sábado, 13 de septiembre de 2014

TEXTO 2 TERCERO BGU

LA NOCHE BOCA ARRIBA
Julio Cortázar

Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
 le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adónde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.



Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.

Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.

-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.


Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

DÉCIMO CUENTO 2

ADIÓS A LOS LOBOS

A pesar del frío y de la nieve, Joe Deag  se levantó aquella mañana más temprano que de costumbre, revisó el poderoso fusil de mirilla telescópica preparado desde la noche anterior y, dando saltos para evitar algo del agua empozada, cruzó el patio de su granja.  Entonces trepó al helicóptero que lo esperaba con los motores encendidos.

El piloto gruñó, como saludando, y enseguida levantaron vuelo. Sobrevolaron el bosque, casi acariciando las copas de los árboles, haciendo cabriolas para seguir el curso de los riachuelos congelados, y a los pocos minutos el piloto salió de su mutismo y señaló a lo lejos. “Allá, Joe —gritó emocionado– esa sombra, detrás de los peñascos. ¡Son ellos!”

Un rápido viraje del timón enrumbó la nave hacia un claro del bosque. Allí, una loba gris jugueteaba con sus cuatro cachorros. Joe Deag enfiló su arma, contuvo la respiración, y disparó.

El primer balazo despedazó a uno de los lobeznos. La madre enfrentó todo el terror que le producía el rugir tenebroso de las aspas, e intentó poner a salvo a los sobrevivientes. Pero el segundo disparo, certero, en el vientre, fue para ella. Medio minuto después, los otros cachorros yacían sobre la nieve, casi en el mismo lugar donde los había descubierto el ojo experto del piloto.

El helicóptero se alejó, dejando atrás cinco cadáveres que nadaban en charcas de sangre. Era necesario seguir buscando. Más tarde regresarían por las piezas. La mañana de caza y diversión había empezado bien para Deag y para otras decenas de granjeros del norte de los EE.UU.

Un largo trago de whisky y risotadas de celebración llenaron de euforia al cazador y a su piloto que, temerario, continuaba deslizándose entre los árboles, buscando cualquier cosa que se moviera y pudiera recibir un balazo de Joe Deag.

Era importante aguzar la vista. A esa hora el resplandor de la nieve engañaba, y los lobos eran veloces, astutos. Tanto, que aún quedan algunos en el norte de Estados Unidos, a pesar de hombres como Deag y sus amigos que cuentan con equipos sofisticados para exterminar cualquier forma de vida natural.

Tres tragos de whisky más tarde, encontraron una pareja de lobos muertos. Aunque estaban separados el uno del otro, les unía una línea de sangre, recta al principio y luego irregular y ondulante. Era de suponer que estaban juntos e intentaron huir ante el estallido fatal del fusil de otro cazador tempranero.

Pero después de un momento, la euforia empezó a decaer en la cabina. Estos no eran buenos tiempos. Cada día los lobos eran más escasos, la competencia entre los cazadores era más desalmada, y encontrar un solo ejemplar era como un milagro que solo le ocurría a los expertos.

Pero sucedió el milagro. La cabina se llenó de alegría, otra vez. Descubrieron a una loba, con su pequeño, retozando en la nieve. El primer balazo, errático, dejó mal herida a la madre que, con todas sus defensas derrumbadas, lanzaba inútiles gruñidos al helicóptero. Este gesto de la hembra no asustó, por supuesto, al bravo piloto ni a Joe Deag que con dos balazos más pudo matarla.  Mientras tanto, el cachorro encontró refugio entre los arbustos, lo que llenó de ira al cazador.

– Tenemos que echar más ojo, y menos whisky–, dijo el piloto.
– “Por todos los demonios, —respondió Joe Deag–, juro que no escapará. Deja que crezca. Tal vez mañana mismo lo vuelva a encontrar. Solo te digo dos cosas: voy a ganar el torneo y voy a demostrarles a todos que en este Estado no quedará ni un solo lobo ni nadie que compita conmigo si tengo un fusil en la mano”.

Horas más tarde, cuando la luz, las balas y el whisky llegaban a su fin, se decidía el retorno, deshaciendo la ruta para recuperar las piezas propias. Las ajenas eran celosamente respetadas porque en la moral de estos autodenominados deportistas, nadie puede alardear de crímenes que no sean propios.

Ya en el pueblo, y antes de que cayera la noche precoz de los inviernos norteños, iniciaba la fiesta: sobre una rústica tarima, un hombre de rostro colorado, voz chillona y enfundado en gruesas pieles, anunciaba la evaluación de la jornada:
—Johnson: 13 piezas. ¡Campeón!

Y la turba explotaba en aullidos, aplausos, silbidos de alegría, botellas y disparos al aire.
—Boby: Once piezas… de las cuales, siete eran cachorros...

Menos euforia, menos gritos que se desvanecían cada vez más rápido a medida que las cifras perdían importancia.
—Deag: seis piezas….
Hasta llegar al último:
–Peter: ¡Dos piezas!

Entonces se escuchaban otra vez los aullidos, pero ya de burla contra el torpe cazador que, en medio de carcajadas y maldiciones de borracho, prometía el primer lugar para la próxima ocasión.

Después, cuando caía la noche y la nieve, los hombres se retiraban al calor de sus hogares a soñar, acompañados de su familia, con la jornada del día siguiente.

