viernes, 28 de noviembre de 2014

TRABAJO DE RECUPERACIÓN . DÉCIMOS DE BÁSICA

1. Escoja 50 palabras con dificultad de comprensión del libro El psíquico y 50 del libro Raffles manos de seda, escriba el significado, un sinónimo y una oración con cada una.

Haga el trabajo en una hoja de papel ministro las palabras, significados, sinónimos y oraciones del libro 1 y en otra del libro 2.

2. Lea el texto "El pie del diablo" parte 1, 2, 3 y 4 y haga todos los talleres que presenta el libro en las páginas 52, 53, 61, 65 y 71.
Haga el trabajo en hojas de la carpeta, copie todas las preguntas y contéstelas, todas.
Realice el trabajo de forma individual.

3. Haga una investigación sobre los escritores del género policial, escoja a los tres más representativos escriba su biografía, listado de obras y escriba el resumen de una que usted escoja.

Haga el trabajo en hojas de carpeta.
La biografía , el listado de obras y el resumen es por cada escritor.

NOTA: El trabajo 1 es obligatorio para todos los y las estudiantes y los trabajos 1, 2 y 3 son obligatorios para todos los y las estudiantes que tienen promedios inferiores a 7.
Los trabajos deben ser entregados el día miércoles 3 de diciembre, en una carpeta membretada.

RECUPERACIÓN - TERCERO BGU "A"

1. Lectura de libro la multitud errante
2. Haga una lista de las palabras de difícil comprensión, cópielas en una hoja, escriba su significado y un sinónimo de cada una
3. La evaluación es el día martes.

