfermos, se ha llegado a cambiar la vida de algunos pacientes, tanto por el cuidado efectuado por los monos, como por el efecto producido hacia los enfermos.

Procedimiento:
Tratando de emular dicha circunstancia se comenzó el entrenamiento de un perro de raza mediana, para que proporcionara cuidados básicos en un enfermo de parálisis parapléjica de la sección baja, (piernas). El enfermo no cuenta con la capacidad de recoger artículos, y mover cosas de mediano peso a lugares específicos así como abrir y cerrar puertas. Entrenamiento El canino que se comenzó a entrenar reduciendo su ansiedad colocándolo en la calle, y acostumbrándolo mediante órdenes a mantenerse calmado; al momento de ponerse ansioso, se le hacía una amonestación (castigo), lanzándole un chorro de agua, sin que se percate de la dirección. Al cabo de una semana, el animal ya no buscaba problemas con los demás animales y controlo el temor ante los automovilistas. Comenzando el entrenamiento, se le pedía al perro que acercara los objetos como mochilas, periódico, y los frascos de leche al lugar asignado para ello. Al momento de completar una acción se le recompensaba con un premio que le causara un placer especial, como un trozo de tocino reduciéndose en forma paulatina las recompensas, haciendo que realice las actividades mediante órdenes. Se le pidió al perro que abriera una puerta, y al cabo de un día, dominó la tarea, recibiendo una recompensa al momento de lograrlo. El perro ha respondido en forma  aceptable ante el cuidado del enfermo, y ha desarrollado una especial sensibilidad a las necesidades del enfermo. En un lapso de seis meces, se logró ingresar u total de 225 tareas distintas, que podían tener un servicio positivo para el enfermo. Al cabo de un lapso de 30 días posteriores al ingreso del perro en la vida del enfermo, solo se ha reportado un pequeño incidente al desconocer a los visitantes que llegaron al departamento del enfermo.

Conclusión

La convivencia del enfermo con el perro, ha sido bastante buena, convirtiéndose en una compañía. 

EJEMPLOS DE INFORMES

http://www.monografias.com/trabajos91/efecto-del-humo-del-cigarro-pulmones/efecto-del-humo-del-cigarro-pulmones.shtml

domingo, 30 de marzo de 2014

CUENTO 6 NOVENO

LA GUERRA DE LOS YACARÉS
Horacio Quiroga

En un río muy grande, en un país desierto donde nunca había estado el hombre, vivían muchos yacarés. Eran más de cien o más de mil. Comían pescados, bichos que iban a tomar agua al río, pero sobre todo pescados. Dormían la siesta en la arena de la orilla, y a veces jugaban sobre el agua cuando había noches de luna.

Todos vivían muy tranquilos y contentos. Pero una tarde, mientras dormían la siesta, un yacaré se despertó de golpe y levantó la cabeza porque creía haber sentido ruido. Prestó oídos, y lejos, muy lejos, oyó efectivamente un ruido sordo y profundo. Entonces llamó al yacaré que dormía a su lado.

-¡Despiértate! -le dijo-. Hay peligro.

-¿Qué cosa? -respondió el otro, alarmado.

-No sé -contestó el yacaré que se había despertado primero-. Siento un ruido desconocido.

El segundo yacaré oyó el ruido a su vez, y en un momento despertaron a los otros. Todos se asustaron y corrían de un lado para otro con la cola levantada.

Y no era para menos su inquietud, porque el ruido crecía, crecía. Pronto vieron como una nubecita de humo a lo lejos, y oyeron un ruido de chas-chas en el río como si golpearan el agua muy lejos.

Los yacarés se miraban unos a otros: ¿qué podía ser aquello? Pero un yacaré viejo y sabio, el más sabio y viejo de todos, un viejo yacaré a quien no quedaban sino dos dientes sanos en los costados de la boca, y que había hecho una vez un viaje hasta el mar, dijo de repente:

-¡Yo sé lo que es! ¡Es una ballena! ¡Son grandes y echan agua blanca por la nariz! El agua cae para atrás.

Al oír esto, los yacarés chiquitos comenzaron a gritar como locos de miedo, zambullendo la cabeza. Y gritaban:

-¡Es una ballena! ¡Ahí viene la ballena!