Mientras usted lee este relato testimonial, los pocos lobos que viven en las zonas norteñas de los EE.UU. y de otros países, están siendo exterminados. Se ha autorizado la cacería desde helicópteros y, para los menos ricos, desde motos de nieve.

Poderosas agencias de turismo promueven este tipo de ¿cómo llamarlo?… Ellos lo califican como “turismo de aventura”. Y esto sucede a ambos lados del Atlántico: algunas firmas de Alaska, Minnesota, Columbia Británica y también de distintos lugares de Rusia y la antigua URSS, organizan excursiones donde se alcanzan hasta 80 inscripciones de cazadores en un mes. La tarifa más baja supera los cinco mil dólares. La más alta, incluyendo la filmación del cazador dando el tiro de gracia o patadas y culatazos a los cadáveres, puede llegar al doble o al triple.

Países como China, Noruega y España tampoco escapan a distintas formas de cacería, que incluyen trampas de especial crueldad. Y a esta modalidad de turismo macabro, se suman algunos países africanos. No hace mucho tiempo, el mundo vio, estupefacto, la mirada ausente y la sonrisa sospechosa del Rey de España: orgulloso, posaba al lado de una hembra de elefante que él mismo había abatido. La factura de aquel jolgorio superaba los ochenta mil euros. Y no era la primera vez.

Es urgente detener el exterminio de los lobos y de todas las especies que están en peligro. Es inaplazable hacer algo urgente, original, coordinado, para sumar esfuerzos y detener esta barbarie.
Mientras tanto, si guarda un minuto de silencio por el hermano lobo, y por nuestros otros hermanos amenazados, y aguza los oídos, sentirá que allá, a lo lejos, se acaba de escuchar un disparo. Y otro más.

En Estados Unidos se ha autorizado la caza de lobos en las zonas del norte. Las agencias de viajes no han perdido el tiempo, y proponen a sus potenciales clientes participar en una matanza que denominan “turismo de aventura”. El hombre ha desarrollado sofisticados sistemas para asolar la vida silvestre.


sábado, 6 de septiembre de 2014

CUENTO 1 DÉCIMO

EL ALMOHADÓN DE PLUMAS
Horacio Quiroga

       Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
        
        En un extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
       No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos.
       Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada...Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
       Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Se constató una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Se pasaba horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Se paseaba sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
       Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
— ¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
— ¡Soy yo, Alicia, soy yo!
       Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
       Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
       Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inherte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
—Pst... —Se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...
— ¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
       Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
       Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
— ¡Señor! —Llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
       Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
       La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
— ¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
       Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a la cabeza: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
       Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
       Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma que tenemos en casa.


miércoles, 1 de enero de 2014

TRABAJO TERCERO BACHILLERATO

TALLER DE ESCRITURA
DCD: Crear textos literarios propios que pongan de relieve el tema de la utopía y la barbarie, y la relación entre literatura y política, en función de la valoración de la identidad personal y social.
ACTIVIDADES
1.      Lee con atención las siguientes noticias
2.      Elabora un párrafo de resumen de cada una
3.      Selecciona la noticia que más llamó tu atención
4.      Tomando como base el tema que presenta la noticia seleccionada, escriba un poema, en este se deben evidenciar los temas presentados en la destreza, escriba un mínimo de 20 versos.