domingo, 23 de noviembre de 2014

CUENTO 12 - TERCERO BGU


LA MAÑANA VERDE
Ray Bradbury
Cuando el sol se puso, el hombre se acuclilló junto al sendero y preparó una cena frugal y escuchó el crepitar de las llamas mientras se llevaba la comida a la boca y masticaba con aire pensativo. Había sido un día no muy distinto de otros treinta, con muchos hoyos cuidadosamente cavados en las horas del alba, semillas echadas en los hoyos, y agua traída de los brillantes canales. Ahora, con un cansancio de hierro en el cuerpo delgado, yacía de espaldas y observaba cómo el color del cielo pasaba de una oscuridad a otra.
Se llamaba Benjamín Driscoll, tenía treinta y un años, y quería que Marte creciera verde y alto con árboles y follajes, produciendo aire, mucho aire, aire que aumentaría en cada temporada. Los árboles refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, los árboles pararían los vientos del invierno. Un árbol podía hacer muchas cosas: dar color, dar sombra, fruta o convertirse en paraíso para los niños; un universo aéreo de escalas y columpios, una arquitectura de alimento y de placer, eso era un árbol. Pero los árboles, ante todo, destilaban un aire helado para los pulmones y un gentil susurro para los oídos, cuando uno está acostado de noche en lechos de nieve y el sonido invita dulcemente a dormir.
Benjamín Driscoll escuchaba cómo la tierra oscura se recogía en sí misma, en espera del sol y las lluvias que aún no habían llegado. Acercaba la oreja al suelo y escuchaba a lo lejos las pisadas de los años e imaginaba los verdes brotes de las semillas sembradas ese día; los brotes buscaban apoyo en el cielo, y echaban rama tras rama hasta que Marte era un bosque vespertino, un huerto brillante.
En las primeras horas de la mañana, cuando el pálido sol se elevase débilmente entre las apretadas colinas, Benjamín Driscoll se levantaría y acabaría en unos pocos minutos con un desayuno ahumado, aplastaría las cenizas de la hoguera y empezaría a trabajar con los sacos a la espalda, probando, cavando, sembrando semillas y bulbos, apisonando levemente la tierra, regando, siguiendo adelante, silbando, mirando el cielo claro cada vez más brillante a medida que pasaba la mañana.
-Necesitas aire -le dijo al fuego nocturno.
El fuego era un rubicundo y vivaz compañero que respondía con un chasquido, y en la noche helada dormía allí cerca, entornando los ojos, sonrosados, soñolientos y tibios.
-Todos necesitamos aire. Hay aire enrarecido aquí en Marte. Se cansa uno tan pronto... Es como vivir en la cima de los Andes. Uno aspira y no consigue nada. No satisface.
Se palpó la caja del tórax. En treinta días, cómo había crecido. Para que entrara más aire había que desarrollar los pulmones o plantar más árboles.
-Para eso estoy aquí -se dijo. El fuego le respondió con un chasquido-. En las escuelas nos contaban la historia de Juanito Semillasdemanzana, que anduvo por Estados Unidos plantando semillas de manzanos. Bueno, pues yo hago más. Yo planto robles, olmos, arces y toda clase de árboles; álamos, cedros y castaños. No pienso sólo en alimentar el estómago con fruta, fabrico aire para los pulmones. Cuando estos árboles crezcan algunos de estos años, ¡cuánto oxígeno darán!
Recordó su llegada a Marte. Como otros mil paseó los ojos por la apacible mañana y se dijo:
-¿Qué haré yo en este mundo? ¿Habrá trabajo para mí?
Luego se había desmayado.
Volvió en sí, tosiendo. Alguien le apretaba contra la nariz un frasco de amoníaco.
-Se sentirá bien en seguida -dijo el médico.
-¿Qué me ha pasado?
-El aire enrarecido. Algunos no pueden adaptarse. Me parece que tendrá que volver a la Tierra.
-¡No!
Se sentó y casi inmediatamente se le oscurecieron los ojos y Marte giró dos veces debajo de él. Respiró con fuerza y obligó a los pulmones a que bebieran en el profundo vacío.
-Ya me estoy acostumbrando. ¡Tengo que quedarme!
Lo dejaron allí, acostado, boqueando horriblemente, como un pez. «Aire, aire, aire -pensaba-. Me mandan de vuelta a causa del aire.» Y volvió la cabeza hacia los campos y colinas marcianos, y cuando se le aclararon los ojos vio en seguida que no había árboles, ningún árbol, ni cerca ni lejos. Era una tierra desnuda, negra, desolada, sin ni siquiera hierbas. Aire, pensó, mientras una sustancia enrarecida le silbaba en la nariz. Aire, aire. Y en la cima de las colinas, en la sombra de las laderas y aun a orillas de los arroyos, ni un árbol, ni una solitaria brizna de hierba. ¡Por supuesto! Sintió que la respuesta no le venía del cerebro, sino de los pulmones y la garganta. Y el pensamiento fue como una repentina ráfaga de oxígeno puro, y lo puso de pie. Hierba y árboles. Se miró las manos, el dorso, las palmas. Sembraría hierba y árboles. Ésa sería su tarea, luchar contra la cosa que le impedía quedarse en Marte. Libraría una privada guerra hortícola contra Marte. Ahí estaba el viejo suelo, y las plantas que habían crecido en él eran tan antiguas que al fin habían desaparecido. Pero ¿y si trajera nuevas especies? Árboles terrestres, grandes mimosas, sauces llorones, magnolias, majestuosos eucaliptos. ¿Qué ocurriría entonces? Quién sabe qué riqueza mineral no ocultaba el suelo, y que no asomaba a la superficie porque los helechos, las flores, los arbustos y los árboles viejos habían muerto de cansancio.
