miércoles, 29 de noviembre de 2017

CUENTO OCTAVO

LA TORTUGA GIGANTE
Horacio Quiroga
         Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día:
         —Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hace mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien.
         El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien.
         Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutos. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia.
         Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había también agarrado vivas muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de kerosene.
         El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la ponía parada de canto para meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador, que tenía una gran puntería, le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto.
         —Ahora —se dijo el hombre—, voy a comer tortuga, que es una carne muy rica.
         Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne.
         A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre.
         La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse.
         El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo.
         La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre, y le dolía todo el cuerpo.
         Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió entonces que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre.
         —Voy a morir —dijo el hombre—. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quien me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed.
         Y al poco rato la fiebre subió más aún, y perdió el conocimiento.
         Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces:
         —El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo le voy a curar a él ahora.
         Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar enseguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.
         Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas.
         El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta:
         —Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí.
         Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo:
         —Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires.
         Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje.
         La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar, se detenía, deshacía los nudos, y acostaba al hombre con mucho cuidado, en un lugar donde hubiera pasto bien seco.
         Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir.
         A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!, ¡agua!, a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber.
         Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces se quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta:
         —Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo, en el monte.
         Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino.
         Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada.
         Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba el cielo, y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella.
         Y sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje.
         Pero un ratón de la ciudad —posiblemente el ratoncito Pérez— encontró a los dos viajeros moribundos.
         —¡Qué tortuga! —dijo el ratón—. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, qué es? ¿Es leña?
         —No —le respondió con tristeza la tortuga—. Es un hombre.
         —¿Y adónde vas con ese hombre? —añadió el curioso ratón.
         —Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires —respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía—. Pero vamos a morir aquí, porque nunca llegaré...
         —¡Ah, zonza, zonza! —dijo riendo el ratoncito—. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allá, es Buenos Aires.
         Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa, porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha.
         Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el cazador se curó enseguida.
         Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios, no quiso separarse más de ella. Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija.

         Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos.

