sábado, 13 de diciembre de 2014

CUENTO 13 DÉCIMO

NOCHE BUENA
Selma Lagerlöf

       Era un día de Navidad. Todos habían ido a la iglesia, excepto la abuela y yo. Me parece que estábamos completamente solas en casa. No habíamos podido ir con los demás; una por demasiada niña, la otra por demasiada vieja. Y las dos estábamos tristes por no poder oír el canto de los villancicos, ni ver las lucecitas navideñas.
       Pero estando así sentadas, solas, empezó la abuela una de sus narraciones.
       Érase una vez un hombre –dijo- que salió una noche muy obscura para procurarse fuego. Iba llamando de puerta en puerta y decía: “Buenas gentes, ¡ayúdenme! Mi mujer acaba de tener un niño y necesito encender fuego para calentarla a ella y al pequeño.
       El hombre anduvo y anduvo. Por fin divisó a los lejos un resplandor de una hoguera: Encaminó hacia allí sus pasos y vio que la fogata ardía al aire libre. Multitud de ovejas dormían alrededor del fuego, y un pastor ya anciano velaba en la noche.
       Cuando el hombre que buscaba fuego se acerco al rebaño, vio que tres perros enormes dormían a los pies del pastor. Los tres se despertaron a su llegada y abrieron sus anchas fauces como disponiéndose a ladrar, pero no se oyó sonido alguno. El hombre vio como se les espinaba el pelo del espinazo, vio como relucían al resplandor del fuego sus dientes afilados y blancos, y cómo se abalanzaban sobre él. Sintió que uno de ellos intentaba alcanzar sus piernas, y otro su mano, y el tercero se colgaba de su garganta. Pero las quijadas y los dientes con que los perros pretendían morder no les obedecieron, y el hombre no sufrió el menor daño.
       Hasta aquí había contada la abuela sin ser interrumpida, pero al llegar a este punto no pude contenerme y pregunté:
- ¿por qué no se movieron abuelita?
- Pronto lo sabrás  -contesto ella-  y siguió la historia.
-Cuando el hombre ya se hallaba casi junto al fuego, el pastor le miro. Era un viejo adusto, desabrido y duro para todos. Al ver acercarse a un extraño, cogió un cayado largo y puntiagudo, que solía tener en las manos cuando apacentaba el rebaño, y lo arrojo contra él. Y la vara salió disparada hacia el hombre, pero antes de llegar a él se desvió, y sin rozarle se perdió lejos en el campo.
De nuevo interrumpí a la abuelita:
- Abuela, ¿por qué no quiso el bastón pegar al hombre?
Pero la abuela no me respondió y siguió su narración.
- Entonces el hombre se acerco al pastor y el dijo: “amigo, ayúdame y préstame un poco de tú fuego. Mi mujer acaba de tener un niño y necesito calentar a ella y al pequeño.
“toma el que necesites” le dijo.
       Pero el fuego estaba casi consumido. No quedaban ya troncos ni ramas, sino sólo un gran rescoldo, y el forastero no tenía ni pala ni cubo con que transportar las rojas ascuas.
       Al Advertirlo el pastor repitió: “toma lo que necesites”. Y se alegró de que el hombre no pudiese llevarse nada. Pero el hombre se inclinó, sacó con sus manos desnudas los carbones ardientes de entre la ceniza y los coloco en su manto. Y los carbones no quemaron sus manos cuando los toco, ni quemaron su manto, sino que los llevó tan fácilmente como si hubiesen sido nueces o manzanas.
Pero al llegar aquí fue interrumpida por tercera vez la narradora:
- Abuelita ¿por qué no quiso el carbón quemar al hombre?
- Ya lo sabrás dijo la abuelita y siguió contando.
- Cuando el pastor, que era un hombre tan malo y adusto, vio todo aquello, empezó a asombrarse y se dijo “¿Qué noche puede ser ésta en que los perros no muerden a los extraños, las ovejas no se asustan, las lanzas no matan y el fuego no quema?
Llamó al forastero le dijo: ¿Qué noche es ésta? ¿Y porque todas las cosas muestran tanta misericordia?
       Entonces el hombre dijo: “yo no puedo decírtelo, si tú no lo vez por ti mismo”. Y quiso partir para encender pronto el fuego y poder calentar al niño y a su mujer.
       Pero el pastor pensó que no quería perderlo de vista, sin conocer el motivo del porque tanta misericordia en esta noche de estrellas brillantes en el cielo. Caminaron durante un rato por el prado y al dar la vuelta a un recodo, el hombre entró a una gruta, y el pastor inquieto y un poco inseguro se dispuso a seguirlo, pero justo en ese instante su corazón se le encogió y unas gruesas lágrimas de felicidad y paz resbalaron por sus mejillas al contemplar una multitud de ángeles que pululaban a la entrada de la gruta, todos a la expectativa de lo que allí dentro sucedía. Entonces sus ojos vieron lo que sus sentidos le habían ocultado y vio que en esa noche y en una humilde gruta había renacido el amor, la esperanza y la fe, y que estarían en esta tierra de ahí en adelante para todos los hombres, mujeres, niños y niñas que pudieran acogerla en su corazón y compartirla con su prójimo.



lunes, 8 de diciembre de 2014

LIBRO 3 DÉCIMO - EL PESCADOR Y SU ALMA

El Pescador y su Alma

Oscar Wilde



A
S.A.R.
ALICIA
PRINCESA DE MONACO


Todas las tardes el joven Pescador se internaba en el mar, y arrojaba sus redes al agua.
Cuando el viento soplaba desde tierra, no lograba pescar nada, porque era un viento malévolo de alas negras, y las olas se levantaban empinándose a su encuentro. Pero en cambio, cuando soplaba el viento en dirección a la costa, los peces subían desde las verdes honduras y se metían nadando entre las mallas de la red y el joven Pescador los llevaba al mercado para venderlos.
Todas las tardes el joven Pescador se internaba en el mar. Un día, al recoger su red, la sintió tan pesada que no podía izarla hasta la barca. Riendo, se dijo:
—O bien he atrapado todos los peces del mar, o bien es algún monstruo torpe que asombrará a los hombres, o acaso será algo espantoso que la gran Reina tendrá deseos de contemplar.
Haciendo uso de todas sus fuerzas fue izando la red, hasta que se le marcaron en relieve las venas de los brazos. Poco a poco fue cerrando el círculo de corchos, hasta que, por fin, apareció la red a flor de agua.

Sin embargo no había cogido pez alguno, ni monstruo, ni nada pavoroso; sólo una sirenita que estaba profundamente dormida.....


