miércoles, 15 de marzo de 2017

CUENTOS DÉCIMO

EL TURNO DE ANACLE 1
Galo Galarza

            MAÑANA VOS A MATAR al abuelo, me dijo Anacle, y me enseñó una soga lista para ahorcar. Yo bajé los ojos y le dije: me da miedo. Él me sujetó la barbilla con fuerza, me soltó un insulto y repitió: mañana vamos a matar al abuelo. Cuando alcé mis ojos y vi el suyo, sabía que la sentencia era inevitable. Entonces ya no me quedó más remedio que aceptar su perverso veredicto y le respondí quitándome sus dedos de encima: está bien, mañana pero con la condición de que el abuelo no sufra. No sufrirá, todo será cosa de segundos, te doy mi palabra, dijo Anacle para cerrar el diálogo. Me sonrió cínicamente y se fue silbando por los corredores de la casa, al tiempo que agitaba la soga anudada, a manera de una cachiporra. Anacle hijueputa me quedé diciendo, ya sólo para mí, no te dejaré que mates al abuelo, aunque yo mismo te haya dado esa maldita idea.

Vos serás obispo, me decía el abuelo un poco antes de que le cayera la enfermedad, tus ojos tienen espacio suficiente como para cargar con todas las culpas de la familia y tu dedo, el de llevar anillo, tiene la gordura adecuada corno para recibir los besos que te darán los fieles. Otras veces me decía: vos serás obispo Manuel porque en tu boca veo la malicia de los que nunca pueden tener a lo largo de la vida una misma mujer en la cama. Vos eres vago, Manuel nunca podrás responsabilizarte de los hijos que engendres, no podrás darles tu apellido, vos serás obispo Manuel. Y yo le decía: no abuelo, yo seré aviador, yo quiero ser aviador para tirarles bombas desde el cielo a las iglesias, para que no haya obispos; yo nunca seré obispo, aunque usted quiera y mamá quiera, yo sé que si viviera mi papá, él me apoyaría en mi deseo de ser aviador. Tú voy a volar bien alto abuelo, más alto que las palomas, le juro. Y él se enojaba y me daba coscorrones, o sino me pellizcaba los cachetes hasta hacerme llorar. Entonces yo creía odiarlo.
            Anacle es hijo de mi tía Rita y él fue quien me enseñó a saltar sobre las tapias y a destripar los gatos, él también me enseñó por donde paren las mujeres y por qué paren, con él aprendí a fumar hojas de periódicos y a trepar árboles, por grandes que estos fueran. Anacle me defendía en la escuela de los que querían pegarme o se burlaban de mi excesiva gordura. El fue como el hermano que nunca tuve, yo sin él no habría conocido nada de lo que ahora conozco ni habría sabido nada de lo que ahora sé. Por eso lo quiero y lo respeto pero también le temo.
            Yo le he visto hacer cosas muy malas, por ejemplo eso de matar los gatos es cosa bien fea en él: los busca, los acecha, los enlaza, los ahorca, los destripa, los entierra. Y yo le ayudo en la tarea, no puedo dejar de ayudarlo porque de lo contrario me acusa de maricón y no me defiende de los que quieren pegarme. De Anacle dicen que es el mejor trompón de toda la escuela y por eso nadie se mete con él; pero, definitivamente, hace cosas muy feas y también mata a otros animales, por gusto, por malo: rompe los huevos de los nidos o si no los huequea con una aguja y me obliga a chupar el interior o él mismo se lo chupa; aplasta a las filas de hormigas, las destruye saltando sobre ellas al tiempo que se ríe a carcajadas, es como si odiara la vida, sobre todo la vida pequeña, la indefensa. Y su odio a los gatos es porque cuando él era niño, de andar gateando, la gata Fefa del abuelo, una angora blanca a la que se había mimado demasiado, le pegó un rasguñón tan tremendo en la cara que le dejó una lacra imborrable cruzada sobre la frente y un ojo de menos. Esa mutilación es la que lo hacía malo. Tuerto anormal, le decía la tía Rita siempre que le reprochaba y Anacle se remordía y lloraba. Y el abuelo lo detestaba, éste no es carne de mi carne ni sangre de mi sangre, decía, a este tuerto lo engendró el diablo. Le había prohibido hasta la entrada en su cuarto y, si alguna vez lo veía, se llevaba las manos a los ojos simulando que se los tapaba y gritaba uuuuyyyyy el tuerto. Y Anacle volvía a llorar por el único ojo, porque después de todo él también era un niño.
            Posiblemente el abuelo cargaba esa enfermedad desde mucho antes, pero recién comenzó a presentársele con más fuerza cuando llegó a la última etapa de su vida. Esa enfermedad horrible que le iba devorando miembro por miembro a medida que corrían los meses. Primero los dedos de los pies, después de los talones, las pantorrillas, las rodillas, todo. Y el viejo desesperado, más loco de lo que siempre estuvo, se pasaba gritando, más bien aullando, encerrado en una habitación apenas iluminada por una claraboya a la que solo teníamos acceso mi madre y yo. Ella para alimentarlo y asearlo y yo dizque para consolar su dolor. En ti creo Manuel, comenzó a decirme una época en los ratos cuando no estaba gritando de dolor, vos eres mi única esperanza, vos serás obispo y traerás a Dios a esta casa. Pero cuando gritaba era desesperante, los gritos le entraban a uno por todo el cuerpo, quedaban vibrando adentro, hacían doler la cabeza. Yo me tapaba los oídos con las dos manos pero era inútil los gritos me entraban entre dedo y dedo y el efecto era igual que silos oyera a oreja pelada. Mamá lloraba y decía señor apiádate de él llévatelo, no lo hagas sufrir así, mándale la muerte como una bendición, y desde que oí eso a mamá, me entró la idea de malar al abuelo.
            Anacle —le propuse una tarde que regresábamos del vado— por qué no matamos al abuelo.
            El se quedó mirándome con su único ojo de arriba a abajo, dio un paso hacia atrás y preguntó entre balbuceos: ¿có-mo-có-mo-ma-tar-al-abue-lo? Sí —le respondí seguro de lo que decía— porque esa enfermedad que tiene lo hace sufrir mucho.
            Y porque es un viejo de mierda también —dijo Anacle ya repuesto de la sorpresa y más bien resuelto, inflado su instinto malévolo, dispuesto a llevar a cabo mi propuesta con rapidez, con la mayor eficacia. Bien, dijo después de un prolongado silencio, matemos al abuelo, vos por piedad y yo por venganza, este viejo miserable se ha burlado de mí con exceso, me ha humillado, me ha despreciado. Pero tampoco te hagas el inocente Manuel, porque vos también lo odias, no es por piedad la tuya, como ahora me dices, vos me contaste una vez, acuérdate, que lo odiabas porque él quería hacerte obispo a la fuerza, y vos bien sabes que con el abuelo muerto podrás hacer lo que quieras. No es solo piedad la tuya, los dos vamos a matarlo por gusto, como matamos a los gatos. Y a medida que Anacle iba hablando, a mí me fue entrando un miedo tremendo, un miedo de Anacle, de mí mismo, por la idea espantosa que había inculcado en él. Comencé a sentirme culpable, me sentí ya asesino del abuelo. Entonces decidí escaparme de Anacle, busqué pretextos para no encontrarme con él, simulé una enfermedad para no ir a la escuela, tampoco podía ver al abuelo, no tenía el valor de mirarlo después de lo que acordamos con Anacle, tampoco podía dormir, las pesadillas me asaltaban apenas cerraba los ojos. ¿Qué te pasa Manuel? me interrogaba mi mamá, vos no estás enfermo del cuerpo, como dices, sino del alma, anda confiésate, algún pecado grave has cometido, mi Manuel, algo te traes entre manos con el tuerto ese anormal de tu primo, si no por qué le corres, cuéntame a mí para yo hablar con mi hermana Rita y que le castigue si ha hecho algo malo, háblame. Pero yo no podía hablar, cómo hubiera podido contarle a mamá lo que había ocurrido, y para no despertar más sospechas, regresé a la escuela, me encontré con Anacle en los corredores y él me dijo en cuanto me vio:
Mañana vamos a matar al abuelo.
Y me enseñó aquella soga anudada y su ojo perverso; entonces, así como se me ocurrió matar al abuelo cuando oí a mi madre que clamaba para que cesara su sufrimiento, también resolví impedir que Anacle lo matara, aunque le dije para evitar su ira que sí, que mañana lo matamos, con la condición de que él no sufriera. Al día siguiente, apenas amaneció, yo me llegué hasta el cuarto del abuelo y allí me instalé junto a él, a oír sus gritos horribles y escuchar las esperanzas que ponía en mí.
            Hace rato que no venías ni Manuel, tu mamá me dijo que estabas enfermo, qué tenías hijo, ven acércate, ven a mi lado, consuela a este pobre viejo, qué te pasa que no te acercas, Manuel...
            Anacle llegó a las once de la mañana, cuando no había nadie en la casa, entró sigiloso, abrió ligeramente la puerta del cuarto y al mirarme exclamó en voz baja:
Ah, ya estás allí mariconcito, pensé que te habías ahuevado.
            El abuelo entreabrió sus ojos, vio a Ánade y presintió algo malo. Se quedó muy quieto tratando inútilmente de alcanzar mi mano. El tuerto, musitó, el tuerto Ánade, qué quiere aquí, no lo dejes entrar Manuel, no lo dejes que está endemoniado. Ánade se paró al filo de la cama, se levantó la camisa y comenzó a desanudar lentamente la soga que llevaba atada en torno de su cintura. Cuando acabó la operación, alzó la soga anudada en forma de horca y dijo, dirigiéndose al abuelo:
            He venido a matarte viejo cabrón. Vamos a matarte Manuel y yo. Vamos a cobrarnos.
            El abuelo gritó, se revolvió en su lecho. Me llamó implorante. Nadie, sin embargo, se percataría de sus gritos: todos en la cuadra estaban acostumbrados a sus terribles alaridos. Yo temblaba. Anacle se subió de un salto sobre la cama, enlazó al abuelo por el cuello con extrema temeridad, sin que éste pusiera ninguna resistencia, y comenzó a apretar el nudo. El abuelo dejó de gritar y trató de buscar con su mirada extraviada mis ojos. Manuel, alcanzó a balbucear. Entonces ya no pude aguantar más y me puse de pie.
            Anacle alzaba al abuelo, poniendo en la empresa toda su fuerza y energía, por eso nada pudo hacer cuando yo, desde atrás, lo golpeé en la espalda con el fierro que siempre tenía el abuelo bajo su cama. Anacle se cayó hacia un lado, tocó con su cuerpo primero el filo de la cómoda y después el suelo, donde se quedó inmóvil, quejándose. El abuelo todavía vivía. Yo me arrodillé a su lado, le zafé la atadura y comencé a acomodarle en la cama, cuando de pronto sentí que por debajo de las cobijas salían sus manos artríticas, semejantes a raíz de árbol, y se agarraban de mi garganta con una fuerza tremenda, desesperada y, en seguida, comencé a sentir que me moría, que me faltaba el aire, que ya no podía respirar, y no sé cómo, estiré la mano hacia un lado y alcancé a sujetar el fierro con el que golpeé a Anacle y con las últimas fuerzas, que tampoco sé de dónde me salían, estrellé contra la cara del abuelo la varilla de acero: su rostro se abrió como una fruta de agua, sus manos se soltaron de mi cuello. Anacle, puesto ya de pie, mirándome orgulloso con su único ojo, perdonándome por el golpe que le di, exclamó con soma;
            Sigamos Manuel que todavía vive. Ahora es mi turno.


