jueves, 23 de abril de 2015

TRABAJO ORACIONES COMPUESTAS



ORACIONES COMPUESTAS SUBORDINADAS
Subordinación adverbial propia o circunstancial
Existen tres tipos:
  • Temporales o de tiempo: marcan una referencia temporal a la proposición principal. (Oración principal)Van introducidas por cuando, mientras, antes que, antes de que, después de que, luego que, antes que, en seguida, primero
  • Locales o de lugar: marcan una referencia espacial con respecto a la proposición principal; van introducidas por donde
  • Modales o de modo: muestran el modo como se ejecuta la proposición principal. Van introducidas por como, según, conforme, como si:

Subordinación adverbial impropia
Existen seis tipos. Sirven para ordenar las ideas en un continuo que va desde la condición a la finalidad.
  • Condicionales: señalan una condición necesaria e imprescindible para que se produzca la proposición principal, sus nexos son: si, en el caso de que
  • Causales: señalan el origen lógico de la proposición principal, una explicación de la misma; sus nexos más frecuentes son: porque, ya que, puesto que, por
  • Consecutivas: señalan la consecuencia o implicación lógica de la principal; sus nexos son: por tanto, así que, conque, de manera/modo/forma/ suerte que, luego, así pues, pues etc...
  • Concesivas: señalan una consecuencia no esperada ni deseada, o menos lógica que las anteriores, una complicación más que una implicación, que no impide el cumplimiento de la proposición principal. Sus nexos son: aunque, por más que, a pesar de que, pese a que
  • Finales: indican la consecuencia que está más allá de las otras consecuencias, la última más allá de las cuales no se espera ninguna, la aplicación, propósito o cometido de la proposición principal; sus nexos son: para que, a que, a fin de que, con el propósito.
Subordinación sustantiva
Las proposiciones subordinadas sustantivas desempeñan funciones sintácticas propias del sustantivo: Van introducidas por los nexos que, el que, el hecho de que, por pronombres interrogativos como qué, cuál, quién, o por adverbios interrogativos como cuánto, cómo, cuándo, dónde etc., precedidos o no por preposición. En el caso de las interrogativas indirectas también puede aparecer el nexo si. Las proposiciones subordinadas sustantivas se dejan sustituir por un pronombre neutro: eso, esto etcétera, o por un infinitivo menos frecuentemente.
Existen distintos tipos de subordinadas sustantivas según la función sintáctica que estas desempeñen:
  • Subordinadas sustantivas en función de sujeto: "Me gusta que vengas pronto".
  • Subordinadas sustantivas en función de objeto directo: "Me dijo que no vendría". "Me preguntó si vendría". "Me preguntó cómo había sido".
  • Subordinadas sustantivas en función de suplemento o complemento de régimen: "Habló de que era mejor no venir".
  • Subordinadas sustantivas en función de atributo: "El hecho es que no lo hizo".
  • Subordinadas sustantivas en función de complemento del nombre: "Tengo la certeza de que volverá".
  • Subordinadas sustantivas en función de complemento del adjetivo: "Parecía feliz de que hubiese encontrado a su cría".
  • Subordinadas sustantivas en función de complemento del adverbio: "Ella estaba muy lejos de los que amaba".
  • Subordinadas sustantivas en función de complemento indirecto: "Dieron los permisos a los que los solicitaron".
  • Subordinadas sustantivas en función de complemento circunstancial: "Iré sin que me lo pidas".
  • Subordinadas sustantivas en función de complemento agente: "Los cuadros fueron expuestos por quienes los crearon".
Subordinación adjetiva
Las subordinadas adjetivas o de pronombre relativo desempeñan la función de adyacentes de un sustantivo o sintagma nominal al que se denomina antecedente. Van introducidas por pronombres relativos como que (cuando puede sustituirse por el-la-los-las cual-es), quien o quienes, el cual, la cual, los cuales, las cuales, o cuyo, cuya, cuyos-as, precedidos o no de preposición: "El libro que me prestaste era muy bueno". Pueden considerarse asimilables a las adjetivas las subordinadas adverbiales de lugar tiempo y modo introducidas por los adverbios conjuntivos donde, cuando y como que llevan antecedente expreso, como en el caso "Ese es el lugar donde comimos", "Esta fue la época cuando yo estudiaba" o "Esa fue la manera como lo hicimos", cuyos antecedentes respectivamente son lugar, época y manera. Existen tres tipos:
  • Proposiciones adjetivas especificativas: son las que no van entre comas y restringen el significado del antecedente seleccionándolo de una generalidad: "Los jugadores que estaban cansados no jugaron la segunda parte". (Parte de los jugadores)
  • Proposiciones adjetivas explicativas: son las que van entre comas y no restringen el significado del antecedente: "Los jugadores, que estaban cansados, no jugaron la segunda parte". (Todos los jugadores)
  • Proposiciones adjetivas sustantivadas por falta de antecedente, por no tener antecedente expreso o por otras causas. La proposición de relativo se enuncia con un valor indefinido y generalizador. Los pronombres quien y el que equivalen al sintagma "la persona que". Y el pronombre que al sintagma "la cosa que". Las nociones de «persona» y «cosa» son los antecedentes implícitos de tales pronombres. Estas proposiciones desempeñan funciones propias del sustantivo. Al igual que un adjetivo puede sustantivarse, también hay proposiciones adjetivas sustantivadas, y como las sustantivas, desempeñan las funciones propias de un sustantivo: "Los que van a morir te saludan", (sujeto agente); "Los que estudien serán aprobados" (sujeto paciente); "Llévate el que elegiste" (complemento directo); "Yo soy el que te cuidará" (atributo)
Actividad en clase: realizar un resumen del documento y escribir cinco oraciones  de cada una. La actividad se realizará en clase.