domingo, 7 de diciembre de 2014

VIDEO - JOSÉ MUJICA

CUENTO 12 - DÉCIMO

EN NAZARET
Selma Lagerlöff

Cuando Jesús tenía cinco años, hallábase una vez sentado en el umbral del taller de su padre, ocupado en hacer figurillas de barro con un trozo de blanda arcilla que le había regalado el cacharrero de enfrente.
Estaba Jesús más satisfecho que nunca, pues todos los niños del barrio le habían contado que el cacharrero era un hombre brusco que no se dejaba conquistar ni con miradas suplicantes ni con melosas zalamerías, por cuyo motivo no había osado manifestarle un solo ruego. Pero, ved, ¡apenas si sabía él mismo cómo había sucedido aquello! El caso es que hallándose en la puerta de su casa mirando con ojos anhelantes cómo trabajaba sus moldes, el vecino salió de su taller y le regaló tanta arcilla, que bastaba para hacer con ella una gran jarra de las que se emplean para el envase del vino.
Junto a la escalera de la casa próxima estaba sentado Judas, un muchacho feo y pelirrojo, con la cara llena de manchas blanquecinas y los vestidos llenos de desgarrones que se había hecho en sus continuas peleas con los chicos de la calle. Por el momento estaba tranquilo; no importunaba a nadie ni se peleaba con ningún chico, y, como Jesús, estaba ocupado con un trozo de arcilla.
Pero esta arcilla no había podido procurársela él, pues apenas si se atrevía a pasar por delante de la casa del cacharrero, quien se quejaba siempre de que Judas tiraba piedras a su quebradiza mercancía y seguramente le habría echado a palos; pero Jesús había partido con él su provisión.
Las figurillas que iban modelando las colocaban ambos niños en torno a él. Tenían el mismo aspecto que todas las figurillas de barro de todos los tiempos. En lugar de pies tenían una gran bola de barro, y, en la espalda, unas alas apenas perceptibles y una cola insignificante.
Pero, de todos modos, se observaba en seguida una diferencia en el trabajo de los dos compañeros.
Los pájaros de Judas eran tan desequilibrados que no lograban mantenerse en pie, y por más esfuerzos que hacía con sus menudos y duros dedos, no lograba dar a sus cuerpos una forma bella y presentable. A veces miraba a hurtadillas hacia Jesús para ver cómo hacía sus pájaros, tan regulares y lisos como las hojas de las encinas de los bosques del monte Tabor.
A medida que terminaba sus pajarillos, Jesús iba alegrándose más y más. Cada uno le parecía más bonito que el otro, y los contemplaba lleno de orgullo y de amor. Serían sus compañeros de juego, sus pequeños hermanitos, y debían dormir en su camita, hacerle compañía, cantarle su cariño en ausencia de su madre.
Jamás se había creído tan rico nunca volvería a sentirse solo y abandonado.
Un corpulento aguador pasó por delante, inclinado bajo el peso de su pesada cuba, y tras él siguió un vendedor de legumbres, balanceándose sobre el lomo de su asno, entre dos grandes cestas de sauce, vacías ya. El aguador puso su mano sobre la cabeza de dorados rizos de Jesús, y le preguntó por sus pájaros. Jesús le contó que tenían nombre y que podían cantar. Todos sus pajarillos habían venido volando hacia él desde lejanos países y le contaban infinitas cosas de las que sólo ellos y él sabían algo. Y Jesús hablaba de tal manera que el aguador y el verdulero olvidaron su trabajo, durante un largo rato, para escucharle.
Mas cuando iban a marcharse, Jesús les señaló a Judas:
— ¡Mirad qué pájaros más bonitos hace Judas!
Entonces el verdulero detuvo bondadosamente su asno, y preguntó a Judas si sus pájaros tenían también nombre y podían cantar.
Pero Judas, no sabiendo qué contestar, calló obstinadamente y no levantó la mirada de su trabajo, de modo que el verdulero le aplastó, disgustado, uno de los pájaros, y siguió su camino.
Y así pasó la tarde. El sol se hallaba en su ocaso y su brillo penetraba por la baja puerta de la ciudad, que se hallaba adornada con un águila romana y que se levantaba al final de la calleja. Este resplandor que llegaba con el crepúsculo era de un color rosa vivo; y como si estuviera mezclado con sangre bañaba en su color todo lo que se ponía en su camino, al atravesar la estrecha callejuela. Lo mismo bañaba los platos y jarros del cacharrero, que la tabla que chirriaba bajo los dientes de la sierra de José o el blanco velo que cubría el rostro de María.
Pero donde más bellamente fulguraba el sol era en los pequeños charcos que se habían formado entre los desiguales adoquines del empedrado de la calle. Y, de repente, metió Jesús su manita en el charco que tenía más próximo. Se le había ocurrido pintar sus pajarillos grises con el fulgurante resplandor solar que había revestido de tan bellos matices el agua, los muros de las casas y todo cuanto alcanzaban sus rayos.
Y el brillo del sol tuvo un gran placer en dejarse extraer, como pintura de un cubo, y cuando Jesús revistió con ella sus pajarillos de barro, quedaron éstos envueltos de pies a cabeza con un brillo diamantino.
Judas, que de vez en cuando lanzaba una mirada a Jesús para ver si éste hacía más bellos pájaros y en mayor cantidad que él mismo, lanzó un grito de admiración al ver que Jesús revestía sus pajarillos con el brillo solar que tomaba de los charcos de la calleja.
Y también Judas sumergió su menuda mano en la fulgurante agua, intentando extraer igualmente el brillo del sol.
Pero el dorado resplandor no se dejó coger por él. Se le escapaba entre los dedos y por más que movía sus manos para cazarle no le era posible retener ni una pizca de resplandor para sus pobres pajarillos.
— ¡Espera, Judas! —Exclamó Jesús—. Ahora voy a pintarte los pájaros.
— No —dijo Judas—, no quiero que los toques, están bien así.
Se levantó, frunció las cejas y se mordió los labios. Entonces fue colocando su ancho pie sobre los pájaros y los pisoteo uno tras otro, convirtiéndolos en un informe montón de barro.
Cuando hubo destruido así todos sus pájaros, se acercó a Jesús, que acariciaba a los suyos, resplandecientes como joyas.
Judas los contempló silencioso durante un rato, después alzó un pie y aplastó uno de ellos.
Cuando Judas retiró el pie y vio el menudo pajarillo transformado en un bulto grisáceo de barro, sintió tal alivio que empezó a reír y levantó el pie para aplastar otro.
— ¡Judas! —Exclamó Jesús—. ¿Qué estás haciendo? ¿No sabes que viven y pueden cantar?
Pero Judas rióse, y aplastó otro pajarillo.
Jesús buscó auxilio en torno suyo. Judas era más corpulento y fuerte y Jesús no tenía fuerza para retenerle. Miró hacia su madre, pero ésta se hallaba bastante alejada y antes de que hubiera tenido tiempo de llegar, Judas habría conseguido aplastar todos sus pajarillos.
Los ojos de Jesús se llenaron de lágrimas. Ya había destruido Judas cuatro de sus pájaros y no le quedaban más que tres.
Y le apenó ver que sus pájaros siguieran allí tan tranquilos y se dejaran aplastar sin huir del peligro.
Jesús palmoteó con sus manitas para despertarlos y les gritó:
— ¡Volad, volad!
Entonces los tres pajarillos empezaron a agitar sus alitas y temerosos volaron hacia el alero del tejado.
Cuando Judas vio que los pajarillos agitaron las alas y volaron al conjuro de Jesús, se puso a llorar amargamente.
Se mesó los cabellos como había visto hacer a las personas mayores dominadas por la desesperación, y se echó a los pies de Jesús.
Y Judas permaneció ante Jesús revolcándose en el polvo como un perro, besándole sus pies y conjurándole para que levantara el pie y le aplastara como él había hecho con sus pajarillos de barro, pues Judas amaba a Jesús; le admiraba y le odiaba al mismo tiempo.
María, que había observado el juego de los niños, levantó a Judas del suelo y le acarició.
— ¡Pobre niño! —le dijo—. Tú no sabes que has intentado hacer algo que no puede realizar ninguna criatura viviente. Que no se te vuelva a ocurrir hacer lo mismo si no quieres ser el más desgraciado de los hombres

¡Qué suerte correría a aquel de entre nosotros que osara rivalizar con el que puede pintar con brillo de sol y vivificar el muerto barro con el hálito de la vida!