Narrador. Miembro activo del servicio exterior ecuatoriano, lo que lo ha llevado a varios países de América y Europa. Fundador de los talleres literarios Tientos y Diferencias y La pequeña lulupa, así como de la revista de creación Eskeletra. Colabora con periódicos y revistas especializadas. Al confrontar el último libro de este autor, la novelista argentina, Liliana Heer, destaca: "Diálogos, confesiones, letanías; un coro de voces unido por el desgarramiento, el exilio. Alambres de púas los sentidos. Dogal en el dintel cada página. Resonancia y estrangulamiento del pasado, de la tradición. Novela aullido, advertencia, denuncia de un paraíso ilusorio. La dama es una trampa adopta la geografía del desnudo: naturaleza muerta y carne invocando su necesidad de recobrar el alma."
BIBLIOGRAFÍA
Cuento: En la misma caja (Quito, 1980); La dama es una trampa (Quito, 1996); El turno de Anacle (Quito, 2001). Consta en las antologías: Libro de posta (Quito, 1981); En busca del cuento perdido (Quito, 1996); Antología básica del cuento ecuatoriano (Quito, 1998).




















CRISÁLIDA PURA 2
Alejandro Rivadeneira
Por fin se dejó de titubeos y soltó lo que con tanto trabajo le costaba decirme:
—Debes salir desnuda, haciendo el amor con el protagonista.
            Me quedé heladaza, sintiendo un vértigo parecido al que experimenté una vez cuando la estúpida de la Pame me empujó de la parte alta del tobogán y caí de cabeza en la piscina. ¡Qué papelón! Fueron segundos de verdadero pánico seguidos de una vergüenza indescriptible, sobre todo porque terminé rescatada por un salvavidas longuísimo que intentó meterme su lengua de reptil con el pretexto de darme respiración boca a boca. Pero esos desagradables momentos no se comparaban a la incomodidad que sentí cuando escuché la propuesta de salir sin ropa en una película de difusión internacional. Yo siempre había querido ser una actriz famosa, pero nunca se me había pasado por la cabeza que mi primer papel exigiría un desnudo, y menos en un acto sexual. ¡Mi padre me hubiera matado si hubiera escuchado semejante idea! Yo solamente pretendía empezar filmando comerciales para ganar experiencia Y ver si me apuntaba luego a una obra de teatro o alguna comedia de televisión, algo pleno ¿ya? Por eso la Pame y yo, compañeras de ilusiones, habíamos acudido la mañana en que empezó esta historia a un casting que se realizaba en una agencia de publicidad para un comercial.
—Luz... cámara... ¡acción! —había gritado el director, hablándome a mí.
Era mi turno, la oportunidad para demostrar que yo merecía el papel en esa propaganda de cereal para niños. Había esperado estoicamente la jornada entera en una fila repleta de pintarrajeadas que se creían súper modelos y que daban por descontado que serían las escogidas. Hay que ver lo que provoca la vanidad y la falta de autocrítica. Gracias a Dios que me acompañaba la Pame, con quien comentaba sobre los patéticos trajes de las competidoras, los vomitivos perfumes que ellas usaban, sacados de alguna tienda de mascotas, y sus asquerosos maquillajes de mal gusto. Las dos reímos juntas al ver que desfilaba tanta choleada, una tras otra. Claro que, en honor a la verdad, la Pame también sufría de delirios de grandeza que le impedían aceptar la realidad: yo era más hermosa y talentosa. Pero al menos la Pame compraba en la boutique Accleradazas Girl, virtud que compensaba en algo su deplorable tendencia a fumar Baratos con la excusa de que su sabor era más fuerte que los delicados Women que yo solía tomar prestados de la cartera de mi mami.
Pero, al escuchar la palabra “acción!” y sentir las luces mi cara, las frases que había aprendido la noche anterior mientras veía la telenovela Traicionera Apocalíptica se atrancaro en mi chicle de menta; mi boca permanecía abierta y las manos sudaban sin cesar.
—Estoy esperando, guambrita, di tus líneas, rapidito — ordenaba el director con voz ganstenl, chasqueando los dedos y sin desprender su mirada del reloj que colgaba de la pared del estudio.
Tragué saliva; con el corazón atorado por el desasosiego caminé por la tarima, pisé mal y, evitando caer al quebrarse el tacón de mi zapato derecho, pronuncié mi parte:
—Solo con Fruticrunch tus niños obtendrán las.., las... las calorías que... que... que necesitan para ser unos cam-pe-o-neeees —dije agitando mi cabellera negra sin perder de vista la lente de la cámara, como me había aconsejado la Pame, y procurando que el arete del ombligo se notara, igual que a la actriz de Traicionera Apocalíptica.
—Okey... corten —dijo, como un autómata programado, el director—, que pase la siguiente.
—Estuve mal? —pregunté con las manos en las mejillas.
—Dije que pase la siguiente —repitió con brusquedad el director. Me retiré de la tarima aguantando una lágrima en la pestaña para ceder el turno a la Pame.
—Loca, deséame suerte —se emocionó tontamente mi amiga.
—Ojalá te suceda lo mismo que a Lady Di cuando se murió —respondí con un dejo de ironía que, obviamente, la bruta de la Pame no captó. Ella corrió hacia el micrófono y, apretando las manos, vociferó: “solo con F’ruticrunch tus niños obtendrán las calorías que necesitan para ser unos cam-pe-o-neeeees”.
—Bravo, excelente, por fin encontramos a la actriz para el comercial! aplaudió el director—, ¡qué voz, que pasión, qué presencia, qué glamour!
La indignación se apoderó de mi alma. ¿La Pame, glamurosa? Pero sí ella todavía se colocaba Locomotion #4, cuando hace fu que ese perfume estaba out, superado por el Viólame #8 que yo, por supuesto, rociaba por el cuello todas las mañanas en cantidades generosas antes de ir a la U. Además, ¿qué presencia podía exhibir una tipa como ella? Tenía las orejas desniveladas y se notaba a leguas que su nariz fue reconstruida por algún cirujano de camal. La Pame estaba bien para un papel de lavandera, tendera o algo así. No obstante estos demoledores defectos, los miembros del casting concordaron con el director y rodearon a la Pame para halagarla. Yo quise ir a felicitarla, pero no pude atravesar la muralla de gente embobada con mi amiga. Di unos pasos hacia atrás y, tomando mi mochila de Garfield, busqué la puerta de salida, al igual que las otras despechadas aspirantes.
—Espere, señorita, no se vaya todavía —me dijo un man tomándome por el hombro. Iba a insultarlo por tocarme, pero sus encantadores ojos verdes y sus rizos dorados inhibieron mi impulso defensivo. Me parecía conocido, pero no lo ubiqué. Atrás de él estaba un grandulón barbado, con cara de perro castrado, que me atemorizó. Ambos habían contemplado atentamente el casting, pero fueron los únicos que no se arremolinaron en torno a la Pame cuando se la proclamó ganadora.
—Señorita, permítame decirle que usted estuvo excelente en su actuación —dijo el de ojos verdes.
—Oiga, si quería lanzarme los perros, hubiera inventado otra cosa menos fulera —respondí retirando mi hombro de su mano con un movimiento de mi zurda notoriamente despectivo. El suco se echó a reír.
—Ja ja ja... No me entiende. En verdad creo que usted estuvo brillante. Mostró temperamento para superar el lío del tacón roto, lo que habla bien de su carácter. Además, usted rosee un bello timbre de voz y un par de ojos que cualquier cámara quisiera grabar. Tiene un ángel que me atrae - decía mientras formaba un cuadrado con los dedos de sus manos y miraba a través de ellos, como si me enfocara con un lente invisible. Guardé silencio por un momento. Pensé que estaba a punto de invitarme a Salir. Luego dije:
—Bueno, gracias, pero eso no lo pensó el director del comercial. A él le gustó mi amiga.
—Es que ese tipo no sabe de cine; yo sí. Por eso vine a este casting: estoy buscando a la protagonista de mi próximo filme. Pensé que este sería un sitio ideal porque habría muchas jóvenes de diversos estilos. De la misma manera escogí a las actrices de mi anterior película, Ratones ratoneros.
—Disculpe, ¿usted es...?
—Soy Mateo de la Rosa.
Casi me caigo de espaldas. Estaba hablando con el famosísimo Mateo de la Rosa en persona, el ganador de un festival de cine en Italia, y yo con un zapato roto y tratándolo tan mal. ¡Qué papelón!
—Tú te llamas...
—Salomé Campana —dije extendiendo la mano.
—Mmmm, bonito nombre pero feo apellido. ¿Qué te parece silo cambiamos por Salomé Beli? Ese podría ser tu nombre artístico. ¡Salomé Bell! Suena mejor —dijo besando mi mano.
Me parecía bacán que me empezara a tutear y sonreír. Pero en ese instante, el barbón tomó violentamente por el brazo a Mateo de la Rosa.
—Oye, no pensarás ofrecerle el rol estelar a esta anoréxica. Si ni siquiera sabe caminar ni tiene rabo —espetó a Mateo mientras dirigía una mueca de desprecio hacia mis piernas y mi espalda. Quise darle un patazo en la canilla, pero su mención a mi pompis y mi falta de apetito me desconcertó. ¿Cómo sabía que yo era anoréxica?
—Rogelio, te recuerdo que tú solo eres el productor ejecutivo y que yo, y solo yo, soy el director. ¿Vale? — respondió Mateo soltándose del brazo con energía y encarando al barbón. ¡Qué hombre! Creí que se iban a dar de puñetes.
—Ella no sirve. Prefiero pagar a una actriz cotizada.
—Salomé es mi elección. Si no te gusta, búscate otro director y, de paso, otro guión, porque la historia de la película es mía.
Los segundos siguientes fueron angustiosos por el silencio que ninguno se atrevía a violentar. Finalmente, el barbón suspiró, se llevó las manos al pecho sacó un cigarrillo Barato —evidencia de su cholería— y lo encendió con una fosforera adornada con el sello del Deportivo Quito, que no dejaba ninguna duda de su condición de pelmazo.
—Está bien, haz lo que te dé la gana. pero tú responderás a la productora si la película llega a ser un fracaso —expresó el barbón para luego apartarse entre la bocanada.
Mateo de la Rosa se acercó a mí con una sonrisa triunfadora, heroica, pero al mismo tiempo bondadosa, como la del galán de Traicionera Apocalíptica.
—.Y qué dices, Salomé Bell, aceptas ser la protagonista de mi película? Es de bajo presupuesto, así que te pagaremos solo 10 mil dólares, gastos de movilización y comida mientras dure la filmación, que será aproximadamente dos meses en varios lugares del país. Por supuesto, todo esto quedará amparado en un contrato perfectamente legal. Pero hay un detalle que debes saber y... bueno.., no sé cómo decírtelo.
Lancé un vistazo a la Pame, que estaba firmando unos papeles mientras una gorda le tomaba las medidas de su pecho, como si fuera a medir algo en esa tabla seca. Me imaginé la cara de envidia que iría a poner la Pame después de que yo le contara que voy a ser actriz de cine, con sueldazo y todo, y que me haría famosa igual que las chicas de Ratones ratoneros. Decidí aceptar, pero Mateo seguía balbuceando que faltaba aclarar un aspecto de la película y que le daba vergüenza abordar el tema.
—Oye —yo también opté por el tuteo—, ¡dímelo ya!, que se me hace tarde para ir a mi casa.
—De acuerdo. Antes de que tomes una decisión, debes saber que hay una exigencia para el papel estelar: debes salir desnuda, haciendo el amor con el protagonista. Y deberás tatuarte en la pelvis una crisálida.
Me quedé petrificadaza. Mateo continuó, con voz pausada:
—Claro que no se verá tu cuerpo desnudo íntegramente, ya que la productora no quiere mostrar traseros ni senos por cuestiones de censura, pero la actriz deberá estar sin ropa simulando que hace el amor, ¿me entiendes? Además, debes tatuarte este boceto de crisálida, que es el logotipo oficial de la película. Te lo digo porque eres novata y no deseo malos entendidos. Si no te agrada la propuesta, pues bueno, quedamos de amigos. Igual, te tendré en cuenta para alguna otra película.
—,Cuántas escenas de esa clase tendría que hacer? —pregunté para ganar tiempo, confundida con el asunto del desnudo y el tatuaje.
—Solo una, y es muy breve. Revisa el guión
—dijo Mateo antes de pasarme un tomo empastado. Lo agarré con suavidad y algo de temor. En la tapa, adornada con una flor repujada y un capullo, decía “Crísalida Pura. A love story”. Me pareció un título hermoso.
—Busca en la página 73 —ordenó.
Encontré la página y leí una serie de términos que no entendí. Las palabras “close up” y ‘paneo” me confundieron, pero la de “contrapicado” me pareció la más perturbadora de todas.
—Como ves, es una escena soft —dijo Mateo.
—Sí, claro, muy soft— le seguí la corriente para no quedar como pendeja—, pero ¿es necesario tatuarme para una escena tan pequeñita?
—Es corta, pero muy importante. Se supone que el tatuaje revela el intríngulis de la trama.
Me quedé en silencio, pensando en el significado de la palabra “intríngulis”.
—Entonces aceptas, ¿verdad? —preguntó Mateo con rostro esperanzado.
—Esteee... sí. Acepto.