lunes, 20 de abril de 2015

CUENTO - DÉCIMO DE BÁSICA

EL TURNO DE ANACLE
Galo Galarza

         MAÑANA VOS A MATAR al abuelo, me dijo Anacle, y me enseñó una soga lista para ahorcar. Yo bajé los ojos y le dije: me da miedo. Él me sujetó la barbilla con fuerza, me soltó un insulto y repitió: mañana vamos a matar al abuelo. Cuando alcé mis ojos y vi el suyo, sabía que la sentencia era inevitable. Entonces ya no me quedó más remedio que aceptar su perverso veredicto y le respondí quitándome sus dedos de encima: está bien, mañana pero con la condición de que el abuelo no sufra. No sufrirá, todo será cosa de segundos, te doy mi palabra, dijo Anacle para cerrar el diálogo. Me sonrió cínicamente y se fue silbando por los corredores de la casa, al tiempo que agitaba la soga anudada, a manera de una cachiporra. Anacle…  me quedé diciendo, ya sólo para mí, no te dejaré que mates al abuelo, aunque yo mismo te haya dado esa maldita idea.

Vos serás obispo, me decía el abuelo un poco antes de que le cayera la enfermedad, tus ojos tienen espacio suficiente como para cargar con todas las culpas de la familia y tu dedo, el de llevar anillo, tiene la gordura adecuada corno para recibir los besos que te darán los fieles. Otras veces me decía: vos serás obispo Manuel porque en tu boca veo la malicia de los que nunca pueden tener a lo largo de la vida una misma mujer en la cama. Vos eres vago, Manuel nunca podrás responsabilizarte de los hijos que engendres, no podrás darles tu apellido, vos serás obispo Manuel. Y yo le decía: no abuelo, yo seré aviador, yo quiero ser aviador para tirarles bombas desde el cielo a las iglesias, para que no haya obispos; yo nunca seré obispo, aunque usted quiera y mamá quiera, yo sé que si viviera mi papá, él me apoyaría en mi deseo de ser aviador. Tú voy a volar bien alto abuelo, más alto que las palomas, le juro. Y él se enojaba y me daba coscorrones, o sino me pellizcaba los cachetes hasta hacerme llorar. Entonces yo creía odiarlo.
         Anacle es hijo de mi tía Rita y él fue quien me enseñó a saltar sobre las tapias y a destripar los gatos, él también me enseñó por donde paren las mujeres y por qué paren, con él aprendí a fumar hojas de periódicos y a trepar árboles, por grandes que estos fueran. Anacle me defendía en la escuela de los que querían pegarme o se burlaban de mi excesiva gordura. El fue como el hermano que nunca tuve, yo sin él no habría conocido nada de lo que ahora conozco ni habría sabido nada de lo que ahora sé. Por eso lo quiero y lo respeto pero también le temo.
         Yo le he visto hacer cosas muy malas, por ejemplo eso de matar los gatos es cosa bien fea en él: los busca, los acecha, los enlaza, los ahorca, los destripa, los entierra. Y yo le ayudo en la tarea, no puedo dejar de ayudarlo porque de lo contrario me acusa de maricón y no me defiende de los que quieren pegarme. De Anacle dicen que es el mejor trompón de toda la escuela y por eso nadie se mete con él; pero, definitivamente, hace cosas muy feas y también mata a otros animales, por gusto, por malo: rompe los huevos de los nidos o si no los huequea con una aguja y me obliga a chupar el interior o él mismo se lo chupa; aplasta a las filas de hormigas, las destruye saltando sobre ellas al tiempo que se ríe a carcajadas, es como si odiara la vida, sobre todo la vida pequeña, la indefensa. Y su odio a los gatos es porque cuando él era niño, de andar gateando, la gata Fefa del abuelo, una angora blanca a la que se había mimado demasiado, le pegó un rasguñón tan tremendo en la cara que le dejó una lacra imborrable cruzada sobre la frente y un ojo de menos. Esa mutilación es la que lo hacía malo. Tuerto anormal, le decía la tía Rita siempre que le reprochaba y Anacle se remordía y lloraba. Y el abuelo lo detestaba, éste no es carne de mi carne ni sangre de mi sangre, decía, a este tuerto lo engendró el diablo. Le había prohibido hasta la entrada en su cuarto y, si alguna vez lo veía, se llevaba las manos a los ojos simulando que se los tapaba y gritaba uuuuyyyyy el tuerto. Y Anacle volvía a llorar por el único ojo, porque después de todo él también era un niño.