martes, 2 de diciembre de 2014

CUENTO 13 - TERCERO BGU

LOS NADIE
Eduardo Galeano
Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de los nadies, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

domingo, 30 de noviembre de 2014

CUENTO 11 - DÉCIMO DE BASICA - EL PETIRROJO

EL PETIRROJO
Selma Lagerlöf

            Era en el tiempo en que Nuestro Señor creó no sólo el cielo y la tierra, sino también todos los animales y plantas, a los cuales dio nombre al mismo tiempo.
            De aquella época podrían contarse muchas historias, y si todas se conocieran se nos aclararían muchas cosas del mundo, que ahora no podemos comprender.
Sucedió un día que hallándose Nuestro Señor en el paraíso pintando los pájaros, se le agotaron los colores de la paleta, de modo que el jilguero hubiese quedado incoloro de no darse la casualidad de que el buen Dios no había limpiado aún todos sus pinceles.
            Fue también entonces cuando Dios doté al asno de unas largas orejas, por su dificultad en retener su nombre. Lo olvidó apenas hubo dado unos pasos por las vegas del Paraíso, y tres veces viose obligado a volver a preguntar cuál era su nombre. Así es que Dios, un poquito impaciente, lo tomó por ambas orejas, y le dijo:
—Tu nombre es: burro, burro, burro.
            Y mientras así hablaba fue estirando las orejas del asno, de modo que éstas fueron creciendo a fin de que oyera mejor y no olvidase lo que se le decía.
            El mismo día tuvo que imponer un castigo a la abeja. Apenas fue creada ésta comenzó a acumular miel. Y cuando el hombre y los animales percibieron su aroma delicado acudieron para probarla. Pero la abeja quiso guardarla toda para sí y echaba a todos los que se acercaban al panal, a fuerza de picarles con su venenoso aguijón. Viéndolo Dios, llamó inmediatamente a la abeja para imponerle un castigo,
—Te he dotado de la facultad de acumular miel
—dijo Nuestro Señor—, que es el producto más dulce de la creación; pero no te he concedido el derecho de ser dura con tus prójimos. Así, pues, no olvides que toda abeja que pique a alguien que quiera probar su miel, expiará con la vida la picadura.
            Sí; esto sucedió el día en que el grillo se tomó ciego y la hormiga perdió sus alitas. ¡Sucedieron tantas cosas curiosas aquel día!,
            Dios lo pasó sentado, majestuoso y amable en su trono, crea que te crea, animándolo todo con su hálito, y hacia el fin de la tarde se le ocurrió crear todavía un pequeño pajarillo gris.
— ¡Te llamarás petirrojo! —dijo Dios al pajarillo, cuando lo tuvo terminado. Y colocándole sobre la palma de la mano, lo dejó volar.
            Y cuando el pajarillo hubo revoloteado durante un rato, contemplando la hermosa tierra donde tenía que vivir, le entraron ganas de contemplarse a sí mismo. Entonces observó que era completamente gris, y su pecho, por consiguiente, del mismo color que el resto de su cuerpo. El petirrojo volvíase y revolvíase mirando en el agua; pero en vano: ni una sola pluma colorada descubrió en sí mismo.
            Y el pajarillo volvió presuroso junto a Nuestro Señor. Dios permanecía sentado, bondadoso y amable en su trono. De sus manos se desprendían mariposas que revoloteaban en torno a su cabeza, las palomas gorjeaban en sus hombros y en torno suyo brotaban de la tierra rosas, azucenas y margaritas.
            El corazón del pajarillo palpitó violentamente, lleno de miedo, pero, trazando airosos círculos, fuese acercando más y más a Dios, hasta que se posó en su mano.
            Entonces el Padre celestial inquirió qué deseaba y el pajarillo contestó:
— Quería preguntarte una cosa.
¿Qué deseas saber?
— ¿Por qué llamarme petirrojo si desde el pico a la punta de la cola soy completamente gris? ¿Por qué llamarme petirrojo si no tengo la menor mancha roja en mi cuerpo?
            Y el pajarillo, con sus grandes ojos negros y suplicantes, miró al Señor, moviendo la cabecita de un lado para otro. En torno suyo veía faisanes de purpúreo plumaje salpicado ligeramente de oro, papagayo con tupidas gorgueras rojas, gallos con crestas encarnadas, mariposas, peces de colores y rosas que surgían por doquier.
Y pensaba el pajarillo:
­­­— ¡Me falta tan poco, siquiera fuese una gotita de color en el pecho para convertirme en un hermoso pájaro y con aspecto adecuado al nombre! ¿Por qué he de llamarme petirrojo si soy completamente gris?
Una vez hubo hablado así, el pajarillo esperó a que el buen Dios le dijera:
— Ay, amiguito, advierto he olvidado pintar de rojo las plumas de tu pecho; espera, que esto es cosa de un momento.
Pero Nuestro Señor limitóse a sonreír amablemente, y dijo:
­— Te he llamado petirrojo, y petirrojo te llamarás, pero tú mismo tienes que proceder a ganarte las plumas rojas del pecho.
            Y el buen Dios alzó la mano y nuevamente lo envió al mundo.
            El pajarillo voló pensativo por el Paraíso. ¿Cómo iba, un pajarillo tan pequeño como él, a ganarse las plumas encarnadas?
            De lo único de que se vio capaz fue de elegir su nido en un zarzal. Entre las espinas del tupido arbusto edificó su nido. Parecía esperar que una hoja de rosa se adhiriera a su cuello y le cediera su color.
            Había transcurrido un tiempo infinitamente largo desde aquel día, que fue el más fausto de todos los días de la tierra. Desde entonces hombres y animales abandonaron el paraíso esparciéndose por el mundo. Y los hombres habían adelantado de tal modo que sabían labrar la tierra y navegar por los mares; fabricaban vestidos y objetos de adorno y hacía tiempo que habían aprendido a edificar amplios templos y grandes ciudades como Tebas, Roma y Jerusalén.
            Y amaneció un nuevo día que no se olvidará nunca en la historia del mundo. En la mañana de aquel día se hallaba sentado un petirrojo en una colina pegada, en las cercanías de los muros de la ciudad de Jerusalén, divirtien con su canto a sus pequeñuelos, que descansaban en su nido en el bajo matorral.
            El petirrojo narraba a sus pequeñuelos lo que había sucedido el día de la creación y les hablaba de la distribución de nombres, como venía contándolo desde entonces cada petirrojo a sus pequeños.
—Ya lo veis— terminó diciendo tristemente—, tantos años transcurridos desde el día de la creación, tantas rosas marchitas, tantos pajarillos, tantos, que nadie podría contarlos, y, sin embargo, los petirrojos siguen siendo grises. Todavía no han conseguido ganarse la manchita colorada.
            Los pequeñuelos abrieron desmesuradamente los piquitos y preguntaron si sus antepasados no se habían esforzado en realizar algún hecho heroico para conseguir la conquista del precioso color encarnado.
—Todos hemos hecho lo que hemos podido—cantó el pajarillo—, pero ninguno de nosotros ha tenido éxito alguno.
            Apenas el primer petirrojo advirtió a otro pajarillo, que era su fiel retrato, empezó a amarle con todo el ardor que sentía en su pecho.
— ¡Ah! —pensó—. Ahora lo comprendo todo. El buen Dios cree que debo amar con tal ardor que la llama amorosa sea capaz de teñir el plumaje de mi pecho. Pero no lo consiguió, como después de él tampoco lo consiguió ninguno ni tampoco vosotros lo conseguiréis.
            Los menudos pajarillos gorjearon afligidos, al pensar que jamás el color rojo teñiría las plumitas de su pecho.
— También habíamos confiado en nuestro canto—relató viejo pajarillo en largos trinos y sostenidos gorjeos.
Ya el primer petirrojo cantaba tan bien, que su pecho llenaba de entusiasmo y esperanza.
— ¡Ah! —. Las plumas de mi pecho se teñirán por el ardor de mi canto entusiasta.
            Pero no lo consiguió, como ninguno lo ha conseguido ni tampoco vosotros lo conseguiréis.
            De nuevo fluyó un gorjeo quejumbroso de las pequeñas gargantas medio peladas de los jóvenes pajarillos.
—Confiamos, además, en nuestro atrevimiento y en nuestra valentía —continuó el pájaro—.      Ya el primer petirrojo luchó como un valiente con otros pájaros y su pecho ardía de entusiasmo belicoso.
            Las plumas de su pecho se tiñeron en el ardor de la pelea; pero no lo consiguió después ninguno, ni vosotros lo conseguiréis.
            Los pequeñuelos gorjearon llenos de confianza que, a pesar de todo, tratarían de alcanzar el anhelado premio; pero el pájaro les respondió afligido que aquello era imposible. ¿Cómo iban a alcanzarlo, si otros antepasados famosos no habían podido conseguirlo? ¿Qué más podrían hacer ellos que amar, cantar y batallar? ¿Qué iban a...? El pájaro no acabó su frase, pues por la puerta de Jerusalén se acercaba una multitud hacia la colina donde se hallaba el nido de los pájaros.
            Se aproximaban caballeros en briosos corceles, guerreros con largas lanzas, ayudantes del verdugo con clavos y martillos, sacerdotes y jueces avanzaban con paso solemne, mujeres que sollozaban y, tras todos ellos, una masa de pueblo bajo y salvaje, de vagabundos repugnantes que bailaban y chillaban.
            El pajarillo gris hallábase, tímido, al borde de su nido. A cada momento temía que aplastaran el débil zarzal en que se refugiaba y que mataran a sus pequeñuelos.
Tened cuidado —gorjeó para prevenir a los inermes pajarillos—. Apretaos unos contra otros y no rechistéis. ¡Cuidado, que viene un caballo que va a pasar por encima de nosotros! Allí llega un soldado con sandalias claveteadas. Por allá avanza toda la horda salvaje.
            De pronto, el pajarillo detuvo sus exclamaciones, quedóse mudo e inmóvil, olvidando casi el peligro en que se hallaban y, finalmente, metióse en el nido y extendió las alitas sobre los pequeñuelos.
— ¡No, eso es demasiado terrible! —gorjeó—. Quiero evitaros esa visión. Allí van a ser crucificados tres malhechores. Y extendió sus alitas para que los pequeñuelos no pudieran verlo. Sólo percibieron atronadores martillazos, lamentos y el barullo del populacho furibundo.
            El petirrojo siguió con la vista el horrible espectáculo, y sus ojillos se dilataron por el espanto. No podía apartar su vista de los tres desdichados.
— ¡Cuán crueles son los hombres! —gorjeó al cabo de un rato—. No les basta clavar en la cruz a esos tres seres, sino que, además, le han puesto a uno de ellos corona de espinas.             Veo claramente manar sangre de su frente, herida por la corona. Y ese hombre es tan bello y mira tan dulcemente, que todo el mundo debiera amarle. A la vista de sus martirios parece que me traspasan el corazón con una flecha.
            La pena del pajarillo por el ajusticiado que llevaba la corona de espinas fue creciendo por momentos.
—Si yo fuera hermano del águila —pensó— arrancaría los clavos que perforan sus manos y con mis fuertes garras ahuyentaría a todos sus verdugos.
            El petirrojo vio cómo la sangre goteaba de la frente del crucificado, y no pudo permanecer más tiempo quieto.
—Aunque soy pequeño y débil, es preciso que haga algo por ese pobre mártir —gorjeó para sí.
            Y abandonó su nido y voló por los aires. Trazando amplios círculos dio varias vueltas en torno al crucificado sin acercarse a él, pues era un pajarillo tan tímido que nunca había osa do aproximarse a las personas. Pero, poco a poco, fue tomando ánimos hasta llegar a la cruz y con su menudo piquito sacó una de las espinas de la frente del crucificado.
            Y mientras esto hacía, salpicó una gota de sangre al pecho del pajarillo, tiñendo de color rojo el delicado plumaje de su garganta.
Y el crucificado abrió los labios y susurró al pajarillo:
—En premio a tu piedad has merecido lo que toda tu estirpe viene anhelando desde el día de la creación.
            Cuando el pajarillo volvió a su nido, le gorjearon sus pequeños: — ¡Tu pecho es rojo, las plumas de tu garganta son más rojas que las rosas!
—Esto no es más que una gota de sangre de la frente de ese desgraciado. Desaparecerá en cuanto me bañe en un arroyuelo o en una fuente —gorjeó el pajarillo por toda respuesta.