Cuando le conté a la Pame en la U. lo ocurrido con Mateo de la Rosa, no me creyó. Me calificó de mentirosa y osó acusarme de inventar esa historia por la envidia que me dio al perder el papel en el comercial. Pero mi incrédula amiga se tragó sus insultos cuando le enseñé el contrato firmado, el cheque de adelanto por cinco mil dólares rubricado por el puño y letra del barbón y adornado con el sello de la productora Atnotanu Sere —la misma crisálida repujada en el guión, pero en versión agua— y el texto de Mateo. A la Pame no le quedó más remedio que fingir una felicidad hipocritona por mi suerte, abrazarme y pedirme prestado el guión para, diplomáticamente, leerlo. Yo, hecha la buena amiga, le pedí que me mostrara su guión y, con malignidad poco disimulada, comparé su escaso texto de dos líneas con mis ochenta hojas de parlamento. Y añadí, como estocada final, que me apenaba haber perdido la oportunidad de promocionar a Fruticrunch pero que me quedaba el consuelo de viajar a Italia para el festival veraniego del próximo año. La Pame hojeaba con rabia el escrito, rumiando que era una historia de amor bastante simplona, hasta que se topó con la página 73. Abrió los ojos como platos soperos y me gritó:
—Salo, ¿vas a salir llucha en esta película?
—Cállate, que te oirán todos —dije, mirando alarmada a mis compañeros.
—Perdón, perdón —se disculpó la Pame y, bajando aún más la voz, añadió: —,Vas a salir desnuda? ¿Vas a hacer el amor con un desconocido?
—No es un desconocido. Es Ricky Noggis, el protagonista de Ratones ratoneros. Y no vamos a hacer nada. Solo vamos a simularlo. Como en el cine.
—Púchicas, Salo, si yo tuviera a mi alcance al bomboncito de Ricky Noggis, ¡para qué simular!
Ambas reimos a carcajadas y provocamos que el profesor nos echara de la clase. La expulsión sería castigada con una nota regular, pero en el fondo yo estaba más preocupada por la bendita escena, sobre todo porque Mateo quería filmarla luego del capítulo de la boda. Yo no sabía que se podía grabar una película desde el final de la historia, pero Mateo me lo había explicado con mucha dulzura, además de aclararme que, por cuestiones de presupuesto, era conveniente filmar antes las partes ambientadas en Quito para luego partir hacia la selva.
—Por eso grabaremos primero la boda y la escena de amor, que es donde termina la historia, y también la parte en que Crisálida, o sea tú, recibes la visita de un fantasma roekero que te anuncia un futuro terrible y te ordena fugar a la selva, que corresponde al inicio de la trama.
Una semana después, el equipo de grabación y los actores nos encontramos en un local ubicado en el norte de la ciudad. Había sido arrendado por la productora Atnotanu Será para las escenas en Quito. Se supone que necesitábamos muchas personas para recrear una boda, así que llevé a la Pame como extra. Claro que yo en realidad quería que testificara el nacimiento de mi carrera como estrella de cine y se le cayera la baba verde de la envidia.
En efecto, Mateo y el resto del equipo me trataron como a reina. Me maquillaron, peinaron y vistieron con un traje blanco de ensueño y una cola larguísima. Me sentí como en el paraíso cuando caminé hacia el altar en que me esperaba Ricky Noggis. Por un momento pensé que se trataba de mi boda de verdad. Era más guapo en vivo que en la pantalla, pero yo preferia a Mateo. El me ordenaba qué hacer con amabilidad y siempre exhibía una sonrisa en cada equivocación mía. Sonrió cuando le puse el anillo a Ricky antes de tiempo, por lo que me disculpé diciendo que nunca antes me había casado. Me perdonó cuando tropecé y caí sobre el pastel de bodas al enredarme con la cola del vestido; fue necesario mandar a comprar otra torta y esperar cuatro horas hasta que el pastelero elaborara una imitación perfecta de la anterior. Además, el vestido se estropeó con la crema y la productora pagó por uno nuevo. Mateo tampoco perdió su alegría a pesar de que tuve que repetir 136 veces el parlamento con Ricky en el cual me decía que me amaba y yo debía responder con un beso apasionado. En el error 134, Ricky Noggis exclamó que estaba harto de besar a una tonta como yo, pero Mateo le contestó que muchos hubieran dado la vida por la oportunidad de besarme al menos una vez. ¡Qué galán!
Mateo también me defendió cuando el barbón del productor ejecutivo me llamó niña estúpida porque yo no había desconectado mi celular, que timbró justo en el beso número 135. Era mi mami, para contarme que había depositado el cheque de cinco mil dólares en su cuenta.
—No la aguanto, hemos perdido casi todo el día por culpa de esta retardada mental. Quiero que se vaya.
—Salomé es novata —contrapesó Mateo con su firmeza de superhéroe—, es lógico que le cueste entrar en ritmo. Y no hemos perdido nada. Al contrario, lo que hemos grabado es excelente, estoy seguro de que volveremos a ganar en el festival de Italia. Así que no la irrespetes, Rogelio, o te meterás en un serio problema conmigo.
El barbón arrojó su Barato al piso y lo aplastó con furia antes de retirarse a los servicios higiénicos. Mateo dirigió su mirada a mis labios. Se acercó lentamente y, sosteniendo mi mentón con sus dedos, guiñó el ojo y susurró:
—Besa a Ricky como si me besaras a mí.
El beso 136 fue el último.
— ¡corten! Se imprime —aplaudía Mateo antes de cobijarme con sus brazos.
—Serás una gran estrella —me repetía al oído.
Esa misma tarde fui con la Pame a una sala de tatuajes.
—Este dibujo es muy bonito, pero algo jodido de copiar —reflexionó el tatuador, quien añadió que necesitaba siete horas de trabajo para reproducirlo en mi pelvis, cerca de los pelitos púbicos. Cuando vi la aguja, tuve ganas de salir corriendo pero no quise que la Pame me viera temerosa. Yo era una estrella de cine y, como tal, debía mantener lo que Mateo denominaba temple y carácter. ¡Dios, cuánto me costó sostener esas virtudes durante la sesión en que el tatuador aró en mi piel! Pero valió la pena tanto sacrifico: el dibujo salió perfecto; ya era la crisálida que anhelaba Mateo.
Al día siguiente, el gentío fue reemplazado por un equipo mínimo. Solo estaban Mateo, dos camarógrafos, la maquilladora, el barbón de Rogelio, Ricky Noggis y yo. Todos alabaron mi tatuaje cuando se los enseñé, sintiendo que la sangre se agolpaba en mi cara.
—Te quedó hermoso, Salomé —celebró Mateo. No obstante los elogios, me demoré dos horas en tomar valor para desnudarme por completo e ir a la cama con Ricky. Yo había ingerido un válium para tranquilizar los nervios y me esforzaba en no ver el miembro. Los abrazos y besos no estuvieron mal, pero cuando Mateo dio la orden para simular la penetración, un escalofrío recorrió mi espalda. Salí corriendo con mi bata en la mano, me encerré en el baño y dejé atrás los gritos de reclamo del barbón. Lloré un par minutos, hasta que Mateo tocó la puerta. Después de restregar mi nariz y cubrirme con la bata, abrí y lo abracé para continuar con mi llanto.
—Lo siento, me vas a matar, pero... ¡no puedo hacerlo! —sollocé.
Mateo me miró a los ojos y me preguntó:
— ¿Qué necesitas?
—Creo que un poco de amor —contesté.
—Yo tengo para ti todo el amor que quieras
—me respondió antes de besarme la boca. De la ternura pasamos a la pasión sin freno. Sus labios rodaron por mi cuello y sus manos me quitaron la bata. Sentados en la taza del baño, Mateo y yo nos entregamos.
Cuando todo regresó a la calma, le susurré que lamentaba lo ocurrido y que haría un esfuerzo para que la escena saliera bien.
— ¡No! —se exaltó Mateo—, no quiero que Rieky ni nadie más te toque. En realidad, los celos me han estado quemando por dentro en estos dos días y casi me muero al verte desnuda con él. Yo te quiero solo para mí. Tú eres mi crisálida, mi crisálida pura.
—Y entonces, qué pasará con...?
—Creo que ya hay tomas suficientes para editar una escena convincente.
—Eres tan especial —suspiré mientras lo abrazaba.
—No soy especial, soy tan común como cualquier ecuatoriano. Por ejemplo, utilizo camisetas viejas como trapos de cocina, compro regalos de Navidad en la Ipiales, los vasos de mi casa son los envases de Nocafé, en mis cumpleaños siempre brindo tallarín con pollo y pan de molde, en fin, soy una persona normal, enumeró Mateo una sarta de cholerías que me dieron asco y casi me desilusionaron. Pero opté por gozar del momento. Ya habría oportunidad para refinar a mi suquito adorado.
—Para mí, eres más que especial —dije besando los labios de Mateo.
El productor barbudo, para variar, armó un berrinche desmesurado cuando Mateo anunció que la escena de sexo se armaría únicamente con las primeras tomas. Por fortuna, los camarógrafos respaldaron al director al afirmar que las grabaciones eran suficientes para intentar una edición creíble. El barbudo volvió a ser derrotado.
—Bueno, muchachos, mañana nos vemos para la toma del fantasma —dispuso Mateo, quien se despidió de mí con un abrazo entrañable mientras me ronroneaba en el oído que, apenas culminara la grabación de la película, visitaría a mis papis para pedirles mi mano.
Al día siguiente, mientras me dirigía hacia el estudio, pensaba que yo era la mujer más feliz del mundo. Le había contado todo a la Pame en la noche anterior y ella, sin contener su desconcierto por el notición, me rogó para que la escogiera como dama de honor. Hasta hablamos de ir juntas a buscar el vestido de novia y organizar un farrón en la sala más grande del Hotel Suizo Capp, el más elegante de todos. Imaginaba los encajes de mi vestido, las flores de la recepción, la pedida de mano, los besos con Mateo, los regalos, las lágrimas, las caras de envidia de la Pame y las otras panas, el viaje a Italia para el festival, la felicidad.., y todo se destruyó cuando abrí la puerta del estudio y contemplé el vacío del lugar. No había nada, ni cámaras ni luces ni utilería. Apenas una escoba descansaba sobre un rincón junto a un bote con basura. En ese instante llamó mi mami por el celular y me contó que el cheque de la productora había rebotado por falta de fondos. Colgué sin despedirme y marqué ansiosa el número de Mateo. Una grabadora indicó que ese número ya no estaba asignado a nadie. Marqué los teléfonos de Atnotanu Sere, pero sucedió lo mismo: ya no existían los dueños de la línea. Con lágrimas en mi cara entré al baño donde Mateo y yo nos amamos, y encontré un letrero enorme que decía Atnotanu Sere, el nombre de la productora, que antes no estaba ahí. Luego de contemplarlo fijamente, noté que las letras “Atnot” estaban pintadas de negro, mientras que las letras “anu” eran rojas. Entonces caí en cuenta que, si leía al revés todo el mensaje, decía “eres una tonta”. Debilitada, me senté en el inodoro, me llevé las manos a la cara y dejé que el llanto ensuciara de rimel mis dedos.
Un año después, un periódico cayó en mis manos. Leí la nota en la sección de crónica roja: “La Policía capturó una banda de productores de películas pornográficas que engañaban a ingenuas jovencitas con promesas de convertirlas en estrellas de cine pero que, en realidad, se daban modos para filmarlas en actos sexuales. Las operaciones ilícitas tenían éxito ya que los pervertidos estafadores guardaban un extraordinario parecido con el famoso director Mateo de la Rosa y el conocido actor Ricky Noggis, detalle que le daba a la trampa la suficiente credibilidad para que las despreocupadas víctimas se prestaran, sin saberlo, a este sucio negocio. Las autoridades todavía buscan a Rodrigo Pigg, el productor y financista de estos repudiables filmes”.
Después de leer, luché para evitar que una lágrima lanzada desde el pasado diera inicio a un llanto sin fin. Mientras me esforzaba por contenerme, pensaba en los detalles que el periódico no contaba pero que estallaban en mi memoria como remolinos. La nota de prensa no escribía ni una línea sobre aquella víctima que confió la historia de su desengaño a su amiga Pame, quien resultó ser más chismosa que tendera de barrio.
Esa mujer se vio obligada a dejar la U. ante los acosos y bromas humillantes de sus compañeros y a cambiar de teléfono para dejar de recibir llamadas repletas de groserías. Sus padres, indignados por el qué dirán, le quitaron el saludo y su apoyo económico. Ahora ella trabaja de boletera en un cine de mala muerte. El frío de la tarde se cuela por las rendijas y el banco en que está sentada es sumamente incómodo. Está esperando que la película que exhiben en la sala, repleta de ratas y viejos que se masturban bajo el amparo de la oscuridad, culmine para ir al juzgado y declarar en contra del suplantador de Mateo de la Rosa. La película se titula Crisálida Pura. Una de las actrices se llama Salomé Bell y hace el papel de una novia mojigata que, recién casada, engaña a su esposo con un rubio al que conoce de repente en un baño. Después, ella desaparece de la película para dar paso a otras mujeres que hacen el amor con el semental, ser despreciable que se olvidó de Salomé y que le dejó, como recuerdo, una crisálida atravezada en el corazón.