EL GOBIERNO TENDRÁ HASTA EL 2014 PARA DARLE FORMA AL DECRETO QUE REGLAMENTARÁ LA INICIATIVA.
Uruguay, uno de los países más pequeños de América Latina, abrió el martes pasado un nuevo capítulo en la lucha contra el narcotráfico, al legalizar la venta y producción de la marihuana como una nueva alternativa para hacerle frente a este problema.
Este "experimento", como lo ha llamado el presidente uruguayo, José Mujica, un guerrillero extupamaro de 78 años, es un paso histórico, pero lleno de incógnitas, incluso para el Gobierno.
¿Qué usos legales tendrá la marihuana?
La ley regula el uso legal de la marihuana para cuatro fines: la investigación científica, uso medicinal, la producción industrial por el cáñamo -una variedad de planta que sirve para textiles, cosméticos, entre otros- y el consumo recreativo.
¿Quién podrá producirla?
El gobierno uruguayo va a regular todo el proceso de la planta, desde el cultivo hasta la distribución y el expendio. La producción, que se realizará a través de licencias a privados, será limitada en función del número de consumidores que existe. Actualmente son 35.000, el 4 por ciento de la población.
¿Cómo funcionan esas licencias?
Aún se desconocen las exigencias de las licencias. Sin embargo, la ley prevé que algunas condiciones tengan que ver con las variedades de cannabis que se pueden cultivar, las propiedades y requisitos del suelo, condiciones de seguridad y normas de salubridad. El proceso lo reglamentará el Instituto de Regulación del Control del Cannabis (IRCCA), que fiscalizará todo el proceso, que se creará en el decreto que el Poder Ejecutivo debe formar en abril. Los procesos de distribución tienen la misma lógica.
¿Cuántas hectáreas se destinarán a la marihuana?
Entre 20 y 50 hectáreas en todo Uruguay.
¿Cómo se accede al cannabis?
Existen tres formas para obtener la hierba. La primera es el autocultivo, en donde son permitidas hasta seis plantas por hogar -no por miembro de hogar-. La segunda es el autocultivo asociado, que se hará a través de clubes de membresía, centros con asociados que pueden tener entre 15 y 45 miembros como máximo. La tercera es a través de la venta en las farmacias.
¿Quiénes pueden comprar?
Personas mayores de 18 años, residentes en Uruguay, que estén registradas ante el IRCCA. Ese proceso de inscripción iniciará cuando el decreto sea emitido por el Poder Ejecutivo.
¿Los turistas pueden comprar marihuana?
No. Las personas que tienen acceso al cannabis deben probar ante el registro que son residentes en Uruguay.
¿Cuántos gramos puede consumir una persona y cuántos pueden producir los clubes de membresía?
Una persona podrá consumir máximo 40 gramos de marihuana al mes. Los clubes de membresía deben probar que su acopio es proporcionado al número de miembros. Por ejemplo, si tienen 15 miembros, tienen que tener un máximo de 600 gramos de cannabis. Además, los clubes solo podrán plantar 99 plantas.
¿Cómo se controlará que la persona efectivamente consuma las dosis señaladas en la ley?
El registro ante el IRCCA va unido a sistemas privados de información del usuario con los gramos que ha consumido durante todo el mes, con protocolos de seguridad y controles de salud pública. El Gobierno sabe que será difícil, en una primera instancia, comprobar quién cumple y quién no, pero dice que los continuos controles serán severos con quien infrinja la ley. El decreto también estipulará cuáles serán los "castigos".
¿Cuánto costará un gramo de marihuana?
El Gobierno no ha determinado el precio sobre el gramo de cannabis. Sin embargo, estudia la posibilidad de aplicar un impuesto incorporado al precio del producto, así como también subvencionarlo, si el mercado negro baja el precio.
¿Se publicitará la ley?
No habrá publicidad promarihuana, auspicios, patrocinios, ni tampoco marcas de cannabis. Todas las campañas publicitarias, que empezaron a salir por diferentes medios de comunicación desde el día de la aprobación, tienen la línea de prevención y de subrayar el carácter adictivo de la droga.
¿Qué otras acciones están a cargo del Gobierno?
El Gobierno, junto al sistema educativo, tiene la obligación de crear en sus planes de estudio una disciplina sobre prevención e información sobre drogas que se impartirá desde educación primaria hasta Universidad tecnológica.
¿En cuánto tiempo estará lista la ley?
El Poder Ejecutivo tiene hasta abril del 2014 para adelantar un decreto que formalice todos los interrogantes de la iniciativa legislativa. El primer punto será la creación del Instituto de Regulación del Control del Cannabis (IRCCA), un organismo que será una persona pública no estatal, y cuyas disposiciones generales se encuentran consignadas en el artículo 20 de la ley. Adicionalmente, la ley prohibirá productos adicionales hechos o mezclados con marihuana, como tortas, brownies, dulces, etc. La norma contempla además, que si el mercado negro baja los precios de su producto, el Estado subvencionará los costos para los productores que adquieran la licencia, a fin de que los consumidores sigan obteniendo marihuana legal.
CINDY A. MORALES
Para EL TIEMPO
MONTEVIDEO