Pero el viejo yacaré sacudió de la cola al yacarecito que tenía más cerca.

-¡No tengan miedo! -les gritó-. ¡Yo sé lo que es la ballena! ¡Ella tiene miedo de nosotros! ¡Siempre tiene miedo!

Con lo cual los yacarés chicos se tranquilizaron. Pero enseguida volvieron a asustarse, porque el humo gris se cambió de repente en humo negro, y todos sintieron bien fuerte ahora el chas-chas-chas en el agua. Los yacarés, espantados, se hundieron en el río, dejando solamente fuera los ojos y la punta de la nariz. Y así vieron pasar delante de ellos aquella cosa inmensa, llena de humo y golpeando el agua, que era un vapor de ruedas que navegaba por primera vez por aquel río.

El vapor pasó, se alejó y desapareció. Los yacarés entonces fueron saliendo del agua, muy enojados con el viejo yacaré, porque los había engañado, diciéndoles que eso era una ballena.

-¡Eso no es una ballena! -le gritaron en las orejas, porque era un poco sordo-. ¿Qué es eso que pasó?

El viejo yacaré les explicó entonces que era un vapor, lleno de fuego, y que los yacarés se iban a morir todos si el buque seguía pasando.

Pero los yacarés se echaron a reír, porque creyeron que el viejo se había vuelto loco. ¿Por qué se iban a morir ellos si el vapor seguía pasando? ¡Estaba bien loco, el pobre yacaré viejo!

Y como tenían hambre, se pusieron a buscar pescados.

Pero no había ni un pescado. No encontraron un solo pescado. Todos se habían ido, asustados por el ruido del vapor. No había más pescados.

-¿No les decía yo? -dijo entonces el viejo yacaré-. Ya no tenemos nada que comer. Todos los pescados se han ido. Esperemos hasta mañana. Puede ser que el vapor no vuelva más, y los pescados volverán cuando no tengan más miedo.

Pero al día siguiente sintieron de nuevo el ruido en el agua, y vieron pasar de nuevo al vapor, haciendo mucho ruido y largando tanto humo que oscurecía el cielo.

-Bueno -dijeron entonces los yacarés-; el buque pasó ayer, pasó hoy, y pasará mañana. Ya no habrá más pescados ni bichos que vengan a tomar agua, y nos moriremos de hambre. Hagamos entonces un dique.

-¡Sí, un dique! ¡Un dique! -gritaron todos, nadando a toda fuerza hacía la orilla- ¡hagamos un dique!

Enseguida se pusieron a hacer el dique. Fueron todos al bosque y echaron abajo más de diez mil árboles, sobre todo lapachos y quebrachos, porque tienen la madera muy dura... Los cortaron con la especie de serrucho que los yacarés tienen encima de la cola; los empujaron hasta el agua, y los clavaron a todo lo ancho del río, a un metro uno del otro. Ningún buque podía pasar por allí, ni grande ni chico. Estaban seguros de que nadie vendría a espantar los pescados. Y como estaban muy cansados, se acostaron a dormir en la playa.

Al otro día dormían todavía cuando oyeron el chas-chas-chas del vapor. Todos oyeron, pero ninguno se levantó ni abrió los ojos siquiera. ¿Qué les importaba el buque? Podía hacer todo el ruido que quisiera, por allí no iba a pasar.

En efecto: el vapor estaba muy lejos todavía cuando se detuvo. Los hombres que iban adentro miraron con anteojos aquella cosa atravesada en el río y mandaron un bote a ver qué era aquello que les impedía pasar. Entonces los yacarés se levantaron y fueron al dique, y miraron por entre los palos, riéndose del chasco que se había llevado el vapor.

El bote se acercó, vio el formidable dique que habían levantado los yacarés y se volvió al vapor. Pero después volvió otra vez al dique, y los hombres del bote gritaron:

-¡Eh, yacarés!

-¡Qué hay! -respondieron los yacarés, sacando la cabeza por entre los troncos del dique.

-¡Nos está estorbando eso -continuaron los hombres.

-¡Ya lo sabemos!

-¡No podemos pasar!

-¡Es lo que queremos!

-¡Saquen el dique!

-¡No lo sacamos!

Los hombres del bote hablaron un rato en voz baja entre ellos y gritaron después:

-¡Yacarés!