Me llamo Alejandro Ribadeneira Tobar. Nací en Santiago de Chile en 1973. Tengo la doble nacionalidad, mi padre es ecuatoriano y mi madre es chilena. Me gradué de Sociales en el CSG en 1991. Soy Licenciado en Comunicación Social por la Central. Trabajé entre 1994 y 1999 en el Hoy. En el Grupo El Comercio estoy desde el 2000. Soy coeditor de Deportes desde el 2007. He publicado los libros Obituario de los vivos (1995, poesía), The Mugre Music Band – 15 años de éxitos (2000, cuentos), El buitre soy yo (cuentos, 204), Las traigo muertas (cuentos, 2005), Chulla vida (cuentos, 2007), La frutilla mecánica (novela, 2009) y La máscara del padre (novela, 2011).









EL ÚLTIMO DÍA QUE LLOVIÓ 3
Lucrecia Maldonado
Algunas personas todavía lo recuerdan. Entonces aún era el tiempo de la esperanza, o eso se creía, aunque cada vez las nubes se veían más ralas y esporádicas en un cielo amarillento y desvaído. Algunos animales, los más viejos, ya habían comenzado a resignarse a su suerte, y se iban tumbando bajo los cactus y los árboles calcinados que aún se sostenían sobre el suelo resquebrajado.
En aquel entonces, tampoco se recordaba la última vez que había llovido. Lo que sí sabían era que el tiempo se medía en meses, por lo menos. Algunos niños pequeños no entendían las palabras relacionadas con lluvia: tal vez nube sí, porque de vez en cuando una especie de resto de algodón deshilachado transitaba por el cielo; pero nada de nubarrón, ni de llovizna, peor de chubasco o aguacero. Esas eran cosas que pertenecían al pasado, a un remoto tiempo en donde ocurrían hechos más allá de lo normal, como la aparición de duendes que ayudaban a encontrar objetos perdidos, o de hadas que cumplían deseos, cualquier clase de deseo, menos que lloviera.
Se sabía que en otras partes la falta de lluvia había hecho que la gente se volviera agresiva. Eso contaban los viajeros: había quien mataba por un poco de agua encontrada en el fondo de un pozo, quien chantajeaba con goteros a madres desesperadas, y aun quien vendía su llanto o su sudor.
Sin embargo, entre nosotros la falta de agua ha degenerado en apatía: esto de acomodarse a la sombra de los cactus gigantes que comenzaron a proliferar aquí y allá, chupando con sus raíces el agua subterránea. Pero ojo, estaba más que prohibido atacar los cactus para obtener el líquido de sus ramas, eso solo se podía hacer en caso de extrema emergencia, si se quería conservar la vida, aunque había quien, en su desesperación, había llegado a morir acribillado por acercarse provisto de una hoz a un cactus en la oscuridad de la noche. E incluso las autoridades más severas llegaron a rodear los cactus con cercas electrificadas que solo se podían desactivar por los servicios de primeros auxilios urgentes y por nadie más.
La gente más anciana relataba historias de cuando en tu propia casa girabas una llave y caía agua de un tubo. De cómo las ciudades se adornaban con grandes fuentes en donde el agua fluía incesantemente solo para el deleite de los transeúntes. Hablaban de cómo el agua de los ríos y cascadas producía energía eléctrica y movía molinos y otro tipo de maquinarias. Ahora sabemos que esas cosas aún ocurren, pero demasiado lejos de aquí como para que se puedan ver. Son unos pocos los que gozan de esos privilegios y sus mansiones se encuentran fuertemente vigiladas por guardianes armados hasta los dientes y perros asesinos que huelen la sedienta presencia a kilómetros de distancia.
Pero algunas personas todavía recuerdan con nostalgia el último día de lluvia que se ha conocido: nadie puede explicar bien cómo en medio de la desolación de la sequía, entre esqueletos de animales, plantas raquíticas y niños polvorientos que poco a poco iban decayendo a causa de la sed, las hilachas que eventualmente paseaban por el cielo comenzaron a amontonarse. Los más viejos no quisieron tentar ningún tipo de esperanza y repitieron que, como ya había ocurrido muchas otras veces, era solo un engaño de la naturaleza, el agua residual que después se dispersaba en el aire y venía en forma de rocío a la madrugada. Y les creímos. Es mejor no tener ilusiones. Después de todo, fuimos aprendiendo ya a vivir así: a recoger las gotas acumuladas en el cáliz de una flor de cactus y cuidarlas como un tesoro. No importa que tengamos la lengua cubierta de tierra, la piel costrosa y descamada, el cabello grasiento y reseco a un tiempo: el agua es un bien precioso, se guarda solo para tomar un sorbito leve cuando la sed atenaza, para dárselo a los niños o a los más viejos si es del caso. Las gotas que produce el cuerpo, como sudor, lágrimas e incluso orina también se han convertido en bienes de valor incalculable y mucha gente recoge, sobre todo sus lágrimas, aún en medio de la perturbación del llanto, para conservarlas y utilizarlas en caso de emergencia. Pero de un tiempo a esta parte vamos descubriendo que al llorar nos salen menos lágrimas y nos preguntamos si algún rato ellas también se acabarán.
El último día que llovió dicen que todavía quedaba por ahí alguno que otro perro de esos que lustros antes se llamaban falderos y que quién sabe cuándo se les podía bañar cada quince días, pero en aquel entonces ya se veían desharrapados y cubiertos de sarnas y costras que se rascaban en medio de las calles polvorientas de lo que antes fuera una bella ciudad con canales y fuentes. Cuentan que las nubes se fueron amontonando, parsimoniosamente, durante ocho, diez días, hasta que el sol quedó totalmente cubierto. Dicen que una luz alargada las rasgó como una rajadura incandescente, que en seguida se escuchó el retumbar del cielo, y otra vez, y otra, y otra más, y que nadie pudo creer cuando las primeras gotas empezaron a cubrir el suelo de circulitos oscuros. Dicen que los ancianos lloraron de alivio y de nostalgia. Las madres y la gente práctica sacaron recipientes para recoger la mayor cantidad posible de agua, y dicen que los niños más pequeños al principio tuvieron miedo, pero los más grandecitos y los adolescentes salieron a recoger la lluvia en las manos y a danzar, abrazarse y besarse en medio del agua que venía del cielo durante el medio día que duró el aguacero y después hasta los bebés se quedaron chapoteando en los charcos fangosos mientras se pudo. En ese breve tiempo, dicen, todos fueron muy felices.
Pero se terminó. Aunque mucha gente aún lo relata, nadie puede dar una fecha, un día de la semana, una hora exacta. Algunos ni siquiera saben si fue de día o de noche, y se mezclan las anécdotas sobre la luz de las estrellas apareciendo poco a poco en medio de las nubes que se iban desgastando con el paso de la lluvia con las anécdotas de cómo finalmente regresaron la luz y el calor y el eterno verano infernal sin solución hasta el día de hoy.
Dicen que en otras partes, allá, lejos, los científicos ya están buscando maneras de hacer llover de nuevo; pero dicen también que venden caro sus secretos, como lo hicieron desde siempre con sus medicinas y sus descubrimientos de toda clase.
Hoy por hoy, desde aquí no se ve más que el cielo amarillento, con un gigantesco sol inmisericorde que se enciende desde muy temprano y ya no se va nunca. Aunque dicen también que así fue hace mucho tiempo atrás, tan solo unas pocas semanas, unos pocos días, quizá dos o tres horas antes de la última vez que llovió.