EL UNIVERSAL
Domingo  15 de diciembre de 2013  09:27 AM
Jojannesburgo.- Nelson Mandela liberó a Sudáfrica de las cadenas del apartheid hasta llevarla a una democracia multirracial, convirtiéndose en el camino en un icono de la lucha por la justicia en todo el mundo.
Encarcelado casi tres décadas por su lucha contra el poder de la minoría blanca, Mandela salió de la prisión decidido a usar su prestigio y carisma para terminar con el apartheid sin desencadenar una guerra civil, señaló Reuters.
"El tiempo de sanar las heridas ha llegado. El momento de cruzar los abismos que nos dividen ha llegado", dijo Mandela en su discurso de asunción al convertirse en el primer presidente negro de Suráfrica en 1994.
"Al final hemos conseguido nuestra emancipación política", añadió.
En 1993, Mandela fue galardonado con el premio Nobel de la Paz, un honor que compartió con F.W. de Klerk, el líder blanco Afrikaner que lo había liberado de prisión tres años antes.
Después asumió un papel destacado a nivel mundial como defensor incansable de la dignidad humana ante desafíos que fueron desde la represión política hasta el sida.
Abandonó formalmente la vida pública en junio del 2004, poco antes de su cumpleaños número 86. En esa oportunidad dijo a sus compatriotas: "No me llamen, yo los llamaré".
Pero Mandela siguió siendo una de las figuras públicas más respetadas en el mundo, combinando su imagen de celebridad con un inquebrantable mensaje de libertad, respeto y derechos humanos.
Ya fuera defendiéndose en el juicio por traición en su contra en 1963 o dirigiéndose a los líderes mundiales años después como un anciano estadista, irradió una imagen de rectitud moral expresada en su tono mesurado, usualmente aligerado por su sentido del humor.
"Está en el epicentro de nuestra época, para nosotros los sudafricanos y para ustedes, dondequiera que estén", recalcó en una ocasión Nadine Gordimer, escritora sudafricana y ganadora del Premio Nobel de Literatura.
La mayoría de los sudafricanos están orgullosos de la "nación arco iris" multirracial que surgió tras el apartheid.
Los años que pasó tras las rejas hicieron que Mandela se convirtiera en el prisionero político más famoso del mundo y un líder de estatura sobrehumana para millones de sudafricanos negros que sufrieron bajo el régimen del apartheid así como para otros oprimidos muy lejos de Sudáfrica.
Acusado de delitos capitales en el infame Juicio de Rivonia en 1963, sus palabras en el proceso fueron su legado político.
"Durante mi vida, me he dedicado a esta lucha del pueblo africano. He luchado contra la dominación blanca y he luchado contra la dominación negra", dijo.
"Ansío el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades", agregó ante el tribunal. "Es un ideal por el cual vivo y espero conseguir. Pero, si fuera necesario, es un ideal por el cual estoy preparado a morir".
DESTINADO A SER LIDER
Nelson Rolihlahla Mandela nació el 18 de julio de 1918, destinado a ser un líder como el hijo del consejero del jefe supremo de la tribu Thembu en Transkei.
Escogió dedicar su vida a combatir la dominación blanca. Estudió en la Universidad Fort Hare, una institución de la élite negra, pero la abandonó a principios de la década de 1940 poco antes de culminar sus estudios y formó la Liga Juvenil del Congreso Nacional Africano (ANC por su sigla en inglés) con Oliver Tambo y Walter Sisulu.
Mandela trabajó como asistente legal y finalmente se convirtió en un abogado que lideró uno de los pocos estudios jurídicos que atendían a los sudafricanos negros.
En 1952, él y otros fueron acusados de violar el Acta de Supresión del Comunismo, pero su sentencia de nueve meses fue suspendida por dos años.
Mandela estuvo entre los primeros en invocar la resistencia armada al apartheid, pasando a la clandestinidad en 1961 para formar el brazo armado del ANC, el Umkhonto weSizwe (La Lanza de la Nación en Zulu).
Partió de Sudáfrica y viajó por el continente y Europa, estudiando tácticas armadas de guerrilla y consiguiendo respaldo para el ANC.
Después de regresar a Sudáfrica en 1962, Mandela fue arrestado y condenado a cinco años de cárcel por provocación y abandono ilegal del país. Mientras cumplía la pena, fue acusado, junto con otros líderes anti-apartheid, en el juicio por traición de Rivonia, en 1963.
Estigmatizado como terrorista por sus enemigos, Mandela fue sentenciado a cadena perpetua en junio de 1964 en la prisión de Robben Island, una cárcel en las costas de Ciudad del Cabo donde pasaría los siguientes 18 años antes de ser trasladado a otras cárceles en el continente para finalmente ser liberado el 11 de febrero de 1990.
"Cuando finalmente atravesé esas puertas (...) sentí que mi vida comenzada de nuevo incluso a la edad de 71 años. Mis 10.000 días de prisión habían finalmente terminado", escribió Mandela contando lo que sintió aquel día.
ELECCIONES Y RECONCILIACIÓN
Durante los siguientes cuatro años, miles de personas murieron en Sudáfrica en el sangriento camino político a las primeras elecciones del país en las que pudieron participar todas las razas.
Mandela impidió la explosión de un conflicto racial tras el asesinato del popular líder del Partido Comunista Chris Hani a manos de un blanco en 1993, pidiendo calma en un discurso televisado a todo el país.
Mandela y De Klerk ganaron el premio Nobel de la Paz y, tras asumir la presidencia de Sudáfrica en 1994, "Madiba" hizo de la reconciliación el lema de su mandato.
Mandela tomó té junto a sus ex carceleros y se ganó el favor de muchos blancos cuando vistió la camiseta de la selección sudafricana de rugby en la victoria sobre Nueva Zelanda en la final de la Copa del Mundo de 1995 en el estadio Ellis Park de Johannesburgo.
El sello de la misión de Mandela fue la creación de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, que investigó los crímenes cometidos por ambas partes durante el apartheid e intentó sanar las heridas del país. También fue un modelo para otros países asolados por conflictos civiles.
En 1999, Mandela, quien solía ser criticado por sus escasos conocimientos económicos, entregó el poder a líderes jóvenes más preparados para manejar una economía moderna, una decisión de abandonar el mando que fue un ejemplo para los líderes africanos enquistados en el poder.
Pero la jubilación tranquila no estaba en sus planes y Mandela centró sus energías en combatir la crisis del sida en Sudáfrica.
Recaudó millones de dólares para luchar contra la enfermedad y habló contra el estigma que rodeaba a la infección, mientras que su sucesor, Thabo Mbeki, era acusado de no comprender la gravedad de la crisis.
La lucha contra el sida se convirtió en algo personal a principios del 2005, cuando Mandela perdió a su único hijo vivo a causa de la enfermedad.