         Posiblemente el abuelo cargaba esa enfermedad desde mucho antes, pero recién comenzó a presentársele con más fuerza cuando llegó a la última etapa de su vida. Esa enfermedad horrible que le iba devorando miembro por miembro a medida que corrían los meses. Primero los dedos de los pies, después de los talones, las pantorrillas, las rodillas, todo. Y el viejo desesperado, más loco de lo que siempre estuvo, se pasaba gritando, más bien aullando, encerrado en una habitación apenas iluminada por una claraboya a la que solo teníamos acceso mi madre y yo. Ella para alimentarlo y asearlo y yo dizque para consolar su dolor. En ti creo Manuel, comenzó a decirme una época en los ratos cuando no estaba gritando de dolor, vos eres mi única esperanza, vos serás obispo y traerás a Dios a esta casa. Pero cuando gritaba era desesperante, los gritos le entraban a uno por todo el cuerpo, quedaban vibrando adentro, hacían doler la cabeza. Yo me tapaba los oídos con las dos manos pero era inútil los gritos me entraban entre dedo y dedo y el efecto era igual que silos oyera a oreja pelada. Mamá lloraba y decía señor apiádate de él llévatelo, no lo hagas sufrir así, mándale la muerte como una bendición, y desde que oí eso a mamá, me entró la idea de malar al abuelo.
         Anacle —le propuse una tarde que regresábamos del vado— por qué no matamos al abuelo.
         El se quedó mirándome con su único ojo de arriba a abajo, dio un paso hacia atrás y preguntó entre balbuceos: ¿có-mo-có-mo-ma-tar-al-abue-lo? Sí —le respondí seguro de lo que decía— porque esa enfermedad que tiene lo hace sufrir mucho.
         Y porque es un viejo de mierda también —dijo Anacle ya repuesto de la sorpresa y más bien resuelto, inflado su instinto malévolo, dispuesto a llevar a cabo mi propuesta con rapidez, con la mayor eficacia. Bien, dijo después de un prolongado silencio, matemos al abuelo, vos por piedad y yo por venganza, este viejo miserable se ha burlado de mí con exceso, me ha humillado, me ha despreciado. Pero tampoco te hagas el inocente Manuel, porque vos también lo odias, no es por piedad la tuya, como ahora me dices, vos me contaste una vez, acuérdate, que lo odiabas porque él quería hacerte obispo a la fuerza, y vos bien sabes que con el abuelo muerto podrás hacer lo que quieras. No es solo piedad la tuya, los dos vamos a matarlo por gusto, como matamos a los gatos. Y a medida que Anacle iba hablando, a mí me fue entrando un miedo tremendo, un miedo de Anacle, de mí mismo, por la idea espantosa que había inculcado en él. Comencé a sentirme culpable, me sentí ya asesino del abuelo. Entonces decidí escaparme de Anacle, busqué pretextos para no encontrarme con él, simulé una enfermedad para no ir a la escuela, tampoco podía ver al abuelo, no tenía el valor de mirarlo después de lo que acordamos con Anacle, tampoco podía dormir, las pesadillas me asaltaban apenas cerraba los ojos. ¿Qué te pasa Manuel? me interrogaba mi mamá, vos no estás enfermo del cuerpo, como dices, sino del alma, anda confiésate, algún pecado grave has cometido, mi Manuel, algo te traes entre manos con el tuerto ese anormal de tu primo, si no por qué le corres, cuéntame a mí para yo hablar con mi hermana Rita y que le castigue si ha hecho algo malo, háblame. Pero yo no podía hablar, cómo hubiera podido contarle a mamá lo que había ocurrido, y para no despertar más sospechas, regresé a la escuela, me encontré con Anacle en los corredores y él me dijo en cuanto me vio:
Mañana vamos a matar al abuelo.
Y me enseñó aquella soga anudada y su ojo perverso; entonces, así como se me ocurrió matar al abuelo cuando oí a mi madre que clamaba para que cesara su sufrimiento, también resolví impedir que Anacle lo matara, aunque le dije para evitar su ira que sí, que mañana lo matamos, con la condición de que él no sufriera. Al día siguiente, apenas amaneció, yo me llegué hasta el cuarto del abuelo y allí me instalé junto a él, a oír sus gritos horribles y escuchar las esperanzas que ponía en mí.
         Hace rato que no venías ni Manuel, tu mamá me dijo que estabas enfermo, qué tenías hijo, ven acércate, ven a mi lado, consuela a este pobre viejo, qué te pasa que no te acercas, Manuel...
         Anacle llegó a las once de la mañana, cuando no había nadie en la casa, entró sigiloso, abrió ligeramente la puerta del cuarto y al mirarme exclamó en voz baja:
Ah, ya estás allí mariconcito, pensé que te habías ahuevado.
         El abuelo entreabrió sus ojos, vio a Ánade y presintió algo malo. Se quedó muy quieto tratando inútilmente de alcanzar mi mano. El tuerto, musitó, el tuerto Ánade, qué quiere aquí, no lo dejes entrar Manuel, no lo dejes que está endemoniado. Ánade se paró al filo de la cama, se levantó la camisa y comenzó a desanudar lentamente la soga que llevaba atada en torno de su cintura. Cuando acabó la operación, alzó la soga anudada en forma de horca y dijo, dirigiéndose al abuelo:
         He venido a matarte viejo cabrón. Vamos a matarte Manuel y yo. Vamos a cobrarnos.
         El abuelo gritó, se revolvió en su lecho. Me llamó implorante. Nadie, sin embargo, se percataría de sus gritos: todos en la cuadra estaban acostumbrados a sus terribles alaridos. Yo temblaba. Anacle se subió de un salto sobre la cama, enlazó al abuelo por el cuello con extrema temeridad, sin que éste pusiera ninguna resistencia, y comenzó a apretar el nudo. El abuelo dejó de gritar y trató de buscar con su mirada extraviada mis ojos. Manuel, alcanzó a balbucear. Entonces ya no pude aguantar más y me puse de pie.
         Anacle alzaba al abuelo, poniendo en la empresa toda su fuerza y energía, por eso nada pudo hacer cuando yo, desde atrás, lo golpeé en la espalda con el fierro que siempre tenía el abuelo bajo su cama. Anacle se cayó hacia un lado, tocó con su cuerpo primero el filo de la cómoda y después el suelo, donde se quedó inmóvil, quejándose. El abuelo todavía vivía. Yo me arrodillé a su lado, le zafé la atadura y comencé a acomodarle en la cama, cuando de pronto sentí que por debajo de las cobijas salían sus manos artríticas, semejantes a raíz de árbol, y se agarraban de mi garganta con una fuerza tremenda, desesperada y, en seguida, comencé a sentir que me moría, que me faltaba el aire, que ya no podía respirar, y no sé cómo, estiré la mano hacia un lado y alcancé a sujetar el fierro con el que golpeé a Anacle y con las últimas fuerzas, que tampoco sé de dónde me salían, estrellé contra la cara del abuelo la varilla de acero: su rostro se abrió como una fruta de agua, sus manos se soltaron de mi cuello. Anacle, puesto ya de pie, mirándome orgulloso con su único ojo, perdonándome por el golpe que le di, exclamó con soma;
         Sigamos Manuel que todavía vive. Ahora es mi turno.