            Pero por más que el pajarillo sumergióse en el agua, el color no se borró de su pecho, y cuando crecieron sus pequeñuelos, brilló la mancha, roja como la sangre, en las plumitas de sus pechos, tal como brilla aún hoy día en el pecho de todo petirrojo.

viernes, 28 de noviembre de 2014

TRABAJO DE RECUPERACIÓN . DÉCIMOS DE BÁSICA

1. Escoja 50 palabras con dificultad de comprensión del libro El psíquico y 50 del libro Raffles manos de seda, escriba el significado, un sinónimo y una oración con cada una.

Haga el trabajo en una hoja de papel ministro las palabras, significados, sinónimos y oraciones del libro 1 y en otra del libro 2.

2. Lea el texto "El pie del diablo" parte 1, 2, 3 y 4 y haga todos los talleres que presenta el libro en las páginas 52, 53, 61, 65 y 71.
Haga el trabajo en hojas de la carpeta, copie todas las preguntas y contéstelas, todas.
Realice el trabajo de forma individual.

3. Haga una investigación sobre los escritores del género policial, escoja a los tres más representativos escriba su biografía, listado de obras y escriba el resumen de una que usted escoja.

Haga el trabajo en hojas de carpeta.
La biografía , el listado de obras y el resumen es por cada escritor.

NOTA: El trabajo 1 es obligatorio para todos los y las estudiantes y los trabajos 1, 2 y 3 son obligatorios para todos los y las estudiantes que tienen promedios inferiores a 7.
Los trabajos deben ser entregados el día miércoles 3 de diciembre, en una carpeta membretada.

RECUPERACIÓN - TERCERO BGU "A"

1. Lectura de libro la multitud errante
2. Haga una lista de las palabras de difícil comprensión, cópielas en una hoja, escriba su significado y un sinónimo de cada una
3. La evaluación es el día martes.