lunes, 3 de julio de 2017

ENSAYO

TO THINK OR NOT TO THINK, THIS IS THE REATING
Pensar o no pensar, éste es el reating                                                                                             Por: Ramiro Diez
Los humanos nos estamos quedando sin palabras. Los lingüistas afirman que usamos el 20% menos de las palabras que se utilizaban a mediados del siglo anterior. Es decir, nos estamos quedando sin cómo hablar. Mudos, para que quede claro. Y esto sí es serio. Quedarnos sin palabras es quedarnos sin pensamiento, aunque pueden existir palabras sin pensamiento: algunos políticos son un ejemplo tragicómico. Encienda en este momento la tele para que se percate de lo justo de la afirmación. Pero no puede existir pensamiento sin palabra. Piense.
Despojados de la palabra-pensamiento, estamos incapacitados para entender el mundo, para amarlo y odiarlo, para soñarlo distinto, para cambiarlo. A alguien le tiene que convenir que no podamos ni soñar ni cambiar el mundo cada vez más mudo que nos rodea.
Dicen que el arrasamiento del lenguaje tiene una causa conocida: la televisión, que nos ha convertido de homo tipógrafus en homo televidentis. Y es que no muy lejos en el tiempo las conversaciones se iniciaban con “¿Has leído…?” Ahora es: “¿Viste…?”
Antes leíamos. Ahora vemos. Cuando leíamos, imaginábamos el paisaje y el rostro del personaje, y la forma como vestía o caminaba. Y esa creación nuestra era la mejor de todas y no se parecía a ninguna, y así, cada lector volvía a escribir, a su manera, el libro.
Con la imagen no ocurre eso. Allí en la pantalla hay un rostro y un paisaje imaginados por alguien, y ese es el producto que todos consumimos. Se acabó la imaginación, porque alguien nos hizo el dudoso favor de imaginar por nosotros.
De alquimistas de ideas, de malabaristas de las palabras, nos hemos convertido en simios devoradores de imágenes y onomatopeyas. Este experimento lo hicieron en Harvard:
Los investigadores crearon una pantalla especial para transmitir a un grupo de chimpancés algunos capítulos de telenovelas conocidas, y les entregaron ladrillos de espuma. La sorpresa no fue mucha cuando los científicos constataron que los animales entendían, sin dificultad, la trama identificaban a la fulanita “mala” que se quería quedar con la herencia y el marido de la zutanita buena, y cada vez que la “mala” aparecía en pantalla le arrojaban los ladrillos con toda la furia.
¿Habrán trepado los chimpancés hasta la estatura intelectual de los televidentes? ¿O habremos sufrido un proceso involutivo que no se lo hubiera imaginado ni el mismo Darwin?
La televisión es castrante. Pero no el medio en abstracto, general. No. Es la mala, la inhumana, la feroz, vulgar y atropellante programación que en muchas partes se sufre. Con las nobles excepciones, por supuesto.
Esa pantalla podría ser una ventana a nuevas formas de enriquecernos intelectualmente. Pero la ventana se convierte en el orificio por donde se mete la cabeza para que baje la implacable cuchilla. Y es que la imagen no exige demasiados esfuerzos, ni potencia la palabra, es decir, el pensamiento.
Lo hemos visto: policía blanco persigue a malhechor negro. Disparo. Carros que chocan. Otros choques. Más disparos. Intento de fuga del negro. Salto felino del blanco. Más disparos cruzados. Todos fallan. Al final, el blanco alcanza al negro.  Entonces viene el intercambio de golpes para el inesperado desenlace: ¡pluf!, ¡pum!, ¡crash!, ¡oggghhh!, ¡paf!, ¡tum!, ¡ay!, ¡yah!, ¡eah!, ¡track! Y fin.
Lírico, el diálogo. Sutil. Preñado de sugerencias. Verde pálido de la envidia un tal Shakespeare.