-¿Qué hay? -contestaron ellos.

-¿No lo sacan?

-¡No!

-¡Hasta mañana, entonces!

-¡Hasta cuando quieran!

Y el bote volvió al vapor, mientras los yacarés, locos de contento, daban tremendos colazos en el agua. Ningún vapor iba a pasar por allí y siempre, siempre, habría pescados. Pero al día siguiente volvió el vapor, y cuando los yacarés miraron el buque, quedaron mudos de asombro: ya no era el mismo buque. Era otro, un buque de color ratón, mucho más grande que el otro. ¿Qué nuevo vapor era ese? ¿Ese también quería pasar? No iba a pasar, no. ¡Ni ese, ni otro, ni ningún otro!

-¡No, no va a pasar! -gritaron los yacarés, lanzándose al dique, cada cual a su puesto entre los troncos.

El nuevo buque, como el otro, se detuvo lejos, y también como el otro bajó un bote que se acercó al dique. Dentro venían un oficial y ocho marineros. El oficial gritó:

-¡Eh, yacarés!

-¡Qué hay! -respondieron estos.

-¿No sacan el dique?

-No.

-¿No?

-¡No!

-Está bien -dijo el oficial-. Entonces lo vamos a echar a pique a cañonazos.

-¡Echen! -contestaron los yacarés.

Y el bote regresó al buque.

Ahora bien, ese buque de color ratón era un buque de guerra, un acorazado con terribles cañones. El viejo yacaré sabio, que había ido una vez hasta el mar, se acordó de repente, y apenas tuvo tiempo de gritar a los otros yacarés:

-¡Escóndanse bajo el agua! ¡Ligero! ¡Es un buque de guerra! ¡Cuidado! ¡Escóndanse!

Los yacarés desaparecieron en un instante bajo el agua y nadaron hacia la orilla, donde quedaron hundidos, con la nariz y los ojos únicamente fuera del agua. En ese mismo momento, del buque salió una gran nube blanca de humo, sonó un terrible estampido, y una enorme bala de cañón cayó en pleno dique, justo en el medio. Dos o tres troncos volaron hechos pedazos, y en seguida cayó otra bala, y otra y otra más, y cada una hacia saltar por el aire en astillas un pedazo de dique, hasta que no quedó nada del dique. Ni un tronco, ni una astilla, ni una cáscara. Todo había sido deshecho a cañonazos por el acorazado. Y los yacarés, hundidos en el agua, con los ojos y la nariz solamente fuera, vieron pasar el buque de guerra, silbando a toda fuerza.

Entonces los yacarés salieron del agua y dijeron:

-Hagamos otro dique mucho más grande que el otro.

Y en esa misma tarde y esa noche hicieron otro dique, con troncos inmensos. Después se acostaron a dormir, cansadísimos, y estaban durmiendo todavía al día siguiente cuando el buque de guerra llegó otra vez, y el bote se acercó al dique.

-¡Eh, yacarés! -gritó el oficial.

-¡Qué hay! -respondieron los yacarés.

-¡Saquen ese otro dique!

-¡No lo sacamos!

-¡Lo vamos a deshacer a cañonazos como al otro!

-¡Deshagan... si pueden!

Y hablaban así con orgullo porque estaban seguros de que su nuevo dique no podría ser deshecho ni por todos los cañones del mundo.

Pero un rato después el buque volvió a llenarse de humo, y con un horrible estampido la bala reventó en el medio del dique, porque esta vez habían tirado con granada. La granada reventó contra los troncos, hizo saltar, despedazó, redujo a astillas las enormes vigas. La segunda reventó al lado de la primera y otro pedazo de dique voló por el aire. Y así fueron deshaciendo el dique. Y no quedó nada del dique; nada, nada. El buque de guerra pasó entonces delante de los yacarés, y los hombres les hacían burlas tapándose la boca.

-Bueno -dijeron entonces los yacarés, saliendo del agua-. Vamos a morir todos, porque el buque va a pasar siempre y los pescados no volverán.