La última aparición pública importante de Mandela en un evento masivo fue en la final del Mundial de fútbol del 2010. Recibió una emocionante ovación de las 90.000 personas presentes en el estadio Soccer City en Soweto.
Esta aparición fue un momento agridulce para Mandela, quien semanas antes había sufrido la muerte de una bisnieta en un accidente de tránsito a la salida de un recital poco antes del inicio del Mundial de fútbol, uno de los mayores eventos en la historia sudafricana post-apartheid.
"Le dejo a la opinión pública decidir cómo recordarme", dijo en la televisión sudafricana antes de retirarse. "Pero me gustaría ser recordado como un sudafricano común y corriente quien, junto a muchos otros, hizo una humilde contribución".
RAFAEL CORREA SE MANCHA DE CRUDO PARA DEMOSTRAR LA 'MANO SUCIA DE CHEVRON'
Gabriela Quiroz y EFE 13:12 Martes 17/09/2013.
El presidente ecuatoriano, Rafael Correa, denunció hoy, martes 17 de septiembre de 2013, que la petrolera estadounidense Texaco, luego adquirida por Chevron, dejó más de 1 000 piscinas de desechos petroleros regadas por los campos que operó en la Amazonía. Tras un recorrido en el que introdujo una mano en el barro, para evidenciar al mundo los vestigios de crudo en la vegetación y agua, habló con periodistas. "Esta es la mano sucia de Chevron", dijo Correa tras haber metido la mano en una de esas piscinas con el fin, dijo, de mostrar la "verdad" sobre las prácticas por las que Chevron, como nueva dueña de Texaco, que operó en este país de 1962 a 1999, fue condenada en Ecuador a pagar una multimillonaria indemnización. Correa explicó que la empresa petrolera comenzó una campaña de desprestigio en contra del país. Para esto ha contratado, según dijo, 900 abogados y ha gastado USD 400 millones, para hacer "lobby para que nos quiten las preferencias arancelarias".   "Podemos someter a esta transnacional evitando comprar sus productos e ir a las gasolineras y diciéndoles a los accionistas que vendan sus acciones".   Según sus cálculos, la compañía ha contaminado y no ha remediado "1000 piscinas". Esto es "18 veces más grave que el derrame de Exxon en las costas de Alaska".   La alcaldesa de Richmond estuvo en el lanzamiento de la campaña, apoyando la iniciativa. Un caso similar de contaminación se vivió en esa localidad de California (EE.UU.). "Esto es Chevron Texaco, esto es lo que dice que no existe", añadió el mandatario mientras intentaba mantener el equilibrio sobre los troncos que cubrían parte del reservorio de desechos en el pozo Aguarico 4, que dejó de operar hace unos 26 años. Correa llamó a la comunidad internacional a "reaccionar contra tanta impunidad" y dijo que convocará próximamente a personalidades mundiales para que apoyen su campaña. Asimismo, pidió a los estadounidenses que no consuman productos Chevron, compañía que, según dijo, ha invertido cientos de millones de dólares en una campaña para evadir sus responsabilidades judiciales en Ecuador, donde fue condenado a pagar 19 000 millones de dólares como indemnización por daños al medio ambiente. Con muestras de indignación, Correa dijo que los desechos petroleros han causado graves daños a la naturaleza y a la salud de los habitantes de la zona. Recordó, además, que en el juicio iniciado hace más de 13 años por colonos e indígenas amazónicos contra Chevron, el Gobierno ecuatoriano no ha intervenido, ya que se trata de un proceso entre privados. No obstante, dijo que su Gobierno se ha visto en la obligación de reaccionar frente a la "campaña de desprestigio" que la petrolera ha emprendido. Chevron ha demandado al Estado ecuatoriano ante un tribunal de arbitraje de la Corte de La Haya, donde ha pedido que se le endose el pago de la multimillonaria indemnización a la que fue condenada por la Corte de Justicia de la provincia de Sucumbíos. El tribunal de La Haya ha aceptado la acción de Chevron, lo que para Correa es una "barbaridad jurídica" y una demostración de que en el mundo manda el poder del capital. "Sólo unidos" se puede enfrentar a "los millones" de dólares que ha invertido Chevron, añadió el mandatario tras agradecer a países amigos como Venezuela y Nicaragua que se han solidarizado con Ecuador en esta causa, así como a procesos de integración regional como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la Alianza Bolivariana para los pueblos de América (ALBA).
RAFAEL CORREA DENUNCIA AL MUNDO ‘MANO SUCIA’ DE CHEVRON
El presidente Rafael Correa llamó a la ‘solidaridad’ mundial en su lucha contra Chevron, al denunciar el daño en la Amazonía atribuido a la petrolera.
“Las herramientas que vamos a utilizar para combatir a Chevron son la verdad y el llamado a la solidaridad de los ciudadanos del mundo para no comprar sus productos”, sostuvo el mandatario al lanzar una campaña denominada La mano sucia de Chevron.
Correa acudió al pozo Aguarico 4, en Sucumbíos, donde la petrolera Texaco (adquirida por la estadounidense Chevron en el 2001) operó entre 1964 y 1990 y hundió una mano en una de las piscinas de desechos del área en las cuales hay restos de petróleo.
“Por ahorrarse unos cuantos dólares, Chevron usó las peores técnicas de extracción. Hay cerca de mil piscinas como esta en nuestra Amazonía y jamás fueron remediadas, simplemente ocultadas con una capa de tierra para engañar al Estado ecuatoriano”, indicó.
Insistió, además, en que en el juicio iniciado hace más de trece años por colonos e indígenas amazónicos contra Chevron, el Gobierno ecuatoriano no ha intervenido, ya que se trata de un proceso entre privados.
No obstante, dijo que su gobierno reaccionó frente a la “campaña de desprestigio” que la petrolera ha emprendido y en la que habría gastado $ 400 millones, según Correa.
Ecuador espera que figuras de la música, el cine, reconocidos activistas ambientales y hasta premios Nobel de la paz visiten la Amazonía y hundan las manos en las piscinas de desechos petroleros.
En tanto, la empresa sostuvo en un comunicado que Correa “ha decidido interferir, una vez más, en el caso Chevron” y lo acusó de “ofrecer un relato distorsionado e incorrecto de la historia de estos campos petroleros y de quién es responsable por el impacto ambiental”.
Chevron argumenta que la contaminación y la posterior limpieza de las piscinas de crudo de Aguarico son responsabilidad de la petrolera estatal Petroamazonas.
En el 2012, Chevron fue condenada a pagar 19.000 millones de dólares, pero el fallo, considerado fraudulento por la empresa, aún debe ser ratificado por las cortes ecuatorianas.
Chevron denuncia un supuesto fraude en el juicio e intenta que una corte internacional de arbitraje obligue a Ecuador a hacerse cargo de la situación, alegando que la estatal Petroecuador fue la responsable de la contaminación al efectuar un mal trabajo de reparación.