-¡Permítanme levantarme! -gritó-. ¡Quiero ver al coordinador!
Habló con el coordinador de cosas que crecían y eran verdes, toda una mañana. Pasarían meses, o años, antes de que se organizasen las plantaciones. Hasta ahora, los alimentos se traían congelados desde la Tierra, en carámbanos volantes, y unos pocos jardines públicos verdeaban en instalaciones hidropónicas.
-Entretanto, ésta será su tarea -dijo el coordinador-. Le entregaremos todas nuestras semillas; no son muchas. No sobra espacio en los cohetes por ahora. Además, estas primeras ciudades son colectividades mineras, y me temo que sus plantaciones no contarán con muchas simpatías.
-¿Pero me dejarán trabajar?
Lo dejaron. En una simple motocicleta, con la caja llena de semillas y retoños, llegó a este valle solitario, y echó pie a tierra.
Eso había ocurrido hacía treinta días, y nunca había mirado atrás. Mirar atrás hubiera sido descorazonarse para siempre. El tiempo era excesivamente seco, parecía poco probable que las semillas hubiesen germinado. Quizá toda su campaña, esas cuatro semanas en que había cavado encorvado sobre la tierra, estaba perdida. Clavaba los ojos adelante, avanzando poco a poco por el inmenso valle soleado, alejándose de la primera ciudad, aguardando la llegada de las lluvias.
Mientras se cubría los hombros con la manta, vio que las nubes se acumulaban sobre las montañas secas. Todo en Marte era tan imprevisible como el curso del tiempo. Sintió alrededor las calcinadas colinas, que la escarcha de la noche iban empapando, y pensó en la tierra del valle, negra como la tinta, tan negra y lustrosa que parecía arrastrarse y vivir en el hueco de la mano, una tierra fecunda en donde podrían brotar unas habas de larguísimos tallos, de donde caerían quizás unos gigantes de voz enorme, dándose unos golpes que le sacudirían los huesos.
El fuego tembló sobre las cenizas soñolientas. El distante rodar de un carro estremeció el aire tranquilo. Un trueno. Y en seguida un olor a agua.
«Esta noche -pensó. Y extendió la mano para sentir la lluvia-. Esta noche.»
Lo despertó un golpe muy leve en la frente.
El agua le corrió por la nariz hasta los labios. Una gota le cayó en un ojo, nublándolo. Otra le estalló en la barbilla.
La lluvia.
Fresca, dulce y tranquila, caía desde lo alto del cielo como un elíxir mágico que sabía a encantamientos, estrellas y aire, arrastraba un polvo de especias, y se le movía en la lengua como raro jerez liviano.
Se incorporó. Dejó caer la manta y la camisa azul. La lluvia arreciaba en gotas más sólidas. Un animal invisible danzó sobre el fuego y lo pisoteó hasta convertirlo en un humo airado. Caía la lluvia. La gran tapa negra del cielo se dividió en seis trozos de azul pulverizado, como un agrietado y maravilloso esmalte, y se precipitó a tierra. Diez mil millones de diamantes titubearon un momento y la descarga eléctrica se adelantó a fotografiarlos. Luego oscuridad y agua.
Calado hasta los huesos, Benjamín Driscoll se reía y se reía mientras el agua le golpeaba los párpados. Aplaudió, y se incorporó, y dio una vuelta por el pequeño campamento, y era la una de la mañana.
Llovió sin cesar durante dos horas. Luego aparecieron las estrellas, recién lavadas y más brillantes que nunca.
El señor Benjamín Driscoll sacó una muda de ropa de una bolsa de celofán, se cambió, y se durmió con una sonrisa en los labios.
El sol asomó lentamente entre las colinas. Se extendió pacíficamente sobre la tierra y despertó al señor Driscoll.
No se levantó en seguida. Había esperado ese momento durante todo un interminable y caluroso mes de trabajo, y ahora al fin se incorporó y miró hacia atrás.
Era una mañana verde.
Los árboles se erguían contra el cielo, uno tras otro, hasta el horizonte. No un árbol, ni dos, ni una docena, sino todos los que había plantado en semillas y retoños. Y no árboles pequeños, no, ni brotes tiernos, sino árboles grandes, enormes y altos como diez hombres, verdes y verdes, vigorosos y redondos y macizos, árboles de resplandecientes hojas metálicas, árboles susurrantes, árboles alineados sobre las colinas, limoneros, tilos, pinos, mimosas, robles, olmos, álamos, cerezos, arces, fresnos, manzanos, naranjos, eucaliptos, estimulados por la lluvia tumultuosa, alimentados por el suelo mágico y extraño, árboles que ante sus propios ojos echaban nuevas ramas, nuevos brotes.
-¡Imposible! -exclamó el señor Driscoll.
Pero el valle y la mañana eran verdes.
¿Y el aire?
De todas partes, como una corriente móvil, como un río de las montañas, llegaba el aire nuevo, el oxígeno que brotaba de los árboles verdes. Se podía ver brillando en las alturas, en oleadas de cristal. El oxígeno, fresco, puro y verde, el oxígeno frío que transformaba el valle en un delta frondoso. Un instante después las puertas de las casas se abrirían de par en par y la gente se precipitaría en el milagro nuevo del oxígeno, aspirándolo en bocanadas, con mejillas rojas, narices frías, pulmones revividos, corazones agitados, y cuerpos rendidos animados ahora en pasos de baile.
Benjamín Driscoll aspiró profundamente una bocanada de aire verde y húmedo, y se desmayó.