domingo, 23 de noviembre de 2014

CUENTO 12 - TERCERO BGU


LA MAÑANA VERDE
Ray Bradbury
Cuando el sol se puso, el hombre se acuclilló junto al sendero y preparó una cena frugal y escuchó el crepitar de las llamas mientras se llevaba la comida a la boca y masticaba con aire pensativo. Había sido un día no muy distinto de otros treinta, con muchos hoyos cuidadosamente cavados en las horas del alba, semillas echadas en los hoyos, y agua traída de los brillantes canales. Ahora, con un cansancio de hierro en el cuerpo delgado, yacía de espaldas y observaba cómo el color del cielo pasaba de una oscuridad a otra.
Se llamaba Benjamín Driscoll, tenía treinta y un años, y quería que Marte creciera verde y alto con árboles y follajes, produciendo aire, mucho aire, aire que aumentaría en cada temporada. Los árboles refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, los árboles pararían los vientos del invierno. Un árbol podía hacer muchas cosas: dar color, dar sombra, fruta o convertirse en paraíso para los niños; un universo aéreo de escalas y columpios, una arquitectura de alimento y de placer, eso era un árbol. Pero los árboles, ante todo, destilaban un aire helado para los pulmones y un gentil susurro para los oídos, cuando uno está acostado de noche en lechos de nieve y el sonido invita dulcemente a dormir.
Benjamín Driscoll escuchaba cómo la tierra oscura se recogía en sí misma, en espera del sol y las lluvias que aún no habían llegado. Acercaba la oreja al suelo y escuchaba a lo lejos las pisadas de los años e imaginaba los verdes brotes de las semillas sembradas ese día; los brotes buscaban apoyo en el cielo, y echaban rama tras rama hasta que Marte era un bosque vespertino, un huerto brillante.
En las primeras horas de la mañana, cuando el pálido sol se elevase débilmente entre las apretadas colinas, Benjamín Driscoll se levantaría y acabaría en unos pocos minutos con un desayuno ahumado, aplastaría las cenizas de la hoguera y empezaría a trabajar con los sacos a la espalda, probando, cavando, sembrando semillas y bulbos, apisonando levemente la tierra, regando, siguiendo adelante, silbando, mirando el cielo claro cada vez más brillante a medida que pasaba la mañana.
-Necesitas aire -le dijo al fuego nocturno.
El fuego era un rubicundo y vivaz compañero que respondía con un chasquido, y en la noche helada dormía allí cerca, entornando los ojos, sonrosados, soñolientos y tibios.
-Todos necesitamos aire. Hay aire enrarecido aquí en Marte. Se cansa uno tan pronto... Es como vivir en la cima de los Andes. Uno aspira y no consigue nada. No satisface.
Se palpó la caja del tórax. En treinta días, cómo había crecido. Para que entrara más aire había que desarrollar los pulmones o plantar más árboles.
-Para eso estoy aquí -se dijo. El fuego le respondió con un chasquido-. En las escuelas nos contaban la historia de Juanito Semillasdemanzana, que anduvo por Estados Unidos plantando semillas de manzanos. Bueno, pues yo hago más. Yo planto robles, olmos, arces y toda clase de árboles; álamos, cedros y castaños. No pienso sólo en alimentar el estómago con fruta, fabrico aire para los pulmones. Cuando estos árboles crezcan algunos de estos años, ¡cuánto oxígeno darán!
Recordó su llegada a Marte. Como otros mil paseó los ojos por la apacible mañana y se dijo:
-¿Qué haré yo en este mundo? ¿Habrá trabajo para mí?
Luego se había desmayado.
Volvió en sí, tosiendo. Alguien le apretaba contra la nariz un frasco de amoníaco.
-Se sentirá bien en seguida -dijo el médico.
-¿Qué me ha pasado?
-El aire enrarecido. Algunos no pueden adaptarse. Me parece que tendrá que volver a la Tierra.
-¡No!
Se sentó y casi inmediatamente se le oscurecieron los ojos y Marte giró dos veces debajo de él. Respiró con fuerza y obligó a los pulmones a que bebieran en el profundo vacío.
-Ya me estoy acostumbrando. ¡Tengo que quedarme!
Lo dejaron allí, acostado, boqueando horriblemente, como un pez. «Aire, aire, aire -pensaba-. Me mandan de vuelta a causa del aire.» Y volvió la cabeza hacia los campos y colinas marcianos, y cuando se le aclararon los ojos vio en seguida que no había árboles, ningún árbol, ni cerca ni lejos. Era una tierra desnuda, negra, desolada, sin ni siquiera hierbas. Aire, pensó, mientras una sustancia enrarecida le silbaba en la nariz. Aire, aire. Y en la cima de las colinas, en la sombra de las laderas y aun a orillas de los arroyos, ni un árbol, ni una solitaria brizna de hierba. ¡Por supuesto! Sintió que la respuesta no le venía del cerebro, sino de los pulmones y la garganta. Y el pensamiento fue como una repentina ráfaga de oxígeno puro, y lo puso de pie. Hierba y árboles. Se miró las manos, el dorso, las palmas. Sembraría hierba y árboles. Ésa sería su tarea, luchar contra la cosa que le impedía quedarse en Marte. Libraría una privada guerra hortícola contra Marte. Ahí estaba el viejo suelo, y las plantas que habían crecido en él eran tan antiguas que al fin habían desaparecido. Pero ¿y si trajera nuevas especies? Árboles terrestres, grandes mimosas, sauces llorones, magnolias, majestuosos eucaliptos. ¿Qué ocurriría entonces? Quién sabe qué riqueza mineral no ocultaba el suelo, y que no asomaba a la superficie porque los helechos, las flores, los arbustos y los árboles viejos habían muerto de cansancio.
-¡Permítanme levantarme! -gritó-. ¡Quiero ver al coordinador!
Habló con el coordinador de cosas que crecían y eran verdes, toda una mañana. Pasarían meses, o años, antes de que se organizasen las plantaciones. Hasta ahora, los alimentos se traían congelados desde la Tierra, en carámbanos volantes, y unos pocos jardines públicos verdeaban en instalaciones hidropónicas.
-Entretanto, ésta será su tarea -dijo el coordinador-. Le entregaremos todas nuestras semillas; no son muchas. No sobra espacio en los cohetes por ahora. Además, estas primeras ciudades son colectividades mineras, y me temo que sus plantaciones no contarán con muchas simpatías.
-¿Pero me dejarán trabajar?
Lo dejaron. En una simple motocicleta, con la caja llena de semillas y retoños, llegó a este valle solitario, y echó pie a tierra.
Eso había ocurrido hacía treinta días, y nunca había mirado atrás. Mirar atrás hubiera sido descorazonarse para siempre. El tiempo era excesivamente seco, parecía poco probable que las semillas hubiesen germinado. Quizá toda su campaña, esas cuatro semanas en que había cavado encorvado sobre la tierra, estaba perdida. Clavaba los ojos adelante, avanzando poco a poco por el inmenso valle soleado, alejándose de la primera ciudad, aguardando la llegada de las lluvias.
Mientras se cubría los hombros con la manta, vio que las nubes se acumulaban sobre las montañas secas. Todo en Marte era tan imprevisible como el curso del tiempo. Sintió alrededor las calcinadas colinas, que la escarcha de la noche iban empapando, y pensó en la tierra del valle, negra como la tinta, tan negra y lustrosa que parecía arrastrarse y vivir en el hueco de la mano, una tierra fecunda en donde podrían brotar unas habas de larguísimos tallos, de donde caerían quizás unos gigantes de voz enorme, dándose unos golpes que le sacudirían los huesos.
El fuego tembló sobre las cenizas soñolientas. El distante rodar de un carro estremeció el aire tranquilo. Un trueno. Y en seguida un olor a agua.
«Esta noche -pensó. Y extendió la mano para sentir la lluvia-. Esta noche.»
Lo despertó un golpe muy leve en la frente.
El agua le corrió por la nariz hasta los labios. Una gota le cayó en un ojo, nublándolo. Otra le estalló en la barbilla.
La lluvia.
Fresca, dulce y tranquila, caía desde lo alto del cielo como un elíxir mágico que sabía a encantamientos, estrellas y aire, arrastraba un polvo de especias, y se le movía en la lengua como raro jerez liviano.
Se incorporó. Dejó caer la manta y la camisa azul. La lluvia arreciaba en gotas más sólidas. Un animal invisible danzó sobre el fuego y lo pisoteó hasta convertirlo en un humo airado. Caía la lluvia. La gran tapa negra del cielo se dividió en seis trozos de azul pulverizado, como un agrietado y maravilloso esmalte, y se precipitó a tierra. Diez mil millones de diamantes titubearon un momento y la descarga eléctrica se adelantó a fotografiarlos. Luego oscuridad y agua.
Calado hasta los huesos, Benjamín Driscoll se reía y se reía mientras el agua le golpeaba los párpados. Aplaudió, y se incorporó, y dio una vuelta por el pequeño campamento, y era la una de la mañana.
Llovió sin cesar durante dos horas. Luego aparecieron las estrellas, recién lavadas y más brillantes que nunca.
El señor Benjamín Driscoll sacó una muda de ropa de una bolsa de celofán, se cambió, y se durmió con una sonrisa en los labios.
El sol asomó lentamente entre las colinas. Se extendió pacíficamente sobre la tierra y despertó al señor Driscoll.
No se levantó en seguida. Había esperado ese momento durante todo un interminable y caluroso mes de trabajo, y ahora al fin se incorporó y miró hacia atrás.
Era una mañana verde.
Los árboles se erguían contra el cielo, uno tras otro, hasta el horizonte. No un árbol, ni dos, ni una docena, sino todos los que había plantado en semillas y retoños. Y no árboles pequeños, no, ni brotes tiernos, sino árboles grandes, enormes y altos como diez hombres, verdes y verdes, vigorosos y redondos y macizos, árboles de resplandecientes hojas metálicas, árboles susurrantes, árboles alineados sobre las colinas, limoneros, tilos, pinos, mimosas, robles, olmos, álamos, cerezos, arces, fresnos, manzanos, naranjos, eucaliptos, estimulados por la lluvia tumultuosa, alimentados por el suelo mágico y extraño, árboles que ante sus propios ojos echaban nuevas ramas, nuevos brotes.
-¡Imposible! -exclamó el señor Driscoll.
Pero el valle y la mañana eran verdes.
¿Y el aire?
De todas partes, como una corriente móvil, como un río de las montañas, llegaba el aire nuevo, el oxígeno que brotaba de los árboles verdes. Se podía ver brillando en las alturas, en oleadas de cristal. El oxígeno, fresco, puro y verde, el oxígeno frío que transformaba el valle en un delta frondoso. Un instante después las puertas de las casas se abrirían de par en par y la gente se precipitaría en el milagro nuevo del oxígeno, aspirándolo en bocanadas, con mejillas rojas, narices frías, pulmones revividos, corazones agitados, y cuerpos rendidos animados ahora en pasos de baile.
Benjamín Driscoll aspiró profundamente una bocanada de aire verde y húmedo, y se desmayó.