Al mismo tiempo, ha señalado una supuesta intromisión de Correa en el proceso.

domingo, 8 de diciembre de 2013

VANGUARDIA - ECUATORIANA

BOLETÍN Y ELEGÍA DE LAS MITAS
César Dávila Andrade
(ecuatoriano)

Yo soy Juan Atampam, Blas Llaguarcos, Bernabé Ladña,
Andrés Chabla, Isidro Guamancela, Pablo Pumacuri,
Marcos Lema, Gaspar Tomayco, Sebastián Caxicondor.
Nací y agonicé en Chorlaví, Chamanal, Tanlagua,
Nieblí. Sí, mucho agonicé en Chisingue,
Naxiche, Guambayna, Poaló, Cotopilaló.
Sudor de Sangre tuve en Caxají, Quinchiriná,
en Cicalpa, Licto y Conrogal.

Padecí todo el Cristo de mi raza en Tixán, en Saucay,
en Molleturo, en Cojitambo, en Tovavela y Zhoray.
Añadí así, más blancura y dolor a la Cruz que trujeron mis verdugos.

A mí, tam. A José Vacancela tam.
A Lucas Chaca tam. A Roque Caxicondor tam.
En plaza de Pomasqui y en rueda de otros naturales
nos trasquilaron hasta el frío la cabeza.

Oh, Pachakamak, Señor del Universo,
nunca sentimos más helada tu sonrisa,
y al páramo subimos desnudos de cabeza,
a coronarnos, llorando, con tu Sol.

A Melchor Pumaluisa, hijo de Guápulo,
en medio patio de hacienda,
con cuchillo de abrir chanchos, cortáronle testes.
Y, pateándole, a caminar delante
de nuestros ojos llenos de lágrimas.

Echaba, a golpes, chorro de ristre de sangre.
Cayó de bruces en la flor de su cuerpo.

Oh, Pachakamak, Señor del Infinito,
Tú, que manchas el Sol entre los muertos.

Y vuestro Teniente y Justicia Mayor
José de Uribe: "Te ordeno".
Y yo, con los otros indios,
llevábamosle a todo pedir,
de casa en casa, para sus paseos, en hamaca.
Mientras mujeres nuestras, con hijas, mitayas,
a barrer, a carmenar, a tejer, a escardar;
a hilar, a lamer platos de barro —nuestra hechura—.
Y a yacer con Viracochas,
nuestras flores de dos muslos,
para traer al mestizo y verdugo venidero.

Sin paga, sin maíz, sin runa-mora,
ya sin hambre de puro no comer;
sólo calavera, llorando granizo viejo por mejillas,
llegué trayendo frutos de la yunga
a cuatro semanas de ayuno.
Recibiéronme:
Mi hija partida en dos por Alférez Quintanilla,
mujer, de conviviente de él.
Dos hijos muertos a látigo.

Oh, Pachakamak, y yo, a la vida. Así morí.
Y de tanto dolor, a siete cielos,
por sesenta soles, Oh, Pachakamak,
mujer pariendo mi hijo, le torcí los brazos.
Ella, dulce ya de tanto aborto, dijo:
"Quiebra maki de guagua; no quiero que sirva de mitayo a Viracochas".
Quebré.

Y entre Curas, tam, unos pareciendo diablos, buitres, había.
Iguales. Peores que los otros de dos piernas.
Otros decían: "Hijo, Amor, Cristo".
Y ellos: "Contribución, mitayo a mis haciendas,
a tejer dentro de Iglesia, aceite para lámpara,
cera de monumentos, huevos de ceniza,
doctrina y ciegos doctrineros.

Vihuela, india para la cocina, hijas para la casa.
Así dijeron. Obedecí.

Y después: Sebastián, Manuel, Roque, Salva,
Miguel, Antonio. Mitayos, a hierba, leña, carbón,
paja, peces, piedras, maíz, mujeres, hijas. Todo servicio.
A runa-llama tam, que en tres meses
comistes dos mil corazones de ellas.
A mujer que tam comistes
cerca de oreja de marido y de hijo,
noche a noche.

Brazos llevaron al mal.
Ojos al llanto.
Hombros al soplo de sus foetes.
Mejillas a lo duro de sus botas.
Corazón que estrujaron, pisando ante mitayo,
cuerpos de mamas, mujeres, hijas.
Sólo nosotros hemos sufrido
el mundo horrible de sus corazones.

En obraje de telas, sargas, capisayos, ponchos,
yo, el desnudo, hundido en calabozos, trabajé
año cuarenta días,
con apenas puñado de maíz para el pulso
que era más delgado que el hilo que tejía.
Encerrado desde la aurora hasta el otro claror,
sin comer tejí, tejí.

Hice la tela con que vestían cuerpos los Señores
que dieron soledad de blancura a mi esqueleto.
Y Día Viernes Santo amanecí encerrado,
boca abajo, sobre telar,
con vómito de sangre entre los hilos y lanzadera.
Así, entinté con mi alma, llena de costado,
la tela de los que me desnudaron.