Antes de que despertara de nuevo, otros cinco mil árboles habían subido hacia el sol amarillo.

sábado, 22 de noviembre de 2014

TEXTO 11 - TERCERO BGU

EXPOSICIÓN
Cacique Guaicaipuro Cuatemoc
Discurso del cacique mexicano Guaicaipuro Cuatemoc ante la reunión de Jefes de Estado de la Comunidad Europea, el 8 de febrero de 2002.
Aquí pues yo, Guaicaipuro Cuatemoc, he venido a encontrar a los que celebran el encuentro.
Aquí pues yo, descendiente de los que poblaron la América hace cuarenta mil años, he venido a encontrar a los que la encontraron hace sólo quinientos años.
Aquí pues, nos encontramos todos. Sabemos lo que somos, y es bastante. Nunca tendremos otra cosa.
El hermano aduanero europeo me pide papel escrito con visa para poder descubrir a los que me descubrieron.
El hermano usurero europeo me pide pago de una deuda contraída por Judas, a quien nunca autoricé a venderme.
El hermano leguleyo europeo me explica que toda deuda se paga con intereses aunque sea vendiendo seres humanos y países enteros sin pedirles consentimiento.
Yo los voy descubriendo.
También yo puedo reclamar pagos y también puedo reclamar intereses. Consta en el Archivo de Indias, papel sobre papel, recibo sobre recibo y firma sobre firma, que solamente entre el año 1503 y 1660 llegaron a San Lucas de Barrameda 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata provenientes de América.
¿Saqueo? ¡No lo creyera yo! Porque sería pensar que los hermanos cristianos faltaron a su Séptimo Mandamiento.
¿Expoliación? ¡Guárdeme Tanatzin de figurarme que los europeos, como Caín, matan y niegan la sangre de su hermano!
¿Genocidio? Eso sería dar crédito a los calumniadores, como Bartolomé de las Casas, que califican al encuentro como de destrucción de las Indias, o a ultrosos como Arturo Uslar Pietri, que afirma que el arranque del capitalismo y la actual civilización europea se deben a la inundación de metales preciosos!
¡No! Esos 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata deben ser considerados como el primero de muchos otros préstamos amigables de América, destinados al desarrollo de Europa. Lo contrario sería presumir la existencia de crímenes de guerra, lo que daría derecho no sólo a exigir la devolución inmediata, sino la indemnización por daños y perjuicios.
Yo, Guaicaiputo Cuatemoc, prefiero pensar en la menos ofensiva de estas hipótesis. Tan fabulosa exportación de capitales no fueron más que el inicio de un plan "MarshallTesuma" para garantizar la reconstrucción de la bárbara Europa, arruinada por sus deplorables guerras contra los cultos musulmanes, creadores del álgebra, la poligamia, el baño cotidiano y otros logros superiores de la civilización.
Por eso, al celebrar el Quinto Centenario del Empréstito, podremos preguntarnos:
¿Han hecho los hermanos europeos un uso racional, responsable o por lo menos productivo de los fondos tan generosamente adelantados por el Fondo Indoamericano Internacional?
Deploramos decir que no.
En lo estratégico, lo dilapidaron en las batallas de Lepanto, en armadas invencibles, en terceros reichs y otras formas de exterminio mutuo, sin otro destino que terminar ocupados por las tropas gringas de la OTAN, como en Panamá, pero sin canal.
En lo financiero, han sido incapaces, después de una moratoria de 500 años, tanto de cancelar el capital y sus intereses, cuanto de independizarse de las rentas líquidas, las materias primas y la energía barata que les exporta y provee todo el Tercer Mundo.
Este deplorable cuadro corrobora la afirmación de Milton Friedman según la cual una economía subsidiada jamás puede funcionar y nos obliga a reclamarles, para su propio bien, el pago del capital y los intereses que, tan generosamente, hemos demorado todos estos siglos en cobrar. Al decir esto, aclaramos que no nos rebajaremos a cobrarle a nuestros hermanos europeos las viles y sanguinarias tasas del 20 y hasta el 30 por ciento de interés, que los hermanos europeos le cobran a los pueblos del Tercer Mundo. Nos limitaremos a exigir la devolución de los metales preciosos adelantados, más el módico interés fijo del 10 por ciento, acumulado sólo durante los últimos 300 años, con 200 años de gracia. Sobre esta base, y aplicando la fórmula europea del interés compuesto, informamos a los descubridores que nos deben, como primer pago de su deuda, una masa de 185 mil kilos de oro y 16 millones de plata, ambas cifras elevadas a la potencia de 300.
Es decir, un número para cuya expresión total, serían necesarias más de 300 cifras, y que supera ampliamente el peso total del planeta Tierra. Muy pesadas son esas moles de oro y plata.
¿Cuánto pesarían, calculadas en sangre?
Aducir que Europa, en medio milenio, no ha podido generar riquezas suficientes para cancelar ese módico interés, sería tanto como admitir su absoluto fracaso financiero y/o la demencial irracionalidad de los supuestos del capitalismo. Tales cuestiones metafísicas, desde luego, no nos inquietan a los indoamericanos.
Pero sí exigimos la firma de una Carta de Intención que discipline a los pueblos deudores del Viejo Continente, y que los obligue a cumplir su compromiso mediante una pronta privatización o reconversión de Europa, que les permita entregárnosla entera, como primer pago de la deuda histórica...


