jueves, 4 de febrero de 2016

CUENTO 10MO

FRANCISCA Y LA MUERTE
Onelio  Jorge Cardoso

Al poeta, compañero y amigo moldavo,
Petru Zadniprn, quien me contó esta respuesta de su mamá.

— Santos y buenos días — dijo la muerte, y ninguno de los presentes la pudo reconocer. ¡Claro!, venía la parca con su trenza retorcida bajo el sombrero y su mano amarilla al bolsillo.
— Si no molesto — dijo—, quisiera saber dónde vive la señora Francisca.
— Pues mire — le respondieron, y asomándose a la puerta, señaló un hombre con su dedo rudo de labrador:
— Allá por las cañas bravas que bate el viento, ¿ve? Hay un camino que sube la colina. Arriba hallará la casa.
«Cumplida está» — pensó la muerte y dando las gracias echó a andar por el camino aquella mañana que, precisamente, había pocas nubes en el cielo y todo el azul resplandecía de luz.
Andando pues, miró la muerte la hora y vio que eran las siete de la mañana. Para la una y cuarto, pasado el meridiano, estaba en su lista cumplida ya la señora Francisca.
«Menos mal, poco trabajo; un solo caso», se dijo satisfecha de no fatigarse la muerte y siguió su paso, metiéndose ahora por el camino apretado de romerillo y rocío.
Efectivamente, era el mes de mayo y con los aguaceros caídos no hubo semilla silvestre ni brote que se quedara bajo tierra sin salir al sol. Los retoños de las ceibas eran pura caoba transparente. El tronco de la guayaba soltaba, a espacios, la corteza, dejando ver la carne limpia de la madera. Los cañaverales no tenían una sola hoja amarilla. Verde era todo, desde el suelo al aire y un olor a vida subiendo de las flores.
Natural que la muerte se tapara la nariz. Lógico también que ni siquiera mirara tanta rama llena de nido, ni tanta abeja con su flor. Pero, ¿qué hacerse?; estaba la muerte de paso por aquí, sin ser su reino.
Así, pues, echó y echó la muerte por los caminos hasta llegar a casa de Francisca:
— Por favor, con Panchita — dijo adulona la muerte.
— Abuela salió temprano — contestó una nieta de oro, un poco temerosa aunque la parca seguía con su trenza bajo el sombrero y la mano en el bolsillo.
— ¿Y a qué hora regresa? — preguntó.
— ¡Quién lo sabe! — dijo la madre de la niña—. Depende de los quehaceres. Por el campo anda, trabajando.
Y la muerte se mordió el labio. No era para menos seguir dando rueda por tanto mundo bonito y ajeno.
— Hace mucho sol. ¿Puedo esperarla aquí?
— Aquí quien viene tiene su casa. Pero puede que ella no regrese hasta el anochecer o la noche misma.
« ¡Contra!», pensó la muerte, «se me irá el tren de las cinco. No; mejor voy a buscarla». Y levantando su voz, dijo la muerte:
— ¿Dónde, al fijo, pudiera encontrarla ahora?
— De madrugada salió a ordeñar. Seguramente estará en el maíz, sembrando.
— ¿Y dónde está el maizal? — preguntó la muerte.
— Siga la cerca y luego verá el campo arado detrás.
— Gracias — dijo seca la muerte y echó a andar de nuevo.
Pero miró todo el extenso campo arado y no había un alma en él. Sólo garzas. Soltose la trenza la muerte y rabió:
« ¡Vieja andariega, dónde te habrás metido!» Escupió y continuó su sendero sin tino.
Una hora después de tener la trenza ardida bajo el sombrero y la nariz repugnada de tanto olor a hierba nueva, la muerte se topó con un caminante:
— Señor, ¿pudiera usted decirme dónde está Francisca por estos campos?
— Tiene suerte — dijo el caminante—, media hora lleva en casa de los Noriegas. Está el niño enfermo y ella fue a sobarle el vientre.
— Gracias — dijo la muerte como un disparo, y apretó el paso.
Duro y fatigoso era el camino. Además ahora tenía que hacerlo sobre un nuevo terreno arado, sin trillo, y ya se sabe cómo es de incómodo sentar el pie sobre el suelo irregular y tan esponjoso de frescura, que se pierde la mitad del esfuerzo. Así por tanto, llegó la muerte hecha una lástima a casa de los Noriegas:
— Con Francisca, a ver si me hace el favor.
— Y se marchó.
— ¡Pero, cómo! ¿Así, tan de pronto?
— ¿Por qué tan de pronto? — le respondieron—. Sólo vino a ayudarnos con el niño y ya lo hizo. ¿A qué viene extrañarse?
— Bueno..., verá — dijo la muerte turbada—, es que siempre una hace su sobremesa en todo, digo yo.
— Entonces usted no conoce a Francisca.
— Tengo sus señas — dijo burocrática la Impía.
— A ver; dígalas — esperó la madre. Y la muerte dijo:
— Pues..., con arrugas; desde luego ya son sesenta años...
— ¿Y qué más?
— Verá..., el pelo blanco..., casi ningún diente propio..., la nariz, digamos...
— ¿Digamos qué?
— Filosa.
— ¿Eso es todo?
— Bueno..., por demás nombre y dos apellidos.
— Pero usted no ha hablado de sus ojos.
— Bien; nublados..., sí, nublados han de ser..., ahumados por los años.
— No, no la conoce — dijo la mujer—. Todo lo dicho está bien, pero no los ojos. Tiene menos tiempo en la mirada. Ésa, quien usted busca, no es Francisca.
Y salió la muerte otra vez al camino. Iba ahora indignada, sin preocuparse mucho por la mano y la trenza, que medio se le asomaba bajo el ala del sombrero.
Anduvo y anduvo. En casa de los González le dijeron que estaba Francisca a un tiro de ojo de allí, cortando pangola para la vaca de los nietos. Mas, sólo vio la muerte la pangola recién cortada y nada de Francisca, ni siquiera la huella menuda de su paso.
Entonces la muerte, quien ya tenía los pies hinchados dentro de los botines enlodados, y la camisa negra, más que sudada, sacó su reloj y consultó la hora:
— ¡Dios! ¡Las cuatro y media! ¡Imposible! ¡Se me va el tren!
Y echó la muerte de regreso, maldiciendo.
Mientras, a dos kilómetros de allí, escardaba de malas hierbas Francisca el jardincito de la escuela. Un viejo conocido pasó a caballo y, sonriéndole, le tiró a su manera el saludo cariñoso:
— Francisca, ¿cuándo te vas a morir?
Ella se incorporó asomando medio cuerpo sobre las rosas y le devolvió el saludo alegre:
— Nunca — dijo—, siempre hay algo que hacer.



jueves, 23 de abril de 2015

TRABAJO ORACIONES COMPUESTAS



ORACIONES COMPUESTAS SUBORDINADAS
Subordinación adverbial propia o circunstancial
Existen tres tipos:
  • Temporales o de tiempo: marcan una referencia temporal a la proposición principal. (Oración principal)Van introducidas por cuando, mientras, antes que, antes de que, después de que, luego que, antes que, en seguida, primero
  • Locales o de lugar: marcan una referencia espacial con respecto a la proposición principal; van introducidas por donde
  • Modales o de modo: muestran el modo como se ejecuta la proposición principal. Van introducidas por como, según, conforme, como si:

Subordinación adverbial impropia
Existen seis tipos. Sirven para ordenar las ideas en un continuo que va desde la condición a la finalidad.
  • Condicionales: señalan una condición necesaria e imprescindible para que se produzca la proposición principal, sus nexos son: si, en el caso de que
  • Causales: señalan el origen lógico de la proposición principal, una explicación de la misma; sus nexos más frecuentes son: porque, ya que, puesto que, por
  • Consecutivas: señalan la consecuencia o implicación lógica de la principal; sus nexos son: por tanto, así que, conque, de manera/modo/forma/ suerte que, luego, así pues, pues etc...
  • Concesivas: señalan una consecuencia no esperada ni deseada, o menos lógica que las anteriores, una complicación más que una implicación, que no impide el cumplimiento de la proposición principal. Sus nexos son: aunque, por más que, a pesar de que, pese a que
  • Finales: indican la consecuencia que está más allá de las otras consecuencias, la última más allá de las cuales no se espera ninguna, la aplicación, propósito o cometido de la proposición principal; sus nexos son: para que, a que, a fin de que, con el propósito.
Subordinación sustantiva
Las proposiciones subordinadas sustantivas desempeñan funciones sintácticas propias del sustantivo: Van introducidas por los nexos que, el que, el hecho de que, por pronombres interrogativos como qué, cuál, quién, o por adverbios interrogativos como cuánto, cómo, cuándo, dónde etc., precedidos o no por preposición. En el caso de las interrogativas indirectas también puede aparecer el nexo si. Las proposiciones subordinadas sustantivas se dejan sustituir por un pronombre neutro: eso, esto etcétera, o por un infinitivo menos frecuentemente.
Existen distintos tipos de subordinadas sustantivas según la función sintáctica que estas desempeñen:
  • Subordinadas sustantivas en función de sujeto: "Me gusta que vengas pronto".
  • Subordinadas sustantivas en función de objeto directo: "Me dijo que no vendría". "Me preguntó si vendría". "Me preguntó cómo había sido".
  • Subordinadas sustantivas en función de suplemento o complemento de régimen: "Habló de que era mejor no venir".
  • Subordinadas sustantivas en función de atributo: "El hecho es que no lo hizo".
  • Subordinadas sustantivas en función de complemento del nombre: "Tengo la certeza de que volverá".
  • Subordinadas sustantivas en función de complemento del adjetivo: "Parecía feliz de que hubiese encontrado a su cría".
  • Subordinadas sustantivas en función de complemento del adverbio: "Ella estaba muy lejos de los que amaba".
  • Subordinadas sustantivas en función de complemento indirecto: "Dieron los permisos a los que los solicitaron".
  • Subordinadas sustantivas en función de complemento circunstancial: "Iré sin que me lo pidas".
  • Subordinadas sustantivas en función de complemento agente: "Los cuadros fueron expuestos por quienes los crearon".
Subordinación adjetiva
Las subordinadas adjetivas o de pronombre relativo desempeñan la función de adyacentes de un sustantivo o sintagma nominal al que se denomina antecedente. Van introducidas por pronombres relativos como que (cuando puede sustituirse por el-la-los-las cual-es), quien o quienes, el cual, la cual, los cuales, las cuales, o cuyo, cuya, cuyos-as, precedidos o no de preposición: "El libro que me prestaste era muy bueno". Pueden considerarse asimilables a las adjetivas las subordinadas adverbiales de lugar tiempo y modo introducidas por los adverbios conjuntivos donde, cuando y como que llevan antecedente expreso, como en el caso "Ese es el lugar donde comimos", "Esta fue la época cuando yo estudiaba" o "Esa fue la manera como lo hicimos", cuyos antecedentes respectivamente son lugar, época y manera. Existen tres tipos:
  • Proposiciones adjetivas especificativas: son las que no van entre comas y restringen el significado del antecedente seleccionándolo de una generalidad: "Los jugadores que estaban cansados no jugaron la segunda parte". (Parte de los jugadores)
  • Proposiciones adjetivas explicativas: son las que van entre comas y no restringen el significado del antecedente: "Los jugadores, que estaban cansados, no jugaron la segunda parte". (Todos los jugadores)
  • Proposiciones adjetivas sustantivadas por falta de antecedente, por no tener antecedente expreso o por otras causas. La proposición de relativo se enuncia con un valor indefinido y generalizador. Los pronombres quien y el que equivalen al sintagma "la persona que". Y el pronombre que al sintagma "la cosa que". Las nociones de «persona» y «cosa» son los antecedentes implícitos de tales pronombres. Estas proposiciones desempeñan funciones propias del sustantivo. Al igual que un adjetivo puede sustantivarse, también hay proposiciones adjetivas sustantivadas, y como las sustantivas, desempeñan las funciones propias de un sustantivo: "Los que van a morir te saludan", (sujeto agente); "Los que estudien serán aprobados" (sujeto paciente); "Llévate el que elegiste" (complemento directo); "Yo soy el que te cuidará" (atributo)
Actividad en clase: realizar un resumen del documento y escribir cinco oraciones  de cada una. La actividad se realizará en clase.

miércoles, 15 de abril de 2015

TRABAJO PALABRAS VARIABLES-INVARIABLES

TRABAJO DE PALABRAS VARIABLES E INVARIABLES 

Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta
La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.

En un beso, sabrás todo lo que he callado.

Conocer el amor de los que amamos es el fuego que alimenta la vida.

Para que nada nos separe que nada nos una.

¿Sufre más aquél que espera siempre que aquél que nunca esperó a nadie?

Si el corazón se aburre de querer para qué sirve.

Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio.

El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien, sino en el deseo de dormir junto a alguien.


El amor, por definición, es un regalo no merecido.
Soledad: una dulce ausencia de miradas.

Los mejores amigos son como las estrellas, aunque no siempre se ven, sabes que están ahí.
Los amigos se hieren con la verdad para no destruirse con las mentiras.

Los amigos son ángeles que se levantan cuando tus alas han olvidado cómo volar.
Cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír.
Aprender es como remar contra corriente: en cuanto se deja, se retrocede.

La sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve de nada.

Yo creo que todavía no es demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra.
No tenemos otro mundo al que podernos mudar.





domingo, 1 de febrero de 2015

Textos - tercero de bachillerato/ Razonamiento verbal



¿Quién pone los límites a la libertad de expresión?
Partamos de algo básico, pero esencial para la democracia y la convivencia: toda libertad se ejerce con responsabilidad. No hay ninguna (por más liberales u ortodoxos) que no contenga en sí misma un marco de referencias y contextos concretos para ejercerla sin afectar o perjudicar al otro.
Tras el atentado criminal a los miembros de la revista humorística francesa Charlie Hebdo se ha desatado la apología sobre una supuesta libertad de expresión absoluta, incuestionable, ilimitada y garantizada solo por el “hago y digo lo que me da la gana”.
Incluso hemos escuchado toda clase de blasfemia en nombre de esa libertad de expresión y una victimización sin nombre de quienes son los que más la usan, de todas las formas, en todos los formatos y bajo aparentes discursos diversos, cuando en realidad son la caja de resonancia de un mismo formato ideológico y político.
Ya no son algunos ‘autoritarios’, ‘tiranos’ o ‘populistas’ los que señalan que la libertad de expresión tiene unos límites. Empezando por el papa Francisco, intelectuales liberales, autoridades políticas y teóricos de la comunicación han coincidido en que esos límites están sobre todo definidos por cada ciudadano. Eso es lo fundamental. Pero ese ciudadano sabe que su libertad mal usada, a veces con fines protervos o difamatorios, tiene unas consecuencias concretas.
Ahora, a aquellos periodistas y analistas ‘puros’, absolutistas y ultra liberales les salió uno de los maestros del periodismo al que alaban, citan y dicen seguir su ejemplo. Les pidió que la libertad de expresión sea usada respetando al otro, autoimponiéndose unos límites y, sobre todo, pensando en la verdadera razón de ser de esa libertad. Se trata del periodista colombiano Javier Darío Restrepo. Nadie puede decir que él es un ‘acólito’ de los gobiernos progresistas y mucho menos es un partidario de leyes de comunicación. Sobre todo es un ciudadano responsable y un periodista ético con su oficio y con sus audiencias. ¿Esta vez les falló Restrepo a los periodistas locales que abogan por una libertad absoluta sin restricción alguna? Ese periodista colombiano ha dicho: “La libertad que elimina todos los obstáculos para decir o escribir lo que uno quiera resulta tan absurda como la que pretendía tener un taxista que reaccionó cuando su pasajero le pidió apagar el cigarrillo que acababa de encender: Estoy en mi taxi y aquí hago lo que me da la gana y lo echo a usted si me da la gana”.
Lo que en realidad preocupa de todo este debate es para qué quieren usar la libertad de expresión absoluta y sin límites ciertos periodistas y políticos, supuestos activistas y personajes anónimos de las redes sociales. ¿Para favorecer el debate y la reflexión pública? Parece que no. Y por ahí se ocultan otros propósitos y se revelan sus reales apetitos.




La promoción turística del Ecuador se cimenta en potentes valores

No hay duda de que nuestra geografía y gente son un tesoro y un enorme atractivo para el turista extranjero. Lo testimonian las centenas de miles de ciudadanos del mundo que llegan a nuestra patria cada año.
Y es verdad que un ‘empujoncito’ mediante la publicidad y promoción tradicionales hace muy bien, pero hemos comprobado que un país con estabilidad política, con un gobierno e instituciones legítimos, con infraestructura y seguridad, además de tesoros naturales valiosos, es el gran ‘gancho’.
Hemos crecido en cifras y en demanda, pero no es suficiente. Un país turístico debe cuidar su patrimonio y no someterse a la lógica del mercado homogeneizador. Si por algo nos visitan es porque somos diferentes y tenemos potentes valores y virtudes propias.
Para fortalecer la llamada ‘industria sin chimeneas’ hace falta también construir un ambiente de armonía, que destierre a esos agoreros del desastre que hablan de un país que está solo en sus cabezas para abjurar de todas nuestras bondades y talento.

La Celac coloca a América Latina en otra dimensión

El futuro está a la vista: los bloques económicos y políticos marcarán el devenir de las naciones. Y en esa perspectiva histórica se instala la Comunidad de Estados Latinoamericanos y el Caribe (Celac). Además, en un momento donde el predominio de las soberanías y la autodeterminación son el signo más fuerte de nuestra región. Por supuesto, debimos aguardar muchos años y superar algunos obstáculos para consolidar la unidad regional. Por lo pronto, lo más urgente es que esta comunidad avance en lo fundamental: desterrar la pobreza extrema y reducir significativamente la inequidad que han sido las dos lacras del continente. Y el que Ecuador asuma la presidencia pro témpore también nos obliga a varias tareas: que la vocería política sea para sustentar con mayor rigor nuestra presencia en el mundo. América Latina se mira con respeto y hasta con admiración en otros lados. De ahí que este año ofrece una gran oportunidad para consolidar nuestras soberanías y el devenir a favor de los pueblos.

 Editoriales diario El Telégrafo

LA NIÑA SIN ESCUELA
Una mañana invernal de 1900, una niña de once años fue acusada de haber robado algún libro de su escuela.
La niña se defendió y demostró que nada tenía, pero en ese momento ya se había desatado la irracionalidad grupal, y una compañerita la insultó por no tener padre, y le arrojó una piedra.

Entonces las demás niñas se sumaron a la locura colectiva y ante la lluvia de insultos y piedras, la niña huyó de la escuela para no regresar jamás.
Era mentira que hubiera robado algo, pero era verdad que ahora no tenía padre. Alguna vez lo tuvo, pero la había abandonado cuando ella apenas tenía tres años. La niña se llamaba Lucila Godoy Alcayaga.
Sí: Lucila Godoy Alcayaga. El mundo después la conoció como Gabriela Mistral, chilena, y Premio Nobel de Literatura y era la primera vez que el máximo galardón de la literatura universal era entregado a Latinoamérica.

EL SOLDADO DEL TERROR
Hubo un niño, hijo de actores, que quedó solo en el mundo: su padre lo abandonó, y al poco tiempo su madre murió. Para recaudar fondos y ayudarlo, un hombre de negocios decidió montar una obra de teatro.
En la obra llamada “La Monja Siniestra”, la actriz era una mujer a la que los hombres del pueblo la conocían muy bien, precisamente por su profesión nada parecida a la de monja…
Quizás por ver a la mujer en tan extraño vestido de monja, en un papel muy ajeno a su oficio y vocación, o quizás por ayudar al huérfano, el teatro se llenó hasta los topes.
Y en una escena, la monja encendía una antorcha para guiarse en la oscuridad. La monja siniestra encendió la antorcha y de paso encendió las cortinas y metió fuego a todo el teatro.
La obra concluyó con casi cien víctimas, quemadas o aplastadas en medio del terror colectivo. No quedó ni un centavo de utilidad.
Ese niño que empezaba de manera tan tormentosa su vida, se llama Edgar Allan Poe. Y su vida siempre fue un vértigo de dramas sin fin.
Poe, el maestro del relato corto, del suspenso y el terror, durante algunos años prestó servicio militar con un nombre ficticio.
Allí, en la milicia, se llamaba Edgar A. Perry y fue expulsado por no ir a misa, por jugar ajedrez, y por leer demasiado.

Textos de Ramiro Diez