Escritora ecuatoriana nacida en Quito en 1962. Realizó todos sus estudios en su ciudad natal. Se graduó como profesora de enseñanza media, con la especialización de Lengua y Literatura, en la PUCE de Quito. De su experiencia laboral, ha trabajado en el campo de la educación y la comunicación, tanto en educación formal como en educación popular, así como también en producción radiofónica. Como escritora de ficción, ha publicado cinco libros de cuentos: Con la colección de relatos para jóvenes Bip-bip obtuvo el premio "J. C. Coba" convocado por editorial Libresa en el año 2008, constituyéndose en la primera escritora ecuatoriana en obtener este premio. Ha escrito también novelas. Con la primera de ellas, Salvo el calvario (2005), ganó el premio "Aurelio Espinosa Pólit". Y tiene otras novelas juveniles. Con la última de ellas, Las alas de la soledad, obtuvo el premio Darío Guevara Mayorga otorgado por el municipio de Quito a la mejor obra publicada en literatura infantil y juvenil. Ha publicado también poesía y ensayo. Consta en las antologías de narrativa ecuatoriana preparadas por Eugenia Viteri, Miguel Donoso Pareja, Cecilia Ansaldo y Raúl Vallejo, así como también en la antología de cuentos en lengua castellana Pequeñas Resistencias, coordinada por Juan Casamayor y en la antología de narradores de los países del Alba preprada por el crítico cubano Emmanuel Tornés, El océano en un pez. Actualmente continúa escribiendo y con su trabajo de profesora de Bachillerato.
LA ABUELITA ROJA 3
Huilo Ruales Hualca

       Cuando nació la niña, los perros dóberman negro-azulados tuvieron que mudar- se al patio. Nadie les explicó. Trataron de botar las puertas para volver a su territorio: la sala, la alfombra, los cuartos, la cocina y, sobre todo, el dormitorio para seguir pernoctando al pie de los amos. Lloraron humanamente. Rechazaron la comida. Se enfermaron. Una ocasión oyeron al amo que si continuaban así tendría que envenenarlos porque la niña. Y repentinamente dejaron de aullar: fingieron juguetear como dos críos, fingieron comer con apetito, fingieron dormir en el patio como si fuera la cama.
       Llegó el día en que la madre tuvo que reintegrarse a su trabajo, y la niña y la casa quedaron bajo el cuidado de la abuela. Los perros movieron la cola. La anciana les preparó pastelitos y to-to-to los llamó al umbral de la puerta trasera. Desde su aparente siesta se dispararon como saetas, pasaron por encima de la abuela y entraron en la casa. La puerta se cerró desde el interior. La anciana lloró, gritó, se dijo entre hipos que eso le pasaba por desobediente, golpeó la puerta hasta lastimarse los nudillos. Al fin, optó por romper un vidrio con la escoba. Rasgándose la ropa y magullándose, se encaramó por el ventanal, desbarató con sollozos el doloroso silencio que encontró en la casa y corrió hacia la cuna.
       La niña, tranquila, esperó que el horror se configurara en la cara de la abuela, y como intuyó lo que iría a preguntarle al respecto de su boca, respondió: para comerte mejor, abuelita.

Narrador y poeta. En los ochentas integró el Taller de Literatura de la Casa de la Cultura Ecuatoriana dirigido por el novelista Miguel Donoso Pareja. Fundador del colectivo La pequeña lulupa, y del grupo literario Eskeletra. En 1983 obtuvo en París el Premio Hispanoamericano de Narrativa "Rodolfo Walsh". El escritor Cristóbal Zapata, anota: "Ruales no se contenta con pasear la mirada por lo lumpesco, sino que a través de una prosa violentamente poética -con fuerte acento expresionista-, explora este mundo hasta provocar la explosión de 'lo ultralumpenesco' que es su gran pasión, su particular empeño estético. Ruales escribe 'como un perro que escarba su hoyo, una rata que hace su madriguera', según la fórmula de Deleuze y Guatari sobre la práctica de la literatura menor, para eso, ha debido encontrar su 'propio punto de subdesarrollo, su propia jerga, su propio tercer mundo, su propio desierto'." Los cuentos de Ruales se han traducido al francés y alemán.
















EL CAMINO 4
Edna Iturralde

            La ranchera, el bus típico de Esmeraldas, subía alegre por la montaña rompiendo la niebla temprana del amanecer. En cada curva el chofer tocaba la bocina, y los pasajeros que iban en el techo se agarraban fuertemente, inclinándose hacia el lado contrario para no caerse, y sus risas saltaban y se quedaban suspendidas en los racimos de plátanos a cada lado del camino.
            Dentro del bus, entre una señora con dos chanchitos pelirrojos y un viejo cartero que llevaba cartas con dos meses de retraso, iba sentada Inés María. Era su primer día de trabajo y estaba un poco nerviosa.
            La ranchera llegó a su destino, una pequeña población rodeada de árboles, mangos y platanales. Su armazón de madera se sacudió por el frenazo y el motor tosió un humo denso, antes de detenerse por completo. Los pasajeros desembarcaron por los lados descubiertos charlando alegremente, despidiéndose hasta el recorrido de la tarde.
            Inés María se quedó de pie junto al bus, apretando su mochila llena de libros. Le habían dicho que alguien la estaría esperando para llevarla a la escuela donde ella sería maestra, la nueva maestra. Pasaron algunos minutos y nadie llegó. Inés María miró su reloj, no quería llegar tarde el primer día de clases. Sabía que estaba a cargo de cuarto y quinto años, pero no sabía cuántos estudiantes eran y ni siquiera dónde quedaba la escuela.
            Los pies empezaron a dolerle, miró sus zapatos, eran nuevos, blancos, con un pequeño tacón para aparentar más edad de la que tenía. Pasaron los minutos. Había llovido la noche anterior y sus zapatos empezaron a hundirse en el lodo. Un mosquito le pasó zumbando por la nariz. Ella lo agarró con una mano al vuelo, con la habilidad de una cazamosquitos consumada.
            El día se estaba poniendo caliente y se arrepintió de haberse vestido con saco y pantalón. Se quitó el saco y lo puso en la mochila. Pasaron los minutos. Se sacó los zapatos, los amarró de las hebillas, uno con el otro y se los colgó al cuello, como cuando era niña y tenía que caminar a la escuela por el lodo. Ya era tarde y sabía que llegaría atrasada.
            Inés María se dispuso a caminar en busca de la escuela. Se había preparado tanto para ese día... sabía de memoria lo que iba a decir a los niños y niñas, después de presentarse y antes de comenzar con las clases:
            —Niños y niñas, antes de estudiar todas las materias que tenemos que aprender en cuarto y quinto años, debemos aprender algo muy importante para el pueblo negro. Así que presten atención: —aquí, Inés María, pensaba hacer una pausa y aumentar el tono de voz— el abuelo Zenón, que nos dejó su sabiduría nos dijo: ¡aquel que no sabe de dónde viene no sabe a dónde va, y si no sabe a dónde va, está perdido! Ustedes y yo vamos a aprender de dónde venimos y a dónde queremos ir, para así encontrar nuestro camino.
            Inés María había soñado desde niña ser maestra y ahora, recién graduada, esperaba con ansias cumplir su sueño, un sueño que abriría caminos... Ella pertenecía al grupo de jóvenes que, orgullosos de ser negros, querían enseñar a los niños y niñas sobre su historia, sus raíces, los aportes que su pueblo ha hecho a su país y al mundo. Existían tantos absurdos en los textos escolares, como decir que la ‘madre patria” era España... cuando en realidad la madre patria para el pueblo negro era África. La joven sacudió su cabeza desalentada. Había tanto que hacer y tanto que aprender. No, pensó, tanto que rehacer y volver a aprender.
            La joven se internó por un sendero en medio de la maleza. A lo lejos escuchó voces de niños y le pareció que la escuela debía quedar en esa dirección. No había caminado mucho, cuando en una vuelta se encontró con un niño negro que llevaba un extraño sombrero en la cabeza; parecía un bonete de mago, era azul, puntiagudo y tenía dibujadas estrellas amarillas y una media luna. El niño no se movió del camino y la miró con expresión seria.
            —Hola, soy la maestra nueva. Me puedes llevar hasta la escuela, —dijo Inés María aliviada por haber encontrado a alguien que la pudiera guiar.
            El niño le contestó el saludo en un lenguaje extraño, acomodándose el bonete que se le había resbalado hacia un lado.
            Inés María volvió a repetir la pregunta y esta vez el niño contestó:
            —Te llevaré donde te interesa ir. —Se dio la vuelta y empezó a caminar por el sendero; para asegurarse de que ella lo seguía, la regresaba a ver de vez en cuando.
            Una espesa niebla apareció misteriosamente y cubrió el lugar, el niño parecía saber exactamente por dónde ir, porque caminaba sin titubear o detenerse.
            Inés María escuchó ruidos y percibió olores que no conocía, pero, cosa rara, sentía como si caminara por un sendero conocido. Llegaron al borde de un abismo y la niebla se disipó. Desde allí se veía una tierra hermosa y fértil. La joven nunca se hubiera imaginado que la pequeña aldea quedara cerca de tan magnífico lugar.
— ¿Está la escuela allá abajo? ¿Cómo se este lugar? —preguntó al niño que se detenido y miraba hacia abajo con la sobre la frente, como buscando algo.
—El Sahara, —contestó él sin inmutarse.
—Ah, como el desierto del Sahara que queda en el África —repuso Inés María, pero le pareció muy extraño que nunca antes hubiera escuchado de ningún lugar de su provincia que se llamara así.
—Este es el Sahara que queda en África, —insistió el niño pacientemente.
—Pero... ¡el Sahara es un desierto y además no estamos en África! ¿Tú bien sabes que no estamos en África, no? —Exclamó ella, sintiendo que perdía un poco la paciencia—.             Quiero llegar pronto a la escuela y me parece que este no es momento para juegos.
—El desierto del Sahara no siempre fue un desierto, —explicó el niño sin dar importancia llama había mano a la pregunta—. Hace miles y miles de años, fue tierra muy fértil, con seres humanos de diferentes culturas que vivían allí.
Inés María se sentó sobre una roca saliente. Algo le decía que este niño no era un niño cualquiera.
— ¿Quién eres? —preguntó mirándolo fijamente a los ojos.
            El niño se sentó a su lado. Se arregló nuevamente su bonete azul que parecía tener problemas con quedarse derecho sobre su cabeza, y le dijo:
—Tú me conoces y me estabas pensando hace un momento, cuando caminabas en busca de la escuela.
            Inés María miró hacia el suelo, concentrándose, ¿en quién había estado pensado...? El nombre del abuelo Zenón le vino a la memoria. Y el niño, adivinando sus pensamientos, le dijo:
—Sí, yo soy él.
—Pero, el abuelo Zenón es un abuelo, o sea un viejito, y ¡tú eres un niño!
—Ah, soy uno de los espíritus de la sabiduría de nuestro pueblo, no tengo edad. Tú me ves así porque amas a los niños y eres maestra, otros me ven como un abuelo. ¡Qué importa eso!
La joven sintió que nada podía sorprenderla ya.
— ¿me vas a decir que por medio de magia estamos en África en vez de Esmeraldas?
            El niño no contestó directamente, sino que se levantó de un salto y tiró de la mano de la joven para que se incorporara.
— ¡Mira hacia allá!
            El paisaje había cambiado y ahora se veía una extensión enorme de tierra cubierta por hierba alta y verde. Inés María miró que grandes rebaños de gacelas corrían por la sabana, seguidas por cebras, elefantes y jirafas.
—Huyen de los leones, —dijo el niño, y un rugido potente y majestuoso se expandió por la tierra.
—Bueno, me has convencido, —dijo Inés María que se preguntaba si se había quedado dormida en el bus mientras viajaba.
La Madre África —dijo el niño, abriendo sus brazos como para abarcar el paisaje—. ¿Sabes que África es la cuna de la humanidad? ¿Que los primeros seres humanos nacieron en África? —Preguntó el niño y continuó— ¡La primera mujer y el primer hombre fueron negros!
            Inés María sintió un dulce cosquilleo en su corazón y miró hacia el horizonte. ¡El paisaje había cambiado nuevamente! Ahora se veía un río hermoso, bordeado de sembríos y en la lejanía unas pirámides.
— ¡Egipto!, esas son las pirámides de Egipto, ¿verdad? —dijo la joven sin poder contener su entusiasmo, sueño o no, era maravilloso ver este espectáculo que parecía salido de una película.
            El niño asintió con la cabeza.
—Lo que estás viendo es nuestra historia. Allí está Egipto y ese es el río Nilo. Hubo una época en la cual Egipto fue dominado por los africanos del reino de Kush.
— ¡Nuestro pasado...! —exclamó la joven con mirada soñadora.
            Y así el niño del bonete azul con estrellas le contó a la joven de los grandes imperios africanos: el de Ghana, de Malí y de Songhay, de los reinos grandes y pequeños. Hablaron del gran Zimbabwe y el del famoso reino del Congo, de Oyo de los Yoruba, y las grandes ciudades como Timbuktu, Gao, Jenne, Walata, Kano, Benin y muchas más. Inés María se sintió transportada a estos lugares y se vio vestida con elegantes ropajes, caminando por calles hermosamente pavimentadas, y viviendo en casas adornadas con bellas esculturas de madera y por un momento olvidó que era una maestra en su primer día de clases, de una escuela que no había encontrado todavía.
—De todas maneras, tenemos que recordar que en los siglos XVI y XVII, cuando los europeos vendían a los africanos como esclavos, África no estaba poblada por “salvajes”. Esto era un mito inventado por los europeos, para aprovecharse de nosotros, —la voz del niño la despertó de su ensueño.
            Un tambor sonaba en la lejanía. El niño le sonrió y empezó a caminar de regreso por el mismo camino que habían llegado. Antes de seguirlo, Inés María miró una vez más hacia el horizonte, pero solo vio una plantación de cacao. En un recodo del camino, se encontraron con varios niños y niñas que la saludaron y la rodearon. Buscó con la mirada al niño del bonete azul con estrellas amarillas, pero ya no estaba allí. Los niños la llevaron por un sendero hacia la escuela. Era una pequeña estancia compuesta de tres cuartos, paredes de caña y techo de hojas de palma.
            Inés María entró seguida de las niñas y niños. En los otros cuartos, dos maestros estaban dando clases. Luego de que los niños se sentaran en los viejos pupitres hechos de toscas maderas, la joven se aclaró la garganta.
—Mi nombre es Inés María, y estoy muy contenta de ser su maestra, —dijo sonriente— pero antes de estudiar todas las materias de cuarto y quinto años, debemos aprender algo muy importante para nosotros, el pueblo negro...
            Terminadas las clases regresó esa tarde a Esmeraldas. Hacía mucho calor y le provocó ir a la playa. El sol, todo enorme y anaranjado, estaba preparándose para darse su chapuzón diario y se despedía del día. Su luz reflejada en las aguas del mar, parecía un camino dorado que iba desde la playa hacia el horizonte. Inés María se quedó mirando el atardecer desde la orilla del agua. Miró hacia el camino luminoso sobre las aguas y le recordó el camino que su pueblo había estado buscando. Sonrió, alzó los brazos sobre su cabeza y de un salto se zambulló en las aguas del mar.