CUENTO 10 - DÉCIMO DE BÁSICA

LA OBRA DE ARTE
Anton Chejov

       Sacha Smirnov, hijo único, entró con mustio semblante en la consulta del doctor Kochelkov. Debajo del brazo llevaba un paquete envuelto en el número 223 de Las noticias de la Bolsa.
—¡Hola, jovencito! ¿Qué tal te encuentras? ¿Qué se cuenta de bueno? —le preguntó, afectuosamente, el médico.
       Sacha empezó a parpadear y, llevándose la mano al corazón, dijo con voz temblorosa y agitada:
—Mi madre, Iván Nikolaevich, me rogó que lo saludara en su nombre y le diera las gracias... Yo soy su único hijo, y usted me salvó la vida..., me curó de una enfermedad peligrosa..., y ninguno de los dos sabemos cómo agradecérselo.
—Está bien, está bien, joven —lo interrumpió el médico, derritiéndose de satisfacción—. Sólo hice lo que cualquiera hubiese hecho en mi lugar.
—Soy el único hijo de mi madre... Somos gente pobre y, naturalmente, no podemos pagarle el trabajo que se ha tomado, pero... por eso mismo estamos muy avergonzados... y le rogamos encarecidamente se digne aceptar, en señal de nuestro agradecimiento, esto que... es un objeto muy valioso, de bronce antiguo..., una verdadera obra de arte, muy rara...
—¡Para qué se ha molestado! No hacía falta —dijo el médico frunciendo el ceño.
—No, por favor, no lo rechace —prosiguió murmurando Sacha, mientras desenvolvía el paquete—. Si lo hace, nos ofenderá a mi madre y a mí. Es un objeto muy hermoso..., de bronce antiguo... Pertenecía a mi difunto padre y lo guardábamos como un recuerdo, casi como una reliquia... Mi padre se dedicaba a comprar objetos de bronce antiguos para venderlos a los aficionados. Ahora mi madre y yo seguiremos ocupándonos en lo mismo.
       Sacha acabó de desenvolver el paquete y colocó triunfalmente sobre la mesa el objeto en cuestión. Era un candelabro, no muy grande, pero efectivamente de bronce antiguo y de admirable labor artística. Un pedestal sostenía un grupo de figuras femeninas ataviadas como Eva, y en tales posturas que me encuentro incapaz de describirlas, tanto por falta de valor como del necesario temperamento. Las figuritas sonreían con coquetería, y todo en ellas atestiguaba claramente que, a no ser por la obligación que tenían de sostener una palmatoria, de buena gana habrían saltado del pedestal y organizado una juerga de tal categoría que sólo pensar en ella avergonzaría al lector.
       El médico contemplaba el regalo con aire preocupado, rascándose la oreja, y por fin emitió un sonido inarticulado, sonándose con gesto inseguro.
—Sí; es un objeto realmente hermoso —consiguió murmurar—, pero verá usted, no es del todo correcto... Eso no es precisamente un escote... Bueno, Dios sabe lo que es.
—Pero ¿por qué lo considera usted de ese modo?
—Porque ni el mismo diablo podía haber inventado nada peor... Colocar encima de mi mesa este objeto sería echar a perder la respetabilidad de la casa.
—Qué manera tan rara tiene usted de considerar el arte, doctor —exclamó Sacha, ofendido—. Pero mírelo usted bien. Se trata de una verdadera obra de arte. Hay en ella tal belleza y gracia que eleva nuestra alma y hace acudir lágrimas a nuestros ojos. ¡Fíjese qué movimiento, qué ligereza, cuánta expresión!
—Lo comprendo muy bien, querido —lo interrumpió el médico—. Pero debe darse cuenta de que yo soy padre de familia, mis hijitos andan de un lado para otro y vienen señoras a verme.
—Claro, mirándolo desde el punto de vista del vulgo —dijo Sacha—, este objeto de tanto valor artístico resulta completamente distinto... Pero usted, doctor, se halla tan por encima de la masa. Además, si lo rehúsa, nos apenará profundamente. Usted me salvó la vida..., y lo único que siento es no tener la pareja de este candelabro.
—Gracias, buen muchacho; le estoy muy agradecido. Salude a su madre, pero hágase cargo, palabra de honor, que por aquí andan mis niños y vienen señoras... ¡Bueno, qué se le va a hacer! ¡Déjelo! De todos modos no lograré hacerle comprender mi situación.
—No hay más que hablar —dijo Sacha muy alegre—: el candelabro se pondrá aquí, al lado de este jarrón. ¡La lástima es que no tenga la pareja! ¡Sí, es una verdadera pena! Bueno... ¡Adiós, doctor!
       Cuando se fue Sacha, el médico permaneció un buen rato rascándose la nuca con aire pensativo.