miércoles, 15 de abril de 2015

TRABAJO PALABRAS VARIABLES-INVARIABLES

TRABAJO DE PALABRAS VARIABLES E INVARIABLES 

Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta
La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.

En un beso, sabrás todo lo que he callado.

Conocer el amor de los que amamos es el fuego que alimenta la vida.

Para que nada nos separe que nada nos una.

¿Sufre más aquél que espera siempre que aquél que nunca esperó a nadie?

Si el corazón se aburre de querer para qué sirve.

Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio.

El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien, sino en el deseo de dormir junto a alguien.


El amor, por definición, es un regalo no merecido.
Soledad: una dulce ausencia de miradas.

Los mejores amigos son como las estrellas, aunque no siempre se ven, sabes que están ahí.
Los amigos se hieren con la verdad para no destruirse con las mentiras.

Los amigos son ángeles que se levantan cuando tus alas han olvidado cómo volar.
Cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír.
Aprender es como remar contra corriente: en cuanto se deja, se retrocede.

La sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve de nada.

Yo creo que todavía no es demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra.
No tenemos otro mundo al que podernos mudar.





sábado, 11 de abril de 2015

CUENTO DÉCIMO

EL TESORO
Alberto Chimal

       En esos días vive en Frigia un muchacho. Se llama Nikias. Tiene doce años, la estatura propia de su edad, el cabello negro y rizado. Sus rasgos no son desagradables. Pero es enorme, monstruosamente gordo: pesa dos o acaso tres veces más que su padre. Es la vergüenza de sí mismo y de toda su familia.
       Lo peor no es su lentitud, ni su debilidad, ni siquiera el aspecto repulsivo de sus carnes hinchadas en medio de los cuerpos esbeltos, elásticos de todos los otros chicos, sino el hecho de que su obesidad no se debe a la gula ni a la pereza. No come más que sus hermanos y participa, en la medida de lo posible, en los juegos y actividades que se consideran apropiados en su tiempo. En el nuestro, su condición podría describirse, acaso, como un desorden glandular. Pero en su ciudad todos creen que es víctima de algún mago, o acaso de un capricho de los dioses; son pocos los que lo miran sin recelo, y menos aún los que no temen sufrir males como el suyo, o más terribles, si se acercan a él.
       Así, Nikias es un muchacho solitario, hosco, que debe soportar casi todos los días humillaciones y burlas. Pero hoy se siente un poco mejor que de costumbre: ha pasado la mañana entera atendiendo el puesto del mercado en el que su padre, alfarero, vende vasos y ollas. Es un honor que rara vez se le concede.
       Y, para más orgullo, ha vendido mucho. Desde hace algún tiempo, ante la perspectiva de una nueva campaña —aún no anunciada pero ya motivo de rumores— contra el cercano reino de Lidia, todo se ha encarecido, la gente compra alimentos en vez de utensilios, y las tropas del rey, que patrullan el mercado y todos los lugares populosos, ahuyentan a muchos compradores. Pero Nikias, hoy, ha tenido clientela como si no hubiera inquietud alguna entre la gente. En verdad, varios compradores le hablaron con amabilidad, como si no pesaran sobre su cuerpo las especulaciones más desagradables.
       Tal vez, piensa el muchacho mientras camina de vuelta a su casa, su padre acepte dejarlo encargado del puesto. Tal vez, incluso, le enseñe su oficio. Así ya no tendrá que ocuparse de las tareas más exigentes que casi siempre le son encomendadas, y que nunca hace bien (hace tiempo que no se engaña respecto de esto). La idea lo entusiasma: una vida sosegada y sin sobresaltos. Cuando menos, podría estar todo el día tras los recipientes, bajo el toldo que los cubre del sol, entre la multitud…
       Ahora bien, cuando llega a su casa, su padre, un hombre severo y poco paciente, no le pregunta sobre su jornada en el mercado; no le pide cuentas; no le dice, en verdad, una sola palabra, y en cambio lo llama hacia sí con un gesto. Cuando lo tiene cerca, toca y aprieta las acumulaciones de grasa su pecho, sus brazos, su abdomen, sus muslos. Y al hacerlo sonríe.