En fin: ese poder castrante y embrutecedor de la facilidad de la imagen no lo habría podido crear ni el más diabólico de los científicos que se hubiera propuesto tal tarea.
Eso explica el que yo haya sido testigo interesado del dialogo de dos jovencitos. Escuché lo siguiente, palabras más, palabras menos.
“Entonces llegó el man y vio a la man con el otro man. Y entonces ¡trákata! Y el man, ¡pum! Y la man entonces, ¡chutz! Y el otro man, ¡plaf!... ¡Qué man!”
Un sustantivo para tres protagonistas y dos verbos para una historia de amor, celos y violencia. Lo más increíble: ¡el man que escuchaba la historia contada por el otro man, la entendió!
Así podríamos contar que Crimen y Castigo es un man que mata a una man y a otra man hermana de la man, y el man va a la cárcel. Con la erosión del lenguaje, resulta inútil Dostoievski. Y había un man flaco amigo de un man gordo. Y Cervantes, innecesario.
Es que, ¿qué se puede esperar? Un día, en la pantalla aparece un personaje con cara de tipo normal, potente voz, agradable dicción, y anuncia: “Ahora sí, vamos al mundo del arte”. Y nos sobresaltamos, felices, y hay un escalofrío inconfesable y quizás cursi que nos recorre, y un nudito de emoción se hace en la garganta. Beethoven. Van a hablar de Beethoven. O de Rembrandt. Y vamos a escuchar Pequeña Serenata Nocturna de Mozart interpretada por… “¡Juanes informó que está esperando su segundo hijo!... y a la cantante Shakira se le vio en un exclusivo restaurante de Miami con el hijo de un ex presidente argentino”.
Ese es el mundo del arte en televisión. Esa es la cultura de la incultura, de la más perversa y sofisticada violencia que puede sufrir el ser humano: que le conviertan a la basura en algo trascendente, y los valores trascendentes en basura.
No es solo la tele. También tenemos responsabilidad en el empobrecimiento de la cultura los que escribimos, ya sea libros, o los que publicamos en periódicos y revistas… Para no hablar de la radio, que esa es otra historia…
Volvamos con los impresos: una peste que se la habría querido Moisés contra los egipcios, sería esa horrenda literatura chatarra que inunda las librerías. Hoy vemos a Chopra y Cuauhtémoc y a otros especímenes de la fauna del pensamiento triunfalista, exitoso y epidérmico, convertidos en los adalides de la moderna filosofía.
Y los periódicos y revistas tampoco escapan a la mediocridad que galopa. La gente no lee porque es posible que lo que hoy escribimos no valga la pena ser leído.
Están lejanos los días del siglo XIX, cuando un periódico inglés tenía que hacer tirajes de doscientos mil ejemplares para satisfacer al público lector de Dickens con sus pequeñas historias. O los días en los cuales el ejército y la policía en Bogotá tenían que dispersar, a las dos de la mañana, a la gente que se agolpaba a las puertas del diario El Espectador para adquirir el periódico y poder leer la continuación de una crónica (Relato de un náufrago) de García Márquez.
Scherezada salvó su vida con la magia de la palabra. Salvó su vida, y la de todas las doncellas de aquel reino. Y salvó la vida del reino. Con la palabra. Seguro que en sus mil y una noches hubo otros lujuriosos condimentos, pero fue la palabra que permitió que la existencia tomase un rumbo digno para todos.
Todos los que vivimos el privilegio de poder decir y escribir, deberíamos evolucionar hacia aprendices de Scherezada: recuperar la palabra, descubrir la alquimia del verbo, y como brujos atrevidos, empezar a desatar las fuerzas que en la palabra se esconden, para salvar la vida.
Y, de paso, hay que empezar por el principio: a poner patas arriba este mundo que está al revés, donde nos han convertido lo vital en inútil, y lo inútil en vital.