       "Es indiscutible que se trata de un objeto de arte —decía para sí—, y sería una pena tirarlo. Sin embargo, es imposible tenerlo en casa... ¡Vaya problema! ¿A quién podría regalarlo o qué favor podría pagar con él?"
Después de muchas cavilaciones recordó a su buen amigo el abogado Ujov, con quien se sentía en deuda por un asunto que le arregló.
       "Perfectamente —decidió el médico—; como es un gran amigo no me aceptará dinero y será necesario hacerle un regalo. Voy a llevarle este condenado candelabro. Precisamente es soltero y algo calavera."
       Y, sin esperar más, se vistió rápidamente, cogió el candelabro y se fue a ver a Ujov, a quien encontró casualmente en casa.
—¡Hola, amigo! —exclamó al entrar—. Vine para darte las gracias por las molestias que te tomaste conmigo, y como no quieres aceptar mi dinero, al menos acepta este objeto. Sí, querido amigo, se trata de un objeto valiosísimo...
       Al ver el candelabro, el abogado prorrumpió en exclamaciones de entusiasmo.
—¡Vaya un objeto! —exclamó el abogado, echándose a reír—. ¡Ni el mismo demonio sería capaz de inventar algo mejor! ¡Es estupendo! ¡Magnífico! ¿Dónde encontraste esta preciosidad?
       Después de exteriorizar así su entusiasmo, echó una mirada temerosa a la puerta, y dijo:
—Sólo que, hermano, por favor guarda tu regalo. No lo quiero.
—¿Por qué? —inquirió el médico, asustado.
—Pues porque... a mi casa suele venir mi madre y también los clientes... Incluso delante de la criada resultará algo molesto...
—¡Ni hablar! ¡No te atreverás a hacerme este desaire! —exclamó, gesticulando, el galeno—. Esto sería un feo por tu parte. Además, tratándose de una obra de arte..., y fíjate qué movimiento..., cuánta expresión. ¡No digas nada más o me enfado!
—Si al menos llevasen unas hojitas...
       Pero el médico no lo dejó continuar y empezó a hablar con gran vehemencia, gesticulando. Finalmente pudo irse contento a su casa por haberse deshecho del regalo.
En cuanto se marchó el doctor, el abogado se quedó contemplando el candelabro, le dio vueltas y más vueltas, palpándolo por todos lados, e, igual que su anterior dueño, estuvo cavilando sobre la misma cuestión. ¿Qué iba a hacer con aquel regalo?
       "Es una obra magnífica —pensaba—. Sería lástima tirarla, pero tampoco es posible guardarla. Lo mejor será regalarlo a alguien... ¿Y si lo llevara esta noche al cómico Schaschkin. A este sinvergüenza le gustan objetos de esta clase y, además, hoy tiene un festival benéfico..."
       Y dicho y hecho, por la noche envolvió el candelabro en un papel y lo envió al cómico Schaschkin.
       El camerino del artista estuvo lleno toda la tarde; a cada momento entraban hombres a contemplar el regalo: allí sólo se oía un rumor mezcla de exclamaciones y de risas, algo así como un relinchar. Cuando alguna de las artistas se acercaba a la puerta y preguntaba si podía entrar, en seguida se oía la voz ronca del cómico que gritaba:
—No chica, no. Estoy sin vestir.
       Después de aquel espectáculo, el cómico, alzando sus brazos y gesticulando, decía todo preocupado:
—Bueno, ¿y dónde meteré yo esta porquería de candelabro? Tengo un piso particular, pero es imposible llevarlo allí. Vienen a verme artistas, y esto no es una fotografía que se pueda esconder en el cajón de la mesa.
—Puede venderlo, señor —le aconsejó el peluquero, consolándolo—. No muy lejos de aquí vive una vieja que compra antigüedades... Pregunte por la Smirnova. Todo el mundo la conoce.
       El cómico siguió este consejo...
       Dos días más tarde, cuando el médico Kochelkov estaba sentado en su gabinete con la cabeza entre las manos y pensando en los ácidos biliares, se abrió la puerta de repente y entró en la habitación Sacha Smirnov. Sonreía resplandeciente de felicidad. Llevaba en las manos algo envuelto en un papel de periódico.
—¡Doctor! —exclamó todo sofocado—. ¡Figúrese qué alegría! Ha sido una suerte enorme para usted. Hemos encontrado la pareja de su candelabro... Mi madre está tan contenta... Usted me salvó la vida.
       Y Sacha, cuya voz temblaba de emoción, colocó delante del médico el candelabro. El médico abrió la boca, intentó decir algo, pero no pudo: su lengua estaba paralizada.