Nikias se deja hacer, confundido, y apenas ha decidido ensayar una pregunta cuando su padre se aparta de él y sale de la casa. En ese momento entra su madre, desde la cocina, y tampoco dice nada pero lo abraza y llora.
       Muy impresionado, Nikias entrevé, detrás de su madre, a sus hermanos, que permanecen juntos y lo miran. Pero las miradas no son las habituales de burla o, cuando más, piedad. Ellos también están asustados. Sin advertirlo, se tocan, como si buscaran apoyarse unos en otros. Sólo uno sonríe. Casualmente, es el mayor de todos, con el que tiene un pleito desde hace años por alguna causa tan nimia, probablemente hasta sin relación con el cuerpo de Nikias, que ambos la han olvidado.
       ¿Pero qué les sucede a todos? Su madre lo confunde aún más al explicarle, después de un suspiro muy profundo, que la situación de la familia es mucho más precaria de lo que los padres han querido admitir, y en verdad el oficio del padre ya no les da para comer. Nikias no puede argüir en contra de esto porque su madre prosigue, sin pausa, hablando de la fortaleza de su hijo, de su capacidad de soportar la carga de su defecto (así lo llama) y del dolor de ella al ver que no era como los demás. Pero ¿no le ha dicho siempre a Nikias que es su hijo, tan querido como todos los otros? ¿No le ha demostrado su cariño? Nikias asiente. Entonces, dice la madre, en este momento tan oscuro, Nikias debe recordar ese amor. Debe usarlo para sentirse más fuerte. Para cumplir con su deber con una sonrisa. No dice más porque rompe a llorar de nuevo. Nikias se pregunta qué debe hacer para consolarla cuando su padre vuelve, entra en la casa y los aparta con rudeza.
       Ella da un grito inarticulado, ronco, al que el padre responde culpándola, diciendo que Nikias se ha echado a perder por ella, por sus constantes mimos. Que nunca le dio disciplina. Ella pregunta por lo que él acaba de hacer.
       Él responde que así va a salvar a los demás: a los que pueden llegar a ser hombres fuertes y hermosos. Nikias, como en otras ocasiones, se siente herido al escuchar esto.
Entonces su padre hace algo extraño: toma su mano izquierda, la levanta y dice que no hará falta más. Que esa sola mano, blanda y pesada, pagará sus deudas.
Nikias se pregunta si, en contra de todo lo que ha sucedido entre ellos desde que recuerda, su padre lo aprecia. ¿Verá en él, acaso, talento verdadero para la alfarería? Pero no puede preguntarlo en voz alta porque, tras su padre, aparece un grupo de soldados que toman a Nikias, lo apartan de su madre y lo sacan de la casa.
       Sin hablarle, a empujones, lo hacen caminar hacia el palacio del rey, que se alza en el centro de la ciudad. Esto asombra a Nikias pues al palacio, que (como dicen las leyendas) está hecho de oro puro, no se permite la entrada de ningún súbdito ordinario. Pero antes de llegar a la gran puerta lo conducen a una barraca, erigida sin mucho arte ante el palacio, y dejan, maniatado, en una fila que serpentea por el interior.
       Cuando se han ido, Nikias piensa, como si recordara un sueño, que su madre gritó mientras los soldados se lo llevaban, que su padre le volvió la espalda y que sus hermanos ya no estaban allí.
Y, después de varias horas de pie, se da cuenta también que casi todos los otros prisioneros son corpulentos, pesados. Ninguno se acerca a su gordura, por supuesto, pero hay algunos hombres y mujeres rollizos, varios más muy musculosos. La única excepción son algunos grupos de niños, o de ancianos, atados juntos.
       Dos mujeres, delante de él conversan. Parecen tristes, pero también resignadas. Las dos son viejas. Una menciona las necesidades de la guerra, que son siempre más grandes que en tiempos de paz. La otra asiente y agrega que ojalá Lidia sea derrotada de una vez por todas. Las dos concuerdan en que Frigia está cada vez más empobrecida y hacen, luego, una invocación extraña: ruegan porque sus cabezas sean lo bastante grandes.