Antes de que despertara de nuevo, otros cinco mil árboles habían subido hacia el sol amarillo.

sábado, 22 de noviembre de 2014

TEXTO 11 - TERCERO BGU

EXPOSICIÓN
Cacique Guaicaipuro Cuatemoc
Discurso del cacique mexicano Guaicaipuro Cuatemoc ante la reunión de Jefes de Estado de la Comunidad Europea, el 8 de febrero de 2002.
Aquí pues yo, Guaicaipuro Cuatemoc, he venido a encontrar a los que celebran el encuentro.
Aquí pues yo, descendiente de los que poblaron la América hace cuarenta mil años, he venido a encontrar a los que la encontraron hace sólo quinientos años.
Aquí pues, nos encontramos todos. Sabemos lo que somos, y es bastante. Nunca tendremos otra cosa.
El hermano aduanero europeo me pide papel escrito con visa para poder descubrir a los que me descubrieron.
El hermano usurero europeo me pide pago de una deuda contraída por Judas, a quien nunca autoricé a venderme.
El hermano leguleyo europeo me explica que toda deuda se paga con intereses aunque sea vendiendo seres humanos y países enteros sin pedirles consentimiento.
Yo los voy descubriendo.
También yo puedo reclamar pagos y también puedo reclamar intereses. Consta en el Archivo de Indias, papel sobre papel, recibo sobre recibo y firma sobre firma, que solamente entre el año 1503 y 1660 llegaron a San Lucas de Barrameda 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata provenientes de América.
¿Saqueo? ¡No lo creyera yo! Porque sería pensar que los hermanos cristianos faltaron a su Séptimo Mandamiento.
¿Expoliación? ¡Guárdeme Tanatzin de figurarme que los europeos, como Caín, matan y niegan la sangre de su hermano!
¿Genocidio? Eso sería dar crédito a los calumniadores, como Bartolomé de las Casas, que califican al encuentro como de destrucción de las Indias, o a ultrosos como Arturo Uslar Pietri, que afirma que el arranque del capitalismo y la actual civilización europea se deben a la inundación de metales preciosos!
¡No! Esos 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata deben ser considerados como el primero de muchos otros préstamos amigables de América, destinados al desarrollo de Europa. Lo contrario sería presumir la existencia de crímenes de guerra, lo que daría derecho no sólo a exigir la devolución inmediata, sino la indemnización por daños y perjuicios.
Yo, Guaicaiputo Cuatemoc, prefiero pensar en la menos ofensiva de estas hipótesis. Tan fabulosa exportación de capitales no fueron más que el inicio de un plan "MarshallTesuma" para garantizar la reconstrucción de la bárbara Europa, arruinada por sus deplorables guerras contra los cultos musulmanes, creadores del álgebra, la poligamia, el baño cotidiano y otros logros superiores de la civilización.
Por eso, al celebrar el Quinto Centenario del Empréstito, podremos preguntarnos:
¿Han hecho los hermanos europeos un uso racional, responsable o por lo menos productivo de los fondos tan generosamente adelantados por el Fondo Indoamericano Internacional?
Deploramos decir que no.
En lo estratégico, lo dilapidaron en las batallas de Lepanto, en armadas invencibles, en terceros reichs y otras formas de exterminio mutuo, sin otro destino que terminar ocupados por las tropas gringas de la OTAN, como en Panamá, pero sin canal.
En lo financiero, han sido incapaces, después de una moratoria de 500 años, tanto de cancelar el capital y sus intereses, cuanto de independizarse de las rentas líquidas, las materias primas y la energía barata que les exporta y provee todo el Tercer Mundo.
Este deplorable cuadro corrobora la afirmación de Milton Friedman según la cual una economía subsidiada jamás puede funcionar y nos obliga a reclamarles, para su propio bien, el pago del capital y los intereses que, tan generosamente, hemos demorado todos estos siglos en cobrar. Al decir esto, aclaramos que no nos rebajaremos a cobrarle a nuestros hermanos europeos las viles y sanguinarias tasas del 20 y hasta el 30 por ciento de interés, que los hermanos europeos le cobran a los pueblos del Tercer Mundo. Nos limitaremos a exigir la devolución de los metales preciosos adelantados, más el módico interés fijo del 10 por ciento, acumulado sólo durante los últimos 300 años, con 200 años de gracia. Sobre esta base, y aplicando la fórmula europea del interés compuesto, informamos a los descubridores que nos deben, como primer pago de su deuda, una masa de 185 mil kilos de oro y 16 millones de plata, ambas cifras elevadas a la potencia de 300.
Es decir, un número para cuya expresión total, serían necesarias más de 300 cifras, y que supera ampliamente el peso total del planeta Tierra. Muy pesadas son esas moles de oro y plata.
¿Cuánto pesarían, calculadas en sangre?
Aducir que Europa, en medio milenio, no ha podido generar riquezas suficientes para cancelar ese módico interés, sería tanto como admitir su absoluto fracaso financiero y/o la demencial irracionalidad de los supuestos del capitalismo. Tales cuestiones metafísicas, desde luego, no nos inquietan a los indoamericanos.
Pero sí exigimos la firma de una Carta de Intención que discipline a los pueblos deudores del Viejo Continente, y que los obligue a cumplir su compromiso mediante una pronta privatización o reconversión de Europa, que les permita entregárnosla entera, como primer pago de la deuda histórica...