Hija única de Enrique Iturralde Darquea y Edna De Howitt, cuando apenas tiene un año pierde a su padre en un accidente de aviación, crecerá junto a sus abuelos maternos y su madre en la ciudad de Quito. Su habilidad y vocación literarias se manifiestan desde temprano, cuando es estudiante de quinto grado y escribe una comedia que sus compañeras representan ante los niños de la primaria1
Reportera en el periódico escolar, oradora galardonada, en su paso por la secundaria también hace visible su vocación por la palabra.

LOGROS PROFESIONALES
Reconocida como la autora ecuatoriana más prolífera de literatura infantil y juvenil con cincuenta y ocho libros publicados y distribuidos en Estados Unidos, México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Colombia, Perú, Argentina, Chile y España por editoriales internacionales como Santillana, Norma, SM , Penguin Random House y WRP Books.
Pionera de la etnohistoria narrativa en literatura infantil y juvenil en su país, Ecuador.
La escritora más laureada del Ecuador.
Se le atribuye haber iniciado el “boom” de literatura infantil y juvenil en su país.






























IN MEMORIAM 5
Iván Egüez
Tragedias Portátiles

—Una memoria, una premonición que se inserta entre ambas y es nuestro presente— Carlos Fuentes, Una familia lejana.

       Abro el cajón de mi escritorio y veo la foto de ella. Pienso que cuando todo parecía estar conforme, empezó a trastocarse el mundo, a moverse no sólo el presente sino también el futuro, el destino que ya parecía trazado. Más que en los propios exámenes médicos, yo creía haber comprobado en esa ineluctable pantalla de la vida cotidiana, una serie de hechos que, por su cruel realidad y su despiadada lógica, me habían llevado a una sola evidencia: mi Violeta se estaba muriendo. Un mal misterioso, un mal sin remedio había convertido en poco tiempo a mi vibrante esposa en una sombra taciturna de rostro cenizo y andar de vieja.
En poco tiempo era otra. Pero lo peor de todo era que yo había descubierto aquello de golpe. No me había dado cuenta del transcurso hasta esa mañana cuando mi propia Violeta me había dicho: «Alberto, es mejor que las niñas estén preparadas para cuando llegue el momento». Desde entonces me puse a observarla no como a las hojas del calendario que caen porque uno las arranca, sino como a las hojas de las plantas cuyos cambios son tan lentos e imperceptibles, que cuesta trabajo admitir al otro día que sean distintas, que hayan nacido nuevas y muerto otras. Me puse a observarla como se observa el cielo todas las mañanas para saber cómo ha amanecido el día. Pero también me puse a observar el vacío, es decir, esos días que no me había fijado en ella, esos días en los cuales, precisamente, se había dado el cambio y el deterioro en mis narices sin que yo me diera cuenta. No había tenido tiempo para fijarme porque yo andaba dedicado a montar la empresa, porque no pensaba en otra cosa que no fuera hacer marchar el próspero negocio, porque la gerencia me absorbía todo el tiempo, a veces las veinticuatro horas. Claro que así era. Pero en el forro de mi conciencia yo sabía que el tiempo se me iba en el trabajo de gerente y en el trabajo que me costaba con quistar a Lucy esposa de mi socio al comienzo, secretaria mía después. Secretaria hasta esa noche que fuimos solos a Las Torres a comentar el balance del año. Cuando pedí dos copas de coñac, Lucy —con esa forma serrana de darse ánimos— dijo al mesero: mejor pase media botella. Y el balance no fue sobre las acciones ni utilidades de la empresa sino, simple y nerviosamente, sobre lo que existía en forma velada entre los dos.
—Esto no puede seguir, me dijo Lucy tratando de calentar la copa entre sus manos pequeñas, inútiles para las octavas del piano en el Conservatorio, para la bola de básket en el colegio, para los anchos archivadores en la oficina.
—Por qué no puede seguir? El informe de contabilidad supera con creces lo propuesto, le respondí yo provocándola.
—Por favor Alberto, bien sabes que no me refiero a la empresa. Todo el año ha sido lo contrario: yo hablándote de cosas de la oficina, planteándote problemas de trabajo y vos sonriéndome o contestándome ambiguamente, dándome respuestas personales a preguntas empresariales, diciéndome: en tus manos está la decisión, esto será lo que vos quieras que sea. Y siempre mirándome de una forma dulce y envolvente, mirándome a los ojos de una manera inequívoca para que yo sepa lo que no te has animado a descubrir del todo por temor a mi reacción, porque no me conocías bien y creías que podía reaccionar ofendidísima como cualquier señora de esas o, simplemente, por temor a vos mismo, a que se te vaya a romper la magia de ese amartelamiento, de ese flirteo sin tregua que me acosaba y recusaba al mismo tiempo, que ocultaba y descubría, que avivaba el fuego y se ponía a distancia. Hazme el favor Alberto, si todo el año has sido así en la oficina, no vas a cambiar ahora el juego dándome respuestas burocráticas a cuestiones personales.
—Está bien, admití, ,qué es lo que planteas ahora con tantas ínfulas?
—Que esto no puede seguir, que es imposible...
—Está bien. Tómate esa copa y te dejo en tu casa, dije seguro de la situación.
A poco salimos sin decirnos palabra. Así continuamos en el auto por la avenida iluminada con letreros fugaces. Así hasta media cuadra antes de su casa donde ella tomó por primera vez mi mano y me dijo a media voz: «Eres como un niño». Seguimos por la avenida hasta ese departamentito que tenía preparado para ella desde hace meses.
Al siguiente día de eso, de arrepentimos de no haberlo hecho antes, quizá desde la primera mañana en que fue ella a la empresa, al siguiente día de haber admitido entre las sábanas que no se trataba de una caída para ella ni de una victoria para mí, sino de un júbilo para ambos, al siguiente día de haber escrito en la foto de ella esos versos facilones, pero ciertos «Ahora que te has acostado, la historia ha comenzado», al siguiente día exactamente, fue cuando Violeta me había dicho «Alberto es mejor que las niñas estén preparadas para cuando llegue el momento». Al comienzo creí que me hablaba del divorcio, asunto sobre el cual jamás me había puesto a pensar, pero que seguramente estaba flotando como una nata de desechos en mí después de esa media noche espléndida con Lucy. Pero cuando escuché eso a Violeta abrí los ojos, abrí hasta verla ahí parada junto a mis hijas, lánguidas como ella cuando estaba en el colegio, pero lindas, llenas de una ingenuidad que rayaba en la ausencia. Y vi que tenía unas ojeras moradas como de postal, que su boca estaba retocada como esas fotos a colores que toman en La Alameda para disimular las grietas y los hilvanes que, después de veinte años de matrimonio, empezaban a asomarle como si en vez de una boca para los besos y las palabras fuera una herida por donde empezaba a abrirse el gran horamen de su tumba. Y vi que sus pechos estaban desvencijados y ya no eran más esos hermosos senos de calendario con que solía envanecer hasta hace poco su donaire. Entonces ese «cuando llegue el momento» empezó a convertirse en la puerta de entrada y salida de todo, hasta una ocasión en que yo había asentido con un leve movimiento de cabeza, en gesto que —Violeta lo sabía— era una especie de consentimiento para que ella terminara de morir- se. Con mi forzado racionalismo de siempre, trataba de tomar el asunto con la filosofía que impone lo irremediable. Si así es que suceda —había dicho seis meses después en una sobremesa—, es mejor estar preparados.
Y no es que razonaba así porque estaba enamorado de Lucy. Era porque me sabía incapaz de asumir un dolor, una desgracia, así como era incapaz de asumir completamente la paz o la alegría. No tenía fuerzas para ello y mi única posibilidad de defensa consistía en guarecerme bajo la máscara de la razón. Tampoco me puse a pensar en cuánto la había querido, ni siquiera en cuánto la quería ahora o en cuánto no la quería. Violeta en cambio, nunca se puso a ponderar sobre la muerte, pero se refería a ella en todos los actos, hasta en sus pequeños movimientos, en los mínimos detalles de esa vida cotidiana que, por lo abisal, resultaba casi ceremoniosa. El más pequeño gesto, la palabra más sencilla, tomaban la importancia de una estatua, se convertían en documento, adquirían esa notoriedad de las cosas que se hacen o se dicen por última vez. Si Violeta movía un mueble en la casa, yo pensaba que ese mueble se quedaría ahí honrando su memoria porque si ella lo había movido era porque ese lugar seguramente le parecía no sólo mejor, sino definitivo. Si ella regalaba las begonias o los geranios a las vecinas, yo no pensaba que podía haber un afán de quedarse en el recuerdo del vecindario de una manera más corpórea, sino que lo hacía convencida de que una vez muerta nadie se acordaría en casa de seguirles regando o podando. Y pensaba bien. No porque fuéramos unos inútiles o unos desamorados con las plantas, sino porque esa labor ella lo había hecho durante veinte años todos los días cuando empezaba a declinar el sol y a ninguno de nosotros, ni a mí ni a mis hijas, se nos ocurriría mirar el poniente y acordarnos de las plantas. Si salíamos a comer en algún sitio de esos que abundan por los valles que circundan la ciudad, todos pensábamos que era la última vez que Violeta estaría en ese sitio. Ella también así lo entendía y trataba de llevarse algún recuerdo, algún cenicero, un cubierto, una flor. Ordenaba sus ropas, libros y papeles exactamente como alguien que se va de viaje, diciendo verán aquí dejo esto, aquí dejo este otro. Violeta se nos iba, sin embargo, y sin ponerme sentimental desde luego, yo había tenido el valor de reconstruir los mejores instantes que habíamos pasado juntos. Es una tarea halagüeña, pero agotadora y febril. Uno no sabe la cantidad de recuerdos que tiene acumulados, la cantidad de combinaciones, de causas y efectos que se establece entre ellos. Además, en cuestión de amores, la memoria más duradera es la memoria sensual, la que permanece resguardada por alguno de los sentidos. Es una suerte de cajón de fotos, un tanto desordenado, que pervive ahí como un pozo, pero que se ilumina con la mínima evocación. Por eso con Violeta me pasa algo extraño: tanto tiempo a su lado y, sin embargo, cuando estoy lejos de ella no puedo recordar su rostro. Incluso si estoy a su lado y cierro los ojos para recordarla, ella no aparece en la pantalla. Aparece un rostro de mujer que puede ser el resumen de todas las mujeres del mundo o al menos de las que he conocido (en el sentido bíblico de la palabra). Será por aquello de que «una en varias! la mujer que ronda! siempre es la distinta misma». En cambio por lejos que esté, siempre me acuerdo de su voz en todos los registros: su voz al despertarse, su voz en el teléfono, su voz en la oscuridad del cine o bajo la ducha, su voz de mimada, su voz de compungida, su voz de tediosa, de enferma, de cansada, su voz al aire libre, su voz entre las sábanas. Con su cuerpo me pasa cosa parecida: la recuerdo no sólo con mis manos, sino con todo mi cuerpo. Cuando éramos novios siempre le decía ¡cómo será mi piel entre tu piel! Le decía como intuyendo que cuando se ama a una mujer se la recuerda con toda la extensión de su pellejo, como si uno fuera por entero una yema, una huella digital. Así he ido estableciendo en la memoria las distintas tersuras de Violeta, los distintos climas de sus regiones. Cuando la recuerdo con reatas y gola marinera, es como mirar una foto a los tiempos; me parece increíble que yo me hubiera enamorado de una niña tan lánguida, pero asociadas a su imagen me vienen las imágenes de otras niñas de su época y me doy cuenta de que en ese tiempo todas eran lánguidas, con unos vestidos chorreados casi hasta los talones; y revivo además la sensación que tuve al darle la mano, la sensación de inseguridad que yo sentí a causa de tener zafado el cordón de mi zapato ese momento. Así he ido resucitando mi vida junto a Violeta, instante por instante, como queriendo darle vida a punta de recuerdos. Y sin tener conciencia cabal de lo que hacía encontré un modo de prolongar su vida: empecé a exigir a Lucy ciertas cualidades propias de Violeta: distinción en las maneras, sensatez en las decisiones, infalibilidad en sus premoniciones, dominio en los apremios, en fin. Poco a poco, el espacio que fue de Violeta
—el asiento del coche, el rincón de las veredas, el ángulo bajo el paraguas, el estendido de las camas, todo— iba siendo cedido para Lucy, por una Lucy ya no tan esbelta y locuaz, aunque sí más entregada, solícita y cuidadosa, es decir, una Lucy más Violeta. El dormitorio del pisito de soltero que compartíamos a horas de oficina con Lucy fue pareciéndose poco a poco al dormitorio que tenía en casa con Violeta. Primero fue el color de la alfombra, luego las cortinas, la lámpara, los grabados, los bordados de las sábanas, los libros en el velador, los sonidos de la cama, las pantuflas y todo lo que me recordaba a Violeta. Hasta esta mañana en que ha llegado vibrante a mi oficina —nunca había puesto los pies hasta ahora— a decirme: Alberto, Lucy está muy grave en la clínica y el doctor le ha dicho a Carlos que tiene que resignarse.
Entonces, sorprendido, cierro el cajón de mi escritorio y me remuerdo los dedos.