domingo, 16 de noviembre de 2014

TEXTO 10 - 3BGU

ADIÓS A LOS LOBOS
Ramiro Diez
A pesar del frío y de la nieve, Joe Deag  se levantó aquella mañana más temprano que de costumbre, revisó el poderoso fusil de mirilla telescópica preparado desde la noche anterior y, dando saltos para evitar algo del agua empozada, cruzó el patio de su granja.  Entonces trepó al helicóptero que lo esperaba con los motores encendidos.

El piloto gruñó, como saludando, y enseguida levantaron vuelo. Sobrevolaron el bosque, casi acariciando las copas de los árboles, haciendo cabriolas para seguir el curso de los riachuelos congelados, y a los pocos minutos el piloto salió de su mutismo y señaló a lo lejos. “Allá, Joe —gritó emocionado– esa sombra, detrás de los peñascos. ¡Son ellos!”

Un rápido viraje del timón enrumbó la nave hacia un claro del bosque. Allí, una loba gris jugueteaba con sus cuatro cachorros. Joe Deag enfiló su arma, contuvo la respiración, y disparó.

El primer balazo despedazó a uno de los lobeznos. La madre enfrentó todo el terror que le producía el rugir tenebroso de las aspas, e intentó poner a salvo a los sobrevivientes. Pero el segundo disparo, certero, en el vientre, fue para ella. Medio minuto después, los otros cachorros yacían sobre la nieve, casi en el mismo lugar donde los había descubierto el ojo experto del piloto.