"Porque no hemos venido a vivir en la tierra.
Sólo venimos a soñar. Sólo vinimos a amar aquí, en la Tierra".

Y a un Cristo, adrede, tam trujeron,
entre lanzas, banderas y caballos.
Y a su nombre, hiciéronme agradecer el hambre,
la sed, los azotes diarios, los servicios de Iglesia,
la muerte y la des-raza de mi raza.

(Así avisa al mundo, Amigo de mi angustia.
Así, avisa. Di. Da diciendo. Dios te pague).

Y bajo ese mesmo Cristo,
negra nube de buitres de trapo vinieron. Tantos.
Cientos de casas hicieron en la Patria.
Miles de hijos. Robos de altar. Pillerías de cama.
Dejáronme en una línea de camino,
sin Sur, sin Norte, sin choza, sin... dejáronme!

Y, después, a batir barro, entraña de mi tierra;
hacer cal de caleras, a trabajar en batanes,
en templos, paredes, pinturas, torres, columnas, capiteles.
Y, yo, a la intemperie!

Y, después, en trapiches que tenían,
moliendo caña, moliéronme las manos:
hermanos de trabajo bebieron mi sanguaza. Miel y sangre y llanto.
Y ellos, tantos, en propias pulperías,
enseñáronme el triste cielo del alcohol y la desesperanza.
Gracias!

¡ Oh, Pachakamak, Señor del Universo !
Tú que no eres hembra ni varón.
Tú que eres Todo y eres Nada,
Óyeme, escúchame.
Como el venado herido por la sed
te busco y sólo a Ti te adoro.

Y tam, si supieras, Amigo de mi angustia,
cómo foeteaban cada día, sin falta.
"Capisayo al suelo, calzoncillo al suelo,
tú, boca abajo, mitayo. Cuenta cada latigazo".
Yo, iba contando: 2, 5, 9, 30, 45, 70.
Así aprendí a contar en tu castellano,
con mi dolor y mis llagas.
En seguida, levantándome, chorreando sangre,
tenía que besar látigo y mano de verdugos.
''Dios se lo pague, Amito", así decía de terror y gratitud.

Un día en santa Iglesia de Tuntaqui, el viejo doctrinero, mostróme cuerpo en cruz de Amo Jesucristo;
único Viracocha, sin ropa, sin espuelas, sin acial.
Todito El, era una sola llaga salpicada.
No había lugar ya ni para un diente de hierba
entre herida y herida.
En El, cebáronse primero; luego fue en mí.
De qué me quejo, entonces? —No. Sólo te cuento.
Me despeñaron. Con punzón de fierro,
me punzaron todo el cuerpo.
Me trasquilaron. Hijo de ayuno y de destierro fui.
Con yescas de maguey encendidas, me pringaron. Después de los azotes, ya aún en el suelo,
ellos entregolpeaban sobre mí, dos tizones de candela
y me cubrían con una lluvia de chispas puntiagudas,
que hacía chirriar la sangre de mis úlceras.
Así.

Entre lavadoras de platos, barrenderas, hierbateras,
a una, llamada Dulita, cayósele una escudilla de barro,
y cayósele, ay, a cien pedazos.
Y vino el mestizo Juan Ruiz, de tanto odio para nosotros
por retorcido de sangre.
A la cocina llevóle pateándole nalgas, y ella, sin llorar,
ni una lágrima. Pero dijo una palabra suya y nuestra: Caraju.
Y él, muy cobarde, puso en fogón una cáscara de huevo
que casi se hace blanca brasa y que apretó contra los labios.
Se abrieron en fruta de sangre: amaneció con maleza.
No comió cinco días, y yo, y Joaquín Toapanta de Tumbabiro,
muerta le hallamos en la acequia de los excrementos.

Y cuando en hato, allá en alturas,
moría ya de buitres o de la pura vida,
sea una vaca, una ternera o una oveja;
yo debía arrastrarle por leguas de hierba y lodo,
hasta patio de hacienda
a mostrar el cadáver.
Y tú, señor Viracocha,
me obligaste a comprar esa carne engusanada ya.
Y como ni esos gusanos juntos
pude pagar de golpe,
me obligaste a trabajar otro año más;
hasta que yo mismo descendí al gusano
que devora a los Amos y al Mitayo!

A Tomás Quitumbe, del propio Quito, que se fue huyendo
de terror, por esas lomas de sigses de plata y pluma,
le persiguieron; un alférez iba a la cabeza.
Y él, corre, corre gimiendo como venado.
Pero cayó, rajados ya los pies de muchos perdernales.
Cazáronle. Amarráronle el pelo a la cola de un potro alazán,
y con él, al obraje de Chillos,
a través de zanjas, piedras, zarzales, lodo endurecido.
Llegando al patio, rellenáronle heridas con ají y con sal,
así los lomos, hombros, trasero, brazos, muslos.
El, gemía revolcándose de dolor: "Amo Viracocha, Amo Viracocha".
Nadie le oyó morir.

Y a mama Susana Pumancay, de Panzaleo;
su choza entre retamas de mil mariposas ya de aleteo;
porque su marido Juan Pilataxi desapareció de bulto,
le llevaron, preñada, a todo paso, a la hacienda;
y, al cuarto de los cepos en donde le enceparon la derecha,
dejándole la izquierda sobre el palo.
Y ella, a medianoche, parió su guagua
entre agua y sangre.