Novelista, poeta y ensayista. Fue parte del Consejo de redacción de la revista literaria la Bufanda del sol. Textos suyos se han publicado en importantes medios nacionales y extranjeros. Con respecto a su narrativa, el crítico Raúl Vallejo, destaca: "(...) utiliza en sus cuentos un lenguaje poético con ciertas características barrocas, recurre al humor como una posibilidad de recuperar una picaresca para nuestra literatura, presenta personajes que llevan su sentimiento al límite de la entrega, al punto trágico donde las palabras y los gestos se consuman en actos significativos; el cuerpo social es implacable con los individuos que lo conforman y Egüez no se fija en localismos y ubica sus historias en lugares que puedan ser cualquier lugar." En lo tocante a su poesía, Hernán Rodríguez Castelo, expresa: "En Calibre catapulta su poesía fue directa y simple como la piedra que el niño lanza con la honda de fabricación casera. La retórica se puso al servicio de la voluntad de herir, zaherir y denunciar: hipérbole ('Aunque Ud. no lo crea'), ironía, caricatura, sarcasmo, grotesco."






































UN HOMBRE MUERTO A PUNTAPIÉS 6
Pablo Palacio
¿Cómo echar al canasto los palpitantes acontecimientos callejeros?
Esclarecer la verdad es acción moralizadora.
EL COMERCIO de Quito.

Anoche, a las doce y media aproximadamente, el « Celador de Policía No. 451, que hacía el servicio de esa zona, encontró, entre las calles Escobedo y García, a un individuo de apellido Ramírez casi en completo estado de postración. El desgraciado sangraba abundantemente por la nariz, e interrogado que fue por el señor Celador dijo haber sido víctima de una agresión de parte de unos individuos a quienes no conocía, sólo por haberles pedido un cigarrillo. El Celador invitó al agredido a que le acompañara a la Comisaría de turno con el objeto de que prestara las declaraciones necesarias para el esclarecimiento del hecho, a lo que Ramírez se negó rotundamente. Entonces, el primero, en cumplimiento de su deber, solicitó ayuda de uno de los chaufferes de la estación más cercana de autos y condujo al herido a la Policía, donde, a pesar de las atenciones del médico, doctor Ciro Benavides, falleció después de pocas horas.
«Esta mañana, el señor Comisario de la 6a ha practicado las diligencias convenientes; pero no ha logrado descubrirse nada acerca de los asesinos ni de la procedencia de Ramírez. Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.
«Procuraremos tener a nuestros lectores al corriente de cuanto se sepa a propósito de este misterioso hecho».
No decía más la crónica roja del Diario de la Tarde.
Yo no sé en qué estado de ánimo me encontraba entonces.