Y estaban tristes, porque los yacarés chiquitos se quejaban de hambre. El viejo yacaré dijo entonces:

-Todavía tenemos una esperanza de salvarnos. Vamos a ver al SURUBÍ. Yo hice un viaje con él cuando fui hasta el mar, y tiene un torpedo. Él vio un combate entre dos buques de guerra, y trajo hasta aquí un torpedo que no reventó. Vamos a pedírselo, y aunque está muy enojado con nosotros los yacarés, tiene buen corazón y no querrá que muramos todos.

El hecho es que antes, muchos años antes, los yacarés se habían comido a un sobrinito del Surubí, y este no había querido tener más relaciones con los yacarés. Pero a pesar de todo fueron corriendo a ver al Surubí, que vivía en una gruta grandísima en la orilla del río Paraná, y que dormía siempre al lado de su torpedo.

Hay surubíes que tienen hasta dos metros de largo y el dueño del torpedo era uno de esos.

-¡Eh, Surubí! -gritaron todos los yacarés desde la entrada de la gruta, sin atreverse a entrar por aquel asunto del sobrinito.

-¿Quién me llama? -contestó el Surubí.

-¡Somos nosotros, los yacarés!

-No tengo ni quiero tener relación con ustedes -respondió el Surubí, de mal humor.

Entonces el viejo yacaré se adelantó un poco en la gruta y dijo:

-¡Soy yo, Surubí! ¡Soy tu amigo el yacaré que hizo contigo el viaje hasta el mar!

Al oír esa voz conocida, el Surubí salió de la gruta.

-¡Ah, no te había conocido! -le dijo cariñosamente a su viejo amigo-. ¿Qué quieres?

-Venimos a pedirte el torpedo. Hay un buque de guerra que pasa por nuestro río y espanta a los pescados. Es un buque de guerra, un acorazado. Hicimos un dique, y lo echó a pique. Hicimos otro, y lo echó también a pique. Los pescados se han ido, y nos moriremos de hambre. Danos el torpedo, y lo echaremos a pique a él.

El Surubí, al oír esto, pensó un largo rato, y después dijo:

-Está bien; les prestaré el torpedo, aunque me acuerdo siempre de lo que hicieron con el hijo de mi hermano. ¿Quién sabe hacer reventar el torpedo?

Ninguno sabía, y todos callaron.

-Está bien -dijo el Surubí, con orgullo-, yo lo haré reventar. Yo sé hacer eso.

Organizaron entonces el viaje. Los yacarés se ataron todos unos con otros; de la cola de uno al cuello del otro; de la cola de este al cuello de aquel, formando así una larga cadena de yacarés que tenía más de una cuadra. El inmenso Surubí empujó el torpedo hacia la corriente y se colocó bajo él, sosteniéndolo sobre el lomo para que flotara. Y como las lianas con que estaban atados los yacarés uno detrás del otro se habían concluido, el Surubí se prendió con los dientes de la cola del último yacaré, y así emprendieron la marcha. El Surubí sostenía el torpedo, y los yacarés tiraban, corriendo por la costa. Subían, bajaban, saltaban por sobre las piedras, corriendo siempre y arrastrando al torpedo, que levantaba olas como un buque por la velocidad de la corrida. Pero a la mañana siguiente, bien temprano, llegaban al lugar donde habían construido su último dique, y comenzaron enseguida otro, pero mucho más fuerte que los anteriores, porque por consejo del Surubí colocaron los troncos bien juntos, uno al lado de otro. Era un dique realmente formidable.

Hacía apenas una hora que acababan de colocar el último tronco del dique, cuando el buque de guerra apareció otra vez, y el bote con el oficial y ocho marineros se acercó de nuevo al dique. Los yacarés se treparon entonces por los troncos y asomaron la cabeza del otro lado.

-¡Eh, yacarés! -gritó el oficial.

-¡Qué hay! -respondieron los yacarés.

-¿Otra vez el dique?

-¡Sí, otra vez!

-¡Saquen ese dique!

-¡Nunca!

-¿No lo sacan?

-¡No!

-Bueno; entonces, oigan -dijo el oficial-. Vamos a deshacer este dique, y para que no quieran hacer otro los vamos a deshacer después a ustedes, a cañonazos. No va a quedar ni uno solo vivo; ni grandes, ni chicos, ni gordos, ni flacos, ni jóvenes, ni viejos, como ese viejísimo yacaré que veo allí, y que no tiene sino dos dientes en los costados de la boca.