CUENTO 10 - DÉCIMO DE BÁSICA

LA OBRA DE ARTE
Anton Chejov

       Sacha Smirnov, hijo único, entró con mustio semblante en la consulta del doctor Kochelkov. Debajo del brazo llevaba un paquete envuelto en el número 223 de Las noticias de la Bolsa.
—¡Hola, jovencito! ¿Qué tal te encuentras? ¿Qué se cuenta de bueno? —le preguntó, afectuosamente, el médico.
       Sacha empezó a parpadear y, llevándose la mano al corazón, dijo con voz temblorosa y agitada:
—Mi madre, Iván Nikolaevich, me rogó que lo saludara en su nombre y le diera las gracias... Yo soy su único hijo, y usted me salvó la vida..., me curó de una enfermedad peligrosa..., y ninguno de los dos sabemos cómo agradecérselo.
—Está bien, está bien, joven —lo interrumpió el médico, derritiéndose de satisfacción—. Sólo hice lo que cualquiera hubiese hecho en mi lugar.
—Soy el único hijo de mi madre... Somos gente pobre y, naturalmente, no podemos pagarle el trabajo que se ha tomado, pero... por eso mismo estamos muy avergonzados... y le rogamos encarecidamente se digne aceptar, en señal de nuestro agradecimiento, esto que... es un objeto muy valioso, de bronce antiguo..., una verdadera obra de arte, muy rara...
—¡Para qué se ha molestado! No hacía falta —dijo el médico frunciendo el ceño.
—No, por favor, no lo rechace —prosiguió murmurando Sacha, mientras desenvolvía el paquete—. Si lo hace, nos ofenderá a mi madre y a mí. Es un objeto muy hermoso..., de bronce antiguo... Pertenecía a mi difunto padre y lo guardábamos como un recuerdo, casi como una reliquia... Mi padre se dedicaba a comprar objetos de bronce antiguos para venderlos a los aficionados. Ahora mi madre y yo seguiremos ocupándonos en lo mismo.
       Sacha acabó de desenvolver el paquete y colocó triunfalmente sobre la mesa el objeto en cuestión. Era un candelabro, no muy grande, pero efectivamente de bronce antiguo y de admirable labor artística. Un pedestal sostenía un grupo de figuras femeninas ataviadas como Eva, y en tales posturas que me encuentro incapaz de describirlas, tanto por falta de valor como del necesario temperamento. Las figuritas sonreían con coquetería, y todo en ellas atestiguaba claramente que, a no ser por la obligación que tenían de sostener una palmatoria, de buena gana habrían saltado del pedestal y organizado una juerga de tal categoría que sólo pensar en ella avergonzaría al lector.
       El médico contemplaba el regalo con aire preocupado, rascándose la oreja, y por fin emitió un sonido inarticulado, sonándose con gesto inseguro.
—Sí; es un objeto realmente hermoso —consiguió murmurar—, pero verá usted, no es del todo correcto... Eso no es precisamente un escote... Bueno, Dios sabe lo que es.
—Pero ¿por qué lo considera usted de ese modo?
—Porque ni el mismo diablo podía haber inventado nada peor... Colocar encima de mi mesa este objeto sería echar a perder la respetabilidad de la casa.
—Qué manera tan rara tiene usted de considerar el arte, doctor —exclamó Sacha, ofendido—. Pero mírelo usted bien. Se trata de una verdadera obra de arte. Hay en ella tal belleza y gracia que eleva nuestra alma y hace acudir lágrimas a nuestros ojos. ¡Fíjese qué movimiento, qué ligereza, cuánta expresión!
—Lo comprendo muy bien, querido —lo interrumpió el médico—. Pero debe darse cuenta de que yo soy padre de familia, mis hijitos andan de un lado para otro y vienen señoras a verme.
—Claro, mirándolo desde el punto de vista del vulgo —dijo Sacha—, este objeto de tanto valor artístico resulta completamente distinto... Pero usted, doctor, se halla tan por encima de la masa. Además, si lo rehúsa, nos apenará profundamente. Usted me salvó la vida..., y lo único que siento es no tener la pareja de este candelabro.
—Gracias, buen muchacho; le estoy muy agradecido. Salude a su madre, pero hágase cargo, palabra de honor, que por aquí andan mis niños y vienen señoras... ¡Bueno, qué se le va a hacer! ¡Déjelo! De todos modos no lograré hacerle comprender mi situación.
—No hay más que hablar —dijo Sacha muy alegre—: el candelabro se pondrá aquí, al lado de este jarrón. ¡La lástima es que no tenga la pareja! ¡Sí, es una verdadera pena! Bueno... ¡Adiós, doctor!
       Cuando se fue Sacha, el médico permaneció un buen rato rascándose la nuca con aire pensativo.
       "Es indiscutible que se trata de un objeto de arte —decía para sí—, y sería una pena tirarlo. Sin embargo, es imposible tenerlo en casa... ¡Vaya problema! ¿A quién podría regalarlo o qué favor podría pagar con él?"
Después de muchas cavilaciones recordó a su buen amigo el abogado Ujov, con quien se sentía en deuda por un asunto que le arregló.
       "Perfectamente —decidió el médico—; como es un gran amigo no me aceptará dinero y será necesario hacerle un regalo. Voy a llevarle este condenado candelabro. Precisamente es soltero y algo calavera."
       Y, sin esperar más, se vistió rápidamente, cogió el candelabro y se fue a ver a Ujov, a quien encontró casualmente en casa.
—¡Hola, amigo! —exclamó al entrar—. Vine para darte las gracias por las molestias que te tomaste conmigo, y como no quieres aceptar mi dinero, al menos acepta este objeto. Sí, querido amigo, se trata de un objeto valiosísimo...
       Al ver el candelabro, el abogado prorrumpió en exclamaciones de entusiasmo.
—¡Vaya un objeto! —exclamó el abogado, echándose a reír—. ¡Ni el mismo demonio sería capaz de inventar algo mejor! ¡Es estupendo! ¡Magnífico! ¿Dónde encontraste esta preciosidad?
       Después de exteriorizar así su entusiasmo, echó una mirada temerosa a la puerta, y dijo:
—Sólo que, hermano, por favor guarda tu regalo. No lo quiero.
—¿Por qué? —inquirió el médico, asustado.
—Pues porque... a mi casa suele venir mi madre y también los clientes... Incluso delante de la criada resultará algo molesto...
—¡Ni hablar! ¡No te atreverás a hacerme este desaire! —exclamó, gesticulando, el galeno—. Esto sería un feo por tu parte. Además, tratándose de una obra de arte..., y fíjate qué movimiento..., cuánta expresión. ¡No digas nada más o me enfado!
—Si al menos llevasen unas hojitas...
       Pero el médico no lo dejó continuar y empezó a hablar con gran vehemencia, gesticulando. Finalmente pudo irse contento a su casa por haberse deshecho del regalo.
En cuanto se marchó el doctor, el abogado se quedó contemplando el candelabro, le dio vueltas y más vueltas, palpándolo por todos lados, e, igual que su anterior dueño, estuvo cavilando sobre la misma cuestión. ¿Qué iba a hacer con aquel regalo?
       "Es una obra magnífica —pensaba—. Sería lástima tirarla, pero tampoco es posible guardarla. Lo mejor será regalarlo a alguien... ¿Y si lo llevara esta noche al cómico Schaschkin. A este sinvergüenza le gustan objetos de esta clase y, además, hoy tiene un festival benéfico..."
       Y dicho y hecho, por la noche envolvió el candelabro en un papel y lo envió al cómico Schaschkin.
       El camerino del artista estuvo lleno toda la tarde; a cada momento entraban hombres a contemplar el regalo: allí sólo se oía un rumor mezcla de exclamaciones y de risas, algo así como un relinchar. Cuando alguna de las artistas se acercaba a la puerta y preguntaba si podía entrar, en seguida se oía la voz ronca del cómico que gritaba:
—No chica, no. Estoy sin vestir.
       Después de aquel espectáculo, el cómico, alzando sus brazos y gesticulando, decía todo preocupado:
—Bueno, ¿y dónde meteré yo esta porquería de candelabro? Tengo un piso particular, pero es imposible llevarlo allí. Vienen a verme artistas, y esto no es una fotografía que se pueda esconder en el cajón de la mesa.
—Puede venderlo, señor —le aconsejó el peluquero, consolándolo—. No muy lejos de aquí vive una vieja que compra antigüedades... Pregunte por la Smirnova. Todo el mundo la conoce.
       El cómico siguió este consejo...
       Dos días más tarde, cuando el médico Kochelkov estaba sentado en su gabinete con la cabeza entre las manos y pensando en los ácidos biliares, se abrió la puerta de repente y entró en la habitación Sacha Smirnov. Sonreía resplandeciente de felicidad. Llevaba en las manos algo envuelto en un papel de periódico.
—¡Doctor! —exclamó todo sofocado—. ¡Figúrese qué alegría! Ha sido una suerte enorme para usted. Hemos encontrado la pareja de su candelabro... Mi madre está tan contenta... Usted me salvó la vida.
       Y Sacha, cuya voz temblaba de emoción, colocó delante del médico el candelabro. El médico abrió la boca, intentó decir algo, pero no pudo: su lengua estaba paralizada.


domingo, 16 de noviembre de 2014

TEXTO 10 - 3BGU

ADIÓS A LOS LOBOS
Ramiro Diez
A pesar del frío y de la nieve, Joe Deag  se levantó aquella mañana más temprano que de costumbre, revisó el poderoso fusil de mirilla telescópica preparado desde la noche anterior y, dando saltos para evitar algo del agua empozada, cruzó el patio de su granja.  Entonces trepó al helicóptero que lo esperaba con los motores encendidos.