miércoles, 15 de abril de 2015

TRABAJO PALABRAS VARIABLES-INVARIABLES

TRABAJO DE PALABRAS VARIABLES E INVARIABLES 

Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta
La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.

En un beso, sabrás todo lo que he callado.

Conocer el amor de los que amamos es el fuego que alimenta la vida.

Para que nada nos separe que nada nos una.

¿Sufre más aquél que espera siempre que aquél que nunca esperó a nadie?

Si el corazón se aburre de querer para qué sirve.

Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio.

El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien, sino en el deseo de dormir junto a alguien.


El amor, por definición, es un regalo no merecido.
Soledad: una dulce ausencia de miradas.

Los mejores amigos son como las estrellas, aunque no siempre se ven, sabes que están ahí.
Los amigos se hieren con la verdad para no destruirse con las mentiras.

Los amigos son ángeles que se levantan cuando tus alas han olvidado cómo volar.
Cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír.
Aprender es como remar contra corriente: en cuanto se deja, se retrocede.

La sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve de nada.

Yo creo que todavía no es demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra.
No tenemos otro mundo al que podernos mudar.





domingo, 1 de febrero de 2015

Textos - tercero de bachillerato/ Razonamiento verbal



¿Quién pone los límites a la libertad de expresión?
Partamos de algo básico, pero esencial para la democracia y la convivencia: toda libertad se ejerce con responsabilidad. No hay ninguna (por más liberales u ortodoxos) que no contenga en sí misma un marco de referencias y contextos concretos para ejercerla sin afectar o perjudicar al otro.
Tras el atentado criminal a los miembros de la revista humorística francesa Charlie Hebdo se ha desatado la apología sobre una supuesta libertad de expresión absoluta, incuestionable, ilimitada y garantizada solo por el “hago y digo lo que me da la gana”.
Incluso hemos escuchado toda clase de blasfemia en nombre de esa libertad de expresión y una victimización sin nombre de quienes son los que más la usan, de todas las formas, en todos los formatos y bajo aparentes discursos diversos, cuando en realidad son la caja de resonancia de un mismo formato ideológico y político.
Ya no son algunos ‘autoritarios’, ‘tiranos’ o ‘populistas’ los que señalan que la libertad de expresión tiene unos límites. Empezando por el papa Francisco, intelectuales liberales, autoridades políticas y teóricos de la comunicación han coincidido en que esos límites están sobre todo definidos por cada ciudadano. Eso es lo fundamental. Pero ese ciudadano sabe que su libertad mal usada, a veces con fines protervos o difamatorios, tiene unas consecuencias concretas.
Ahora, a aquellos periodistas y analistas ‘puros’, absolutistas y ultra liberales les salió uno de los maestros del periodismo al que alaban, citan y dicen seguir su ejemplo. Les pidió que la libertad de expresión sea usada respetando al otro, autoimponiéndose unos límites y, sobre todo, pensando en la verdadera razón de ser de esa libertad. Se trata del periodista colombiano Javier Darío Restrepo. Nadie puede decir que él es un ‘acólito’ de los gobiernos progresistas y mucho menos es un partidario de leyes de comunicación. Sobre todo es un ciudadano responsable y un periodista ético con su oficio y con sus audiencias. ¿Esta vez les falló Restrepo a los periodistas locales que abogan por una libertad absoluta sin restricción alguna? Ese periodista colombiano ha dicho: “La libertad que elimina todos los obstáculos para decir o escribir lo que uno quiera resulta tan absurda como la que pretendía tener un taxista que reaccionó cuando su pasajero le pidió apagar el cigarrillo que acababa de encender: Estoy en mi taxi y aquí hago lo que me da la gana y lo echo a usted si me da la gana”.
Lo que en realidad preocupa de todo este debate es para qué quieren usar la libertad de expresión absoluta y sin límites ciertos periodistas y políticos, supuestos activistas y personajes anónimos de las redes sociales. ¿Para favorecer el debate y la reflexión pública? Parece que no. Y por ahí se ocultan otros propósitos y se revelan sus reales apetitos.




La promoción turística del Ecuador se cimenta en potentes valores

No hay duda de que nuestra geografía y gente son un tesoro y un enorme atractivo para el turista extranjero. Lo testimonian las centenas de miles de ciudadanos del mundo que llegan a nuestra patria cada año.
Y es verdad que un ‘empujoncito’ mediante la publicidad y promoción tradicionales hace muy bien, pero hemos comprobado que un país con estabilidad política, con un gobierno e instituciones legítimos, con infraestructura y seguridad, además de tesoros naturales valiosos, es el gran ‘gancho’.
Hemos crecido en cifras y en demanda, pero no es suficiente. Un país turístico debe cuidar su patrimonio y no someterse a la lógica del mercado homogeneizador. Si por algo nos visitan es porque somos diferentes y tenemos potentes valores y virtudes propias.
Para fortalecer la llamada ‘industria sin chimeneas’ hace falta también construir un ambiente de armonía, que destierre a esos agoreros del desastre que hablan de un país que está solo en sus cabezas para abjurar de todas nuestras bondades y talento.

La Celac coloca a América Latina en otra dimensión

El futuro está a la vista: los bloques económicos y políticos marcarán el devenir de las naciones. Y en esa perspectiva histórica se instala la Comunidad de Estados Latinoamericanos y el Caribe (Celac). Además, en un momento donde el predominio de las soberanías y la autodeterminación son el signo más fuerte de nuestra región. Por supuesto, debimos aguardar muchos años y superar algunos obstáculos para consolidar la unidad regional. Por lo pronto, lo más urgente es que esta comunidad avance en lo fundamental: desterrar la pobreza extrema y reducir significativamente la inequidad que han sido las dos lacras del continente. Y el que Ecuador asuma la presidencia pro témpore también nos obliga a varias tareas: que la vocería política sea para sustentar con mayor rigor nuestra presencia en el mundo. América Latina se mira con respeto y hasta con admiración en otros lados. De ahí que este año ofrece una gran oportunidad para consolidar nuestras soberanías y el devenir a favor de los pueblos.

 Editoriales diario El Telégrafo

LA NIÑA SIN ESCUELA
Una mañana invernal de 1900, una niña de once años fue acusada de haber robado algún libro de su escuela.
La niña se defendió y demostró que nada tenía, pero en ese momento ya se había desatado la irracionalidad grupal, y una compañerita la insultó por no tener padre, y le arrojó una piedra.