El viejo y sabio yacaré, al ver que el oficial hablaba de él y se burlaba, le dijo:

-Es cierto que no me quedan sino pocos dientes, y algunos rotos. ¿Pero usted sabe qué van a comer mañana estos dientes? -añadió, abriendo su inmensa boca.

-¿Qué van a comer, a ver? -respondieron los marineros.

-A ese oficialito -dijo el yacaré y se bajó rápidamente de su tronco.

Entre tanto, el Surubí había colocado su torpedo bien en medio del dique, ordenando a cuatro yacarés que lo aseguraran con cuidado y lo hundieran en el agua hasta que él les avisara. Así lo hicieron. Enseguida, los demás yacarés se hundieron a su vez cerca de la orilla, dejando únicamente la nariz y los ojos fuera del agua. El Surubí se hundió al lado de su torpedo.

De repente el buque de guerra se llenó de humo y lanzó el primer cañonazo contra el dique. La granada reventó justo en el centro del dique, e hizo volar en mil pedazos diez o doce troncos.

Pero el Surubí estaba alerta y apenas quedó abierto el agujero en el dique, gritó a los yacarés que estaban bajo el agua sujetando el torpedo:

-¡Suelten el torpedo, ligero, suelten!

Los yacarés soltaron, y el torpedo vino a flor de agua.

En menos del tiempo que se necesita para contarlo, el Surubí colocó el torpedo bien en el centro del boquete abierto, apuntando con un solo ojo, y poniendo en movimiento el mecanismo del torpedo, lo lanzó contra el buque.

¡Ya era tiempo! En ese instante el acorazado lanzaba su segundo cañonazo y la granada iba a reventar entre los palos, haciendo saltar en astillas otro pedazo del dique.

Pero el torpedo llegaba al buque, y los hombres que estaban en él lo vieron: es decir, vieron el remolino que hace en el agua un torpedo. Dieron todos un gran grito de miedo y quisieron mover el acorazado para que el torpedo no lo tocara.

Pero era tarde; el torpedo llegó, chocó con el inmenso buque bien en el centro, y reventó.

No es posible darse cuenta del terrible ruido con que reventó el torpedo. Reventó, y partió el buque en quince mil pedazos; lanzó por el aire, a cuadras y cuadras de distancia, chimeneas, máquinas, cañones, lanchas, todo.

Los yacarés dieron un grito de triunfo y corrieron como locos al dique. Desde allí vieron pasar por el agujero abierto por la granada a los hombres muertos, heridos y algunos vivos que la corriente del río arrastraba.

Se treparon amontonados en los dos troncos que quedaban a ambos lados del boquete y cuando los hombres pasaban por allí, se burlaban tapándose la boca con las patas.

No quisieron comer a ningún hombre, aunque bien lo merecían. Sólo cuando pasó uno que tenía galones de oro en el traje y que estaba vivo, el viejo yacaré se lanzó de un salto al agua, y ¡tac! en dos golpes de boca se lo comió.

-¿Quién es ese? -preguntó un yacarecito ignorante.

-Es el oficial -le respondió el Surubí-. Mi viejo amigo le había prometido que lo iba a comer, y se lo ha comido.

Los yacarés sacaron el resto del dique, que para nada servía ya, puesto que ningún buque volvería a pasar por allí. El Surubí, que se había enamorado del cinturón y los cordones del oficial, pidió que se los regalaran, y tuvo que sacárselos de entre los dientes al viejo yacaré, pues habían quedado enredados allí. El Surubí se puso el cinturón, abrochándolo por bajo las aletas, y del extremo de sus grandes bigotes prendió los cordones de la espada. Como la piel del Surubí es muy bonita, y las manchas oscuras que tiene se parecen a las de una víbora, el Surubí nadó una hora pasando y repasando ante los yacarés, que lo admiraban con la boca abierta.

Los yacarés lo acompañaron luego hasta su gruta, y le dieron las gracias infinidad de veces. Volvieron después a su paraje. Los pescados volvieron también, los yacarés vivieron y viven todavía muy felices, porque se han acostumbrado al fin a ver pasar vapores y buques que llevan naranjas. Pero no quieren saber nada de buques de guerra.


FIN