Y él dio de cabeza contra la madera, de que murió.
Leche de plata hubiera mamado un día, Carajo!

Minero fui, por dos años, ocho meses.
Nada de comer. Nada de amar. Nunca vida.
La bocamina, fue mi cielo y mi tumba.
Yo, que usé el oro para las fiestas de mi Emperador,
supe padecer con su luz,
por la codicia y la crueldad de otros.
Dormimos miles de mitayos,
a pura mosca, látigo, fiebres, en galpones,
custodiados con un amo que sólo daba muerte.
Pero, después de dos años, ocho meses, salí.
Salimos seiscientos mitayos,
de veinte mil que entramos.

Pero, salí. Oh, sol reventado por mi madre!
Te miré en mis ojos de cautivo.
Lloré agua de sol en punta de pestañas.
Y te miré, Oh Pachakamak, muerto
en los brazos que ahora hacen esquina
de madera y de clavos a otro Dios.
Pero salí. No reconocía ya mi Patria.
Desde la negrura, volví hacia el azul.
Quitumbe de alma y sol, lloré de alegría.
Volvíamos. Nunca he vuelto solo.
Entre cuevas de Cumbe, ya en goteras de Cuenca,
encontré vivo de luna el cadáver
de Pedro Axitimbay, mi hermano.
Vile mucho. Mucho vile, y le encontré el pecho.
Era un hueso plano. Era un espejo. Me incliné.
Me miré, pestañeando. Y me reconocí. Yo, era él mismo!
y dije:

¡ Oh Pachakamak, Señor del Universo !
Oh Chambo, Muíalo, Sibambe, Tomebamba;
Guángara de Don Ñuño Valderrama.
Adiós. Pachakamak, Adiós. Rinimi. No te olvido!
A ti, Rodrigo Núñez de Bonilla.
Pedro Martín Montanero, Alonso de Bastidas,
Sancho de la Carrera, hijo. Diego Sandoval.
Mi odio. Mi justicia.

A ti Rodrigo Darcos, dueño de tantas minas,
de tantas vidas de kurikamayos.
Tus lavaderos del Río Santa Barbóla.
Minas de Ama Virgen del Rosario en Cañaribamba.
Minas del gran cerro de Malal, junto al río helado.
Minas de Zaruma; minas de Catacocha. Minas!
Gran buscador de riquezas, diablo del oro.
Chupador de sangre y lágrimas del Indio!
Qué cientos de noches cuidé tus acequias, por leguas
para moler tu oro,
en tu mortero de ocho martillos y tres fuelles.
Oro para ti. Oro para tus mujeres. Oro para tus reyes.
Oro para mi muerte. Oro!

Pero un día volví. Y ahora vuelvo!
Ahora soy Santiago Agag, Roque Buestende,
Mateo Comaguara, Esteban Chuquitaype, Pablo Duchinachay,
Gregorio Guartatana, Francisco Nati-Cañar, Bartolomé Dumbay!

Y ahora, toda esta Tierra es mía.
Desde Llaguagua hasta Burgay;
Desde Irubí hasta el Buerán;
desde Guaslán, hasta Punsara, pasando por Biblián.
Y es mía para adentro, como mujer en la noche.
Y es mía para arriba, hasta más allá del gavilán.

Vuelvo, Álzome!
Levántome después del Tercer Siglo, de entre los Muertos!
Con los muertos, vengo!
La Tumba India se retuerce con todas sus caderas
sus mamas y sus vientres.
La Gran Tumba se enarca y se levanta
después del Tercer Siglo, de entre las lomas y las páramos,
las cumbres, los yungas, los abismos,
las minas, los azufres, las cangaguas.

Regreso desde los cerros, donde moríamos
a la luz del frío.
Desde los ríos, donde moríamos en cuadrillas.
Desde las minas, donde moríamos en rosarios.
Desde la Muerte, donde moríamos en grano.
Regreso

Regresamos! Pachakamak!
Yo soy Juan Atampam! Yo, tam!
Yo soy Marcos Guaman! Yo, tam!
Yo soy Roque Jadán! Yo tam!

Comaguara, soy. Gualanlema, Quilaquilago, Caxicondor,
Pumacuri, Tomayco, Chuquitaype, Guartatana, Duchinachay, Dumbay, Soy!
¡Somos! ... ¡Seremos! … ¡Soy!


César Dávila Andrade
Septiembre de 1959

Reseña biográfica

Poeta y cuentista ecuatoriano nacido en Cuenca en 1919.Debido a los modestos recursos de su familia, se vió obligado a abandonar los estudios primarios para intentar varias ocupaciones. Se radicó en Quito hasta el año de 1951 cuando conoció a Isabel Córdova, con quien se estableció como periodista en Venezuela reafirmando así su carrera como escritor y poeta. Su obra, de corte neo-romántico y surrealista, alcanza su plenitud al finalizar la década de los años cuarenta cuando publica una gran cantidad de poemas entre los que sobresalen: «Esquela al gorrión doméstico», «Canción a la bella distante», «Invitación a la vida triunfante» y «Espacio me has vencido». Posteriormente publica la inmortal «Carta a la ternura distante», «Canción a Teresita » y «Oda al Arquitecto», estas dos, de lo más destacado de su creación. El poeta acosado por su vida bohemia y sus angustias, se suicidó en Caracas en 1967.