Entonces las demás niñas se sumaron a la locura colectiva y ante la lluvia de insultos y piedras, la niña huyó de la escuela para no regresar jamás.
Era mentira que hubiera robado algo, pero era verdad que ahora no tenía padre. Alguna vez lo tuvo, pero la había abandonado cuando ella apenas tenía tres años. La niña se llamaba Lucila Godoy Alcayaga.
Sí: Lucila Godoy Alcayaga. El mundo después la conoció como Gabriela Mistral, chilena, y Premio Nobel de Literatura y era la primera vez que el máximo galardón de la literatura universal era entregado a Latinoamérica.

EL SOLDADO DEL TERROR
Hubo un niño, hijo de actores, que quedó solo en el mundo: su padre lo abandonó, y al poco tiempo su madre murió. Para recaudar fondos y ayudarlo, un hombre de negocios decidió montar una obra de teatro.
En la obra llamada “La Monja Siniestra”, la actriz era una mujer a la que los hombres del pueblo la conocían muy bien, precisamente por su profesión nada parecida a la de monja…
Quizás por ver a la mujer en tan extraño vestido de monja, en un papel muy ajeno a su oficio y vocación, o quizás por ayudar al huérfano, el teatro se llenó hasta los topes.
Y en una escena, la monja encendía una antorcha para guiarse en la oscuridad. La monja siniestra encendió la antorcha y de paso encendió las cortinas y metió fuego a todo el teatro.
La obra concluyó con casi cien víctimas, quemadas o aplastadas en medio del terror colectivo. No quedó ni un centavo de utilidad.
Ese niño que empezaba de manera tan tormentosa su vida, se llama Edgar Allan Poe. Y su vida siempre fue un vértigo de dramas sin fin.
Poe, el maestro del relato corto, del suspenso y el terror, durante algunos años prestó servicio militar con un nombre ficticio.
Allí, en la milicia, se llamaba Edgar A. Perry y fue expulsado por no ir a misa, por jugar ajedrez, y por leer demasiado.

Textos de Ramiro Diez

sábado, 24 de enero de 2015

HOJAS DE TRABAJO - RAZONAMIENTO VERBAL - TERCERO DE BACHILLERATO




1. A la Naturaleza
Ralph Waldo Emerson
Para entrar en soledad un hombre necesita tanto retirarse de su habitación como de la sociedad. Yo no soy solitario mientras leo y escribo, aunque nadie está conmigo. Pero si un hombre quiere estar solo, que mire a las estrellas. Los rayos que brotan de estos celestes mundos le separarán de las cosas vulgares. Cualquiera creería que se hizo la atmósfera transparente con objeto de dar al hombre, en los celestes cuerpos, la perpetua presencia de lo sublime. Vistos desde las calles  de las ciudades, cuán grandes son! Si las estrellas apareciesen una noche cada mil años, ¡cómo los hombres creerían y adorarían en ellas, y cómo conservarían por espacio de muchas generaciones el recuerdo de la ciudad de Dios que se les había mostrado! Pero todas las noches salen estos predicadores de la belleza y alumbran el Universo con su sonrisa amonestadora.




2. Este problema se presenta en niños de todas las edades, aunque se da principalmente en infantes de entre 11 y 13 años. Una de las causas, muchas veces es lo que se vive en el hogar. Cabe recordar que “los niños son el reflejo de los padres”, es decir,  sabemos que la familia es la primera institución moralizadora, donde un niño se desenvuelve, forma su carácter al imitar las conductas de los padres. Algo grave es la gran cantidad de familias que tienen problemas de convivencia que pueden ser originados por uno o más problemas como son: Problemas económicos, problemas de adicciones, violencia intrafamiliar, poco tiempo de calidad y convivencia, corta edad de los padres  o la irresponsabilidad de estos.