Lo cierto es que reí a satisfacción. ¡Un hombre muerto a puntapiés! Era lo más gracioso, lo mis hilarante de cuanto para mí podía suceder.
Esperé hasta el otro día en que hojeé anhelosamente el Diario, pero acerca de mi hombre no había una línea. Al siguiente tampoco. Creo que después de diez días nadie se acordaba de lo ocurrido entre Escobedo y García.
Pero a mí llegó a obsesionarme. Me perseguía por todas partes la frase hilarante: ¡Un hombre muerto a puntapiés! Y todas las letras danzaban ante mis ojos tan alegremente que resolví al fin reconstruir la escena callejera o penetrar, por lo menos, en el misterio de por qué se mataba a un ciudadano de manera tan ridícula.
Caramba, yo hubiera querido hacer un estudio experimental; pero he visto en los libros que tales estudios tratan sólo de investigar el cómo de las cosas; y entre mi primera idea, que era ésta, de reconstrucción, y la que averigua las razones que movieron a unos individuos a atacar a otro a puntapiés, más original y beneficiosa para la especie humana me pareció la segunda. Bueno, el por qué de las cosas dicen que es algo incumbente a la filosofía, y en verdad nunca supe qué de filosófico iban a tener mis investigaciones, además de que todo lo que lleva humos de aquella palabra me anonada. Con todo, entre miedoso y desalentado, encendí mi pipa. —Esto es esencial, muy esencial.
La primera cuestión que surge ante los que se enlodan en estos trabajitos es la del método. Esto lo saben al dedillo los estudiantes de la Universidad, los de los Normales, los de los Colegios y en general todos los que van para personas de provecho. Hay dos métodos: la deducción y la inducción. (Véase Aristóteles y Bacon).
El primero, la deducción me pareció que no me interesaría. Me han dicho que la deducción es un modo de investigar que parte de lo mis conocido a lo menos conocido. Buen método: lo confieso. Pero yo sabía muy poco del asunto y había que pasar la hoja.
La inducción es algo maravilloso. Parte de lo menos conocido a lo más conocido... ¿Cómo es? No lo recuerdo bien... En fin, ¿quién es el que sabe de estas cosas?). Si he dicho bien, éste es el método por excelencia. Cuando se sabe poco, hay que inducir. Induzca, joven.
Ya resuelto, encendida la pipa y con la formidable arma de la inducción en la mano, me quedé irresoluto, sin saber qué hacer.
—Bueno, ¿y cómo aplico este método maravilloso? —me pregunté.
¡Lo que tiene no haber estudiado a fondo la lógica! Me iba a quedar ignorante en el famoso asunto de las calles Escobedo y García sólo por la maldita ociosidad de los primeros años.
Desalentado, tomé el Diario de la Tarde, de fecha 13 de enero
—no había apartado nunca de mi mesa el aciago Diario— y dando vigorosos chupetones a mi encendida y bien culotada pipa, volví a leer la crónica roja arriba copiada. Hube de fruncir el ceño como todo hombre de estudio — ¡una honda línea en el entrecejo es señal inequívoca de atención!—.
Leyendo, leyendo, hubo un momento en que me quedé casi deslumbrado.
Especialmente el penúltimo párrafo, aquello de «Esta mañana, el señor Comisario de la 6. . .» fue lo que más me maravilló. La frase última hizo brillar mis ojos: «Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso». Y yo, por una fuerza secreta de intuición que UD. no puede comprender, leí así:
ERA VICIOSO, con letras prodigiosamente grandes.
Creo que fue una revelación de Astartea. El único punto que me importó desde entonces fue comprobar qué clase de vicio tenía el difunto Ramírez. Intuitivamente había descubierto que era... No, no lo digo para no enemistar su memoria con las señoras...
Y lo que sabía intuitivamente era preciso lo verificara con razonamientos, y si era posible, con pruebas.
Para esto, me dirigí donde el señor Comisario de la 6a. quien podía darme los datos reveladores. La autoridad policial no había logrado aclarar nada. Casi no acierta a comprender lo que yo quería. Después de largas explicaciones me dijo, rascándose la frente:
—Ah!, sí... El asunto ése de un tal Ramírez... Mire que ya nos habíamos desalentado... ¡Estaba tan oscura la cosa! Pero, tome asiento; por qué no se sienta señor... Como Ud. tal vez sepa ya, lo trajeron a eso de la una y después de unas dos horas falleció... el pobre. Se le hizo tomar dos fotografías, por un caso... algún deudo... ¿Es Ud. pariente del señor Ramírez? Le doy el pésame... mi más sincero...
—No, señor —dije yo indignado—, ni siquiera le he conocido. Soy un hombre que se interesa por la justicia y nada más...
Y me sonreí por lo bajo. ¡Qué frase tan intencionada! ¿Ah? «Soy un hombre que se interesa por la justicia» ¡Cómo se atormentaría el señor Comisario! Para no cohibirle más, apresúreme:
—Ha dicho usted que tenía dos fotografías. Si pudiera verlas... El digno funcionario tiró de un cajón de su escritorio y revolvió algunos papeles. Luego abrió otro y revolvió otros papeles. En un tercero, ya muy acalorado, encontró al fin.
Y se portó muy culto:
—Usted se interesa por el asunto. Llévelas no más caballero... Eso sí, con cargo de devolución —me dijo, moviendo de arriba a abajo la cabeza al pronunciar las últimas palabras y enseñando— me gozosamente sus dientes amarillos.
Agradecí infinitamente, guardándome las fotografías.
—Y dígame usted, señor Comisario, ¿no podría recordar alguna seña particular del difunto, algún dato que pudiera revelar algo?
—Una seña particular... un dato... No, no. Pues, era un hombre completamente vulgar. Así más o menos de mi estatura.
—El Comisario era un poco alto—; grueso y de carnes flojas.
Pero una seña particular... no... Al menos que yo recuerde...
Como el señor Comisario no sabía decirme más, salí, agradeciéndole de nuevo.
Me dirigí presuroso a mi casa; me encerré en el estudio; encendí mi pipa y saqué las fotografías, que con aquel dato del periódico eran preciosos documentos.
Estaba seguro de no poder conseguir otros y mi resolución fue trabajar con lo que la fortuna había puesto a mi alcance.
Lo primero es estudiar al hombre, me dije. Y puse manos a la obra.
Miré y remiré las fotografías, una por una, haciendo de ellas un estudio completo. Las acercaba a mis ojos; las separaba, alargando la mano; procuraba descubrir sus misterios.
Hasta que al fin, tanto tenerlas ante mí, llegué a aprenderme tic memoria el más escondido rasgo.
Esa protuberancia fuera de la frente; esa larga y extraña nariz ¡que se parece tanto a un tapón de cristal que cubre la poma de agua de mi fonda!, esos bigotes largos y caídos; esa barbilla en punta; ese cabello lacio y alborotado.
Cogí un papel, tracé las líneas que componen la cara del difunto Ramírez. Luego, cuando el dibujo estuvo concluido, noté que faltaba algo; que lo que tenía ante mis ojos no era él; que se me había ido un detalle complementario e indispensable... ¡Ya! tomé de nuevo la pluma y completé el busto, un magnífico busto que de ser de yeso figuraría sin desentono en alguna Academia. Busto cuyo pecho tiene algo de mujer.
Después... después me ensañé contra él. ¡Le puse una aureola! Aureola que se pega al cráneo con un clavito, así como en las iglesias se las pegan a las efigies de los santos.
¡Magnífica figura hacía el difunto Ramírez!
Más, ¿a qué viene esto? Yo trataba... trataba de saber por qué lo mataron; sí, por qué lo mataron...
Entonces confeccioné las siguientes lógicas conclusiones:
El difunto Ramírez se llamaba Octavio Ramírez (un individuo con la nariz del difunto no puede llamarse de otra manera);
Octavio Ramírez tenía cuarenta y dos años;
Octavio Ramírez andaba escaso de dinero;
Octavio Ramírez iba mal vestido; y, por último, nuestro difunto era extranjero.
Con estos preciosos datos, quedaba reconstruida totalmente su personalidad.
Sólo faltaba, pues, aquello del motivo que para mí iba teniendo cada vez más caracteres de evidencia. La intuición me lo revelaba todo. Lo único que tenía que hacer era, por un puntillo de honradez, descartar todas las demás posibilidades. Lo primero, lo declarado por él, la cuestión del cigarrillo, no se debía siquiera meditar. Es absolutamente absurdo que se victime de manera tan infame a un individuo por una futileza tal. Había mentido, había disfrazado la verdad; más aún, asesinado la verdad, yo había dicho porque lo otro no quería, no podía decirlo.
¿Estaría beodo el difunto Ramírez? No, esto no puede ser, porque lo habrían advertido enseguida en la Policía y el dato del periódico habría sido terminante, como para no tener dudas, o, si no constó por descuido del reportero, el señor Comisario me lo habría revelado, sin vacilación alguna.
¿Qué otro vicio podía tener el infeliz victimado? Porque de ser vicioso, lo fue; esto nadie podrá negármelo. Lo prueba su empecinamiento en no querer declarar las razones de la agresión. Cualquier otra causal podía ser expuesta sin sonrojo. Por ejemplo, ¿qué de vergonzoso tendrían estas confesiones?:
«Un individuo engañó a mi hija; lo encontré esta noche en la calle; me cegué de ira; le traté de canalla, me le lancé al cuello, y él, ayudado por sus amigos, me ha puesto en este estado» o «Mi mujer me traicionó con un hombre a quien traté de matar; pero él, más fuerte que yo, la emprendió a furiosos puntapiés contra mí» o
«Tuve unos líos con una comadre y su marido, por vengarse, me atacó cobardemente con sus amigos»
Si algo de esto hubiera dicho, a nadie extrañaría el suceso.
También era muy fácil declarar:
«Tuvimos una reyerta».
Pero estoy perdiendo el tiempo, que estas hipótesis las tengo por insostenibles: en los dos primeros casos, hubieran dicho algo ya los deudos del desgraciado; en el tercero su confesión habría sido inevitable, porque aquello resultaba demasiado honroso; en mi cuarto, también lo habríamos sabido ya, pues animado por la venganza habría delatado hasta los nombres de los agresores.
Nada, que a lo que a mí se me había metido por la honda línea del entrecejo era lo evidente. Ya no caben mis razonamientos. En consecuencia, reuniendo todas las conclusiones hechas, he reconstruido, en resumen, la aventura trágica ocurrida entre Escobedo y García, en estos términos:
Octavio Ramírez, un individuo de nacionalidad desconocida, de cuarenta y dos años de edad y apariencia mediocre, habitaba en un modesto hotel de arrabal hasta el día 12 de enero de este año.
Parece que el tal Ramírez vivía de sus rentas, muy escasas por cierto, no permitiéndose gastos excesivos, ni aun extraordinarios, especialmente con mujeres. Había tenido desde pequeño una desviación de sus instintos, que lo depravaron en lo sucesivo, hasta que, por un impulso fatal, hubo de terminar con el trágico fin que lamentamos.
Para mayor claridad se hace constar que este individuo había llegado sólo unos días antes a la ciudad teatro del suceso.
La noche del 12 de enero, mientras comía en una oscura fonducha, sintió una ya conocida desazón que fue molestándole más y más. A las ocho, cuando salía, le agitaban todos los tormentos del deseo. En una ciudad extraña para él, la dificultad de satisfacerlo, por el desconocimiento que de ella tenía, le azuzaba poderosamente. Anduvo casi desesperado, durante dos horas, por las calles céntricas, fijando anhelosamente sus ojos brillantes sobre las espaldas de los hombres que encontraba; los seguía de cerca, procurando aprovechar cualquiera oportunidad, aunque receloso de sufrir un desaire.
Hacia las once sintió una inmensa tortura. Le temblaba el cuerpo y sentía en los ojos un vacío doloroso.
Considerando inútil el trotar por las calles concurridas, se desvió lentamente hacia los arrabales, siempre regresando a ver a los transeúntes, saludando con voz temblorosa, deteniéndose a trechos sin saber qué hacer, como los mendigos.
Al llegar a la calle Escobedo ya no podía más. Le daban deseos de arrojarse sobre el primer hombre que pasara. Lloriquear, quejarse lastimeramente, hablarle de sus torturas...
Oyó, a lo lejos, pasos acompasados; el corazón le palpitó con violencia; arrimóse al muro de una casa y esperó. A los pocos instantes el recio cuerpo de un obrero llenaba casi la acera. Ramírez se había puesto pálido; con todo, cuando aquél estuvo cerca, extendió el brazo y le tocó el codo. El obrero se regresó bruscamente y lo miró. Ramírez intentó una sonrisa melosa, de proxeneta hambrienta abandonada en el arroyo. El otro soltó una carcajada y una palabra sucia; después siguió andando lentamente, haciendo sonar fuerte sobre las piedras los tacos anchos de sus zapatos. Después de una media hora apareció otro hombre. El desgraciado, todo tembloroso, se atrevió a dirigirle una galantería que contestó el transeúnte con un vigoroso empellón. Ramírez tuvo miedo y se alejó rápidamente.
Entonces, después de andar dos cuadras, se encontró en la calle García. Desfalleciente, con la boca seca, miró a uno y otro lado. A poca distancia y con paso apresurado iba un muchacho de catorce años. Lo siguió.
—Pst! ¡Pst!
El muchacho se detuvo.
—Hola rico... ¿Qué haces por aquí a estas horas?
—Me voy a mi casa. ¿Qué quiere?
—Nada, nada... Pero no te vayas tan pronto, hermoso... Y lo cogió del brazo.
El muchacho hizo un esfuerzo para separarse.
—Déjeme! Ya le digo que me voy a mi casa.
Y quiso correr. Pero Ramírez dio un salto y lo abrazó. Entonces el galopín, asustado, llamó gritando:
—Papá! ¡Papá!
Casi en el mismo instante, y a pocos metros de distancia se abrió bruscamente una claridad sobre la calle. Apareció un hombre de alta estatura. Era el obrero que había pasado ante por Escobedo.
Al ver a Ramírez se arrojó sobre él. Nuestro pobre hombre s quedó mirándolo, con ojos tan grandes y fijos como platos, tembloroso y mudo.
—Qué quiere usted, so sucio?
Y le asestó un furioso puntapié en el estómago. Octavio Ramírez se desplomó, con un largo hipo doloroso.
Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al ver en tierra aquel pícaro, consideró que era muy poco castigo un puntapié y le propinó dos más, espléndidos y maravillosos en el género, sobre la larga nariz que le provocaba como una salchicha. ¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés!
Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse de una nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contra otra nariz!
Así:
¡Chaj!
Con un gran espacio sabroso.
¡Chaj!
Y después: ¡cómo se encarnizaría Epaminondas, agitado por el instinto de perversidad que hace que los asesinos acribillen sus víctimas a puñaladas! ¡Ese instinto que presiona algunos dedos inocentes cada vez más, por puro juego, sobre los cuellos de los amigos hasta que queden amoratados y con los ojos encendidos!
¡Cómo batiría la suela del zapato de Epaminondas sobre la nariz de Octavio Ramírez!
¡Chaj! !
¡Chaj vertiginosamente, ¡Chaj!
En tanto que mil lucecitas, como agujas, cosían las tinieblas.
(De Un hombre muerto a puntapiés, 1927)


Pablo Arturo Palacio Suárez (Loja, 25 de enero de 1906 - Guayaquil 7 de enero de 1947) fue escritor y abogado ecuatoriano. Fue uno de los fundadores de la vanguardia en el Ecuador e Hispanoamérica, un adelantado en lo que respecta a estructuras y contenidos narrativos, con una obra muy diferente a la de los escritores del costumbrismo de su época. Hijo de madre soltera, Clementina Palacio Suárez; fue inscrito en el Registro Civil como hijo de padre desconocido. Años después su padre, Agustín Costa, trató de reconocerlo como a hijo y otorgarle el apellido, cuando Palacio ya gozaba de fama literaria, pero no lo aceptó.