El helicóptero se alejó, dejando atrás cinco cadáveres que nadaban en charcas de sangre. Era necesario seguir buscando. Más tarde regresarían por las piezas. La mañana de caza y diversión había empezado bien para Deag y para otras decenas de granjeros del norte de los EE.UU.

Un largo trago de whisky y risotadas de celebración llenaron de euforia al cazador y a su piloto que, temerario, continuaba deslizándose entre los árboles, buscando cualquier cosa que se moviera y pudiera recibir un balazo de Joe Deag.

Era importante aguzar la vista. A esa hora el resplandor de la nieve engañaba, y los lobos eran veloces, astutos. Tanto, que aún quedan algunos en el norte de Estados Unidos, a pesar de hombres como Deag y sus amigos que cuentan con equipos sofisticados para exterminar cualquier forma de vida natural.

Tres tragos de whisky más tarde, encontraron una pareja de lobos muertos. Aunque estaban separados el uno del otro, les unía una línea de sangre, recta al principio y luego irregular y ondulante. Era de suponer que estaban juntos e intentaron huir ante el estallido fatal del fusil de otro cazador tempranero.

Pero después de un momento, la euforia empezó a decaer en la cabina. Estos no eran buenos tiempos. Cada día los lobos eran más escasos, la competencia entre los cazadores era más desalmada, y encontrar un solo ejemplar era como un milagro que solo le ocurría a los expertos.

Pero sucedió el milagro. La cabina se llenó de alegría, otra vez. Descubrieron a una loba, con su pequeño, retozando en la nieve. El primer balazo, errático, dejó mal herida a la madre que, con todas sus defensas derrumbadas, lanzaba inútiles gruñidos al helicóptero. Este gesto de la hembra no asustó, por supuesto, al bravo piloto ni a Joe Deag que con dos balazos más pudo matarla.  Mientras tanto, el cachorro encontró refugio entre los arbustos, lo que llenó de ira al cazador.

– Tenemos que echar más ojo, y menos whisky–, dijo el piloto.
– “Por todos los demonios, —respondió Joe Deag–, juro que no escapará. Deja que crezca. Tal vez mañana mismo lo vuelva a encontrar. Solo te digo dos cosas: voy a ganar el torneo y voy a demostrarles a todos que en este Estado no quedará ni un solo lobo ni nadie que compita conmigo si tengo un fusil en la mano”.

Horas más tarde, cuando la luz, las balas y el whisky llegaban a su fin, se decidía el retorno, deshaciendo la ruta para recuperar las piezas propias. Las ajenas eran celosamente respetadas porque en la moral de estos autodenominados deportistas, nadie puede alardear de crímenes que no sean propios.

Ya en el pueblo, y antes de que cayera la noche precoz de los inviernos norteños, iniciaba la fiesta: sobre una rústica tarima, un hombre de rostro colorado, voz chillona y enfundado en gruesas pieles, anunciaba la evaluación de la jornada:
—Johnson: 13 piezas. ¡Campeón!

Y la turba explotaba en aullidos, aplausos, silbidos de alegría, botellas y disparos al aire.
—Boby: Once piezas… de las cuales, siete eran cachorros...

Menos euforia, menos gritos que se desvanecían cada vez más rápido a medida que las cifras perdían importancia.
—Deag: seis piezas….
Hasta llegar al último:
–Peter: ¡Dos piezas!

Entonces se escuchaban otra vez los aullidos, pero ya de burla contra el torpe cazador que, en medio de carcajadas y maldiciones de borracho, prometía el primer lugar para la próxima ocasión.

Después, cuando caía la noche y la nieve, los hombres se retiraban al calor de sus hogares a soñar, acompañados de su familia, con la jornada del día siguiente.

Mientras usted lee este relato testimonial, los pocos lobos que viven en las zonas norteñas de los EE.UU. y de otros países, están siendo exterminados. Se ha autorizado la cacería desde helicópteros y, para los menos ricos, desde motos de nieve.

Poderosas agencias de turismo promueven este tipo de ¿cómo llamarlo?… Ellos lo califican como “turismo de aventura”. Y esto sucede a