3. La educación es un concepto de suma importancia para la sociedad, ya que supone el fundamento de las relaciones entre las personas. Sin embargo, es un término de gran amplitud y complejidad, que quizás se podría definir como el conjunto de normas de conducta de la persona con su entorno social.
Francisco García


4. ¿Si la educación está cambiando?
Es una pregunta de respuestas bastante complicadas, ya que por un lado el gobierno nos bombardea con campañas sociales o “publicidades” que hacen ver que jamás el Ecuador ha vivido una transformación educativa como la que la revolución ciudadana ha conseguido, desde profesores mejor remunerados con acceso a cursos de capacitación y estudios de cuarto nivel en el extranjero hasta unidades educativas del milenio, es decir equipadas con la más alta tecnología existente al menos en el país. No obstante hay otra realidad menos visible, al menos en los medios de comunicación, por ejemplo, no se habla de la concentración desmesurada de estudiantes por aula, hablamos de un promedio de entre 45 y 60 estudiantes, de igual forma, nadie dice nada sobre muchos nuevos docentes que han ingresado al magisterio sin tener título de tercer nivel en las especialidades para las que han sido contratados, nadie habla tampoco de las instituciones educativas que no son del milenio y que por lo tanto no cuentan con una infraestructura adecuada ni con la tecnología necesaria como para que los estudiantes y docentes accedan a la información que luego se convertirá en conocimiento.



5. La libertad de expresión es el derecho que tenemos los seres humanos de expresar nuestros pensamientos o la lecturas que tenemos sobre diferentes acontecimientos de carácter social, económico, político o religioso. Ejercer una correcta libertad de expresión nos lleva a madurar como seres humanos,  pues nos permite asentir o disentir y ser parte de ese mercado de ideas que más tarde nos conduce a formarnos con  pensamiento crítico y con una posición fundamentada dentro de la sociedad.  


6. Sería ilógico pensar que el propio de la casa pudiera realizar actos que vayan en deterioro de su hogar. Sin embargo, eso es exactamente lo que pasa con la humanidad, y su hogar, el planeta tierra. El hombre, nosotros, estamos destruyendo ese ambiente en el cual vivimos todos los días.


7. ¿Subir las tarifas del transporte depende de una consulta popular?

El concepto esencial de la democracia es el del gobierno del pueblo. Así ha sido siempre. Y para ello hay varios instrumentos y mecanismos democráticos. Uno de ellos es la consulta popular. Pero de hecho es un mecanismo complejo. No solo por lo que implica en su realización, sino porque consultar al pueblo sobre todos los temas sería lo ideal, pero costoso.
De hecho, en Ecuador, en la última década todos los procesos políticos, incluidos los más difíciles, fueron determinados y, por supuesto, legitimados por la aprobación popular. Sin embargo, hay asuntos de absoluta responsabilidad de las autoridades que asumen la delegación popular.
¿No resulta fácil y algo cómodo llevar hasta la consulta la decisión de subir o no los pasajes del transporte de una ciudad? ¿Cuán responsable es proponer subir la tarifa solo si se mejora el servicio? ¿Quién garantiza que eso ocurra? Si la autoridad no ha hecho nada para eso, durante décadas, ¿por qué ahora sí es una ‘responsabilidad’ del mandante?


8. Cuba y EE.UU. dan el primer paso para un proceso largo y tenso

Con el encuentro de autoridades de alto nivel de la diplomacia de Cuba y EE.UU. se inicia ese proceso que bien pudo ocurrir décadas atrás. Las dos delegaciones las encabezan mujeres: la estadounidense Roberta Jacobson, secretaria adjunta para Latinoamérica, y la cubana Josefina Vidal, directora general para Estados Unidos del Ministerio de Relaciones Exteriores (Minrex).
Ellas, en la práctica, rompen el hielo de más de 50 años de las relaciones diplomáticas y, a la vez, siembran el terreno para una dura, tensa y hasta complicada tarea, por la cual millones de personas han luchado por mucho tiempo. Nadie duda que en el camino habrá asuntos difíciles, que hay sectores con ansias de que todo tropiece o se estanque.
Por eso es importante que la comunidad mundial, los principales líderes de todos los sectores y los organismos internacionales den todo el apoyo para avanzar al pleno restablecimiento de las relaciones y, sobre todo, para que el embargo inhumano termine definitivamente. 
Diario El Telégrafo