       Otra voz llama a Nikias, que se vuelve y ve entrar, conducido por otro grupo de soldados, a un viejo arúspice, cliente de su padre, que jamás lo trató con amabilidad ni consideración particular. Pero ahora el hombre llora como un niño y se acerca a Nikias para llamarlo amigo, compañero de infortunio.
       Nikias no responde. El arúspice sorbe sus lágrimas y cambia de tema: le dice que el oro proviene del sol, y que es polvo caído del carro de Apolo, luz que cae en la tierra y la transforma en metal. También, que sólo Dionisos, rival y opuesto del dios del sol, podría haber concebido dar a un hombre poder semejante. Entonces entra en la barraca, precedido por varios cortesanos, el rey.
Viste sus famosas ropas de oro, calza sus sandalias de suelas y correas de oro. Todos se inclinan o son forzados a ello. Luego, mientras uno de los nobles lee nombres de una lista, los prisioneros son sacados de la fila y llevados ante el monarca.
       Al ver lo que sucede al primer cautivo, Nikias comprende todo y siente un horror inmenso, que sólo crece mientras espera su turno. Pero cuando llega, y es llevado ante el rey, toma una decisión.
Y en voz alta, sin pensar, con una firmeza que hasta a él mismo sorprende, pide que su padre no reciba nada. Que él no lo desea. Ni un dedo siquiera. Nada, repite.
       Todos los cortesanos abren la boca, ultrajados por su temeridad, pero el propio Midas se queda mirándolo, sorprendido, por un momento.
       No le responde, sin embargo, y en lugar de hacerlo, tras sólo un instante de vacilación, toca la punta del dedo medio de la mano izquierda del muchacho.

       Nikias puede ver cómo el color, el peso, el frío del metal inanimado devoran los dedos de su mano, luego la palma, luego la muñeca y el brazo. Pero el dolor es más terrible que cualquier otro que haya sentido, y, en verdad, más intenso que el que un ser humano puede soportar. Su corazón se detiene mucho antes de convertirse en oro. Apenas tiene tiempo de entristecerse por su destino.

martes, 24 de marzo de 2015

CUENTO DÉCIMO



LA INTRUSA
Jorge Luís Borges

            Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.
            En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe y ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.
            Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.
            Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.
            Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El pueblo, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.
            Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque. En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:
—Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala.
            El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.
            Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.
            Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.
            La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.
            Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.
            En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mañana (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:
—De seguir así, los vamos a cansar a los caballos. Más vale que la tengamos a mano.
            Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.
Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande —¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!— y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que habían traído la discordia.
            El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:
—Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué; aprovechemos la fresca.
            El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.
            Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:
—A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas, ya no hará más perjuicios.
            Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.