El piloto gruñó, como saludando, y enseguida levantaron vuelo. Sobrevolaron el bosque, casi acariciando las copas de los árboles, haciendo cabriolas para seguir el curso de los riachuelos congelados, y a los pocos minutos el piloto salió de su mutismo y señaló a lo lejos. “Allá, Joe —gritó emocionado– esa sombra, detrás de los peñascos. ¡Son ellos!”

Un rápido viraje del timón enrumbó la nave hacia un claro del bosque. Allí, una loba gris jugueteaba con sus cuatro cachorros. Joe Deag enfiló su arma, contuvo la respiración, y disparó.

El primer balazo despedazó a uno de los lobeznos. La madre enfrentó todo el terror que le producía el rugir tenebroso de las aspas, e intentó poner a salvo a los sobrevivientes. Pero el segundo disparo, certero, en el vientre, fue para ella. Medio minuto después, los otros cachorros yacían sobre la nieve, casi en el mismo lugar donde los había descubierto el ojo experto del piloto.

El helicóptero se alejó, dejando atrás cinco cadáveres que nadaban en charcas de sangre. Era necesario seguir buscando. Más tarde regresarían por las piezas. La mañana de caza y diversión había empezado bien para Deag y para otras decenas de granjeros del norte de los EE.UU.

Un largo trago de whisky y risotadas de celebración llenaron de euforia al cazador y a su piloto que, temerario, continuaba deslizándose entre los árboles, buscando cualquier cosa que se moviera y pudiera recibir un balazo de Joe Deag.

Era importante aguzar la vista. A esa hora el resplandor de la nieve engañaba, y los lobos eran veloces, astutos. Tanto, que aún quedan algunos en el norte de Estados Unidos, a pesar de hombres como Deag y sus amigos que cuentan con equipos sofisticados para exterminar cualquier forma de vida natural.

Tres tragos de whisky más tarde, encontraron una pareja de lobos muertos. Aunque estaban separados el uno del otro, les unía una línea de sangre, recta al principio y luego irregular y ondulante. Era de suponer que estaban juntos e intentaron huir ante el estallido fatal del fusil de otro cazador tempranero.

Pero después de un momento, la euforia empezó a decaer en la cabina. Estos no eran buenos tiempos. Cada día los lobos eran más escasos, la competencia entre los cazadores era más desalmada, y encontrar un solo ejemplar era como un milagro que solo le ocurría a los expertos.

Pero sucedió el milagro. La cabina se llenó de alegría, otra vez. Descubrieron a una loba, con su pequeño, retozando en la nieve. El primer balazo, errático, dejó mal herida a la madre que, con todas sus defensas derrumbadas, lanzaba inútiles gruñidos al helicóptero. Este gesto de la hembra no asustó, por supuesto, al bravo piloto ni a Joe Deag que con dos balazos más pudo matarla.  Mientras tanto, el cachorro encontró refugio entre los arbustos, lo que llenó de ira al cazador.

– Tenemos que echar más ojo, y menos whisky–, dijo el piloto.
– “Por todos los demonios, —respondió Joe Deag–, juro que no escapará. Deja que crezca. Tal vez mañana mismo lo vuelva a encontrar. Solo te digo dos cosas: voy a ganar el torneo y voy a demostrarles a todos que en este Estado no quedará ni un solo lobo ni nadie que compita conmigo si tengo un fusil en la mano”.

Horas más tarde, cuando la luz, las balas y el whisky llegaban a su fin, se decidía el retorno, deshaciendo la ruta para recuperar las piezas propias. Las ajenas eran celosamente respetadas porque en la moral de estos autodenominados deportistas, nadie puede alardear de crímenes que no sean propios.

Ya en el pueblo, y antes de que cayera la noche precoz de los inviernos norteños, iniciaba la fiesta: sobre una rústica tarima, un hombre de rostro colorado, voz chillona y enfundado en gruesas pieles, anunciaba la evaluación de la jornada:
—Johnson: 13 piezas. ¡Campeón!

Y la turba explotaba en aullidos, aplausos, silbidos de alegría, botellas y disparos al aire.
—Boby: Once piezas… de las cuales, siete eran cachorros...

Menos euforia, menos gritos que se desvanecían cada vez más rápido a medida que las cifras perdían importancia.
—Deag: seis piezas….
Hasta llegar al último:
–Peter: ¡Dos piezas!

Entonces se escuchaban otra vez los aullidos, pero ya de burla contra el torpe cazador que, en medio de carcajadas y maldiciones de borracho, prometía el primer lugar para la próxima ocasión.

Después, cuando caía la noche y la nieve, los hombres se retiraban al calor de sus hogares a soñar, acompañados de su familia, con la jornada del día siguiente.

Mientras usted lee este relato testimonial, los pocos lobos que viven en las zonas norteñas de los EE.UU. y de otros países, están siendo exterminados. Se ha autorizado la cacería desde helicópteros y, para los menos ricos, desde motos de nieve.

Poderosas agencias de turismo promueven este tipo de ¿cómo llamarlo?… Ellos lo califican como “turismo de aventura”. Y esto sucede a ambos lados del Atlántico: algunas firmas de Alaska, Minnesota, Columbia Británica y también de distintos lugares de Rusia y la antigua URSS, organizan excursiones donde se alcanzan hasta 80 inscripciones de cazadores en un mes. La tarifa más baja supera los cinco mil dólares. La más alta, incluyendo la filmación del cazador dando el tiro de gracia o patadas y culatazos a los cadáveres, puede llegar al doble o al triple.

Países como China, Noruega y España tampoco escapan a distintas formas de cacería, que incluyen trampas de especial crueldad. Y a esta modalidad de turismo macabro, se suman algunos países africanos. No hace mucho tiempo, el mundo vio, estupefacto, la mirada ausente y la sonrisa sospechosa del Rey de España: orgulloso, posaba al lado de una hembra de elefante que él mismo había abatido. La factura de aquel jolgorio superaba los ochenta mil euros. Y no era la primera vez.

Es urgente detener el exterminio de los lobos y de todas las especies que están en peligro. Es inaplazable hacer algo urgente, original, coordinado, para sumar esfuerzos y detener esta barbarie.
Mientras tanto, si guarda un minuto de silencio por el hermano lobo, y por nuestros otros hermanos amenazados, y aguza los oídos, sentirá que allá, a lo lejos, se acaba de escuchar un disparo. Y otro más.

En Estados Unidos se ha autorizado la caza de lobos en las zonas del norte. Las agencias de viajes no han perdido el tiempo, y proponen a sus potenciales clientes participar en una matanza que denominan “turismo de aventura”. El hombre ha desarrollado sofisticados sistemas para asolar la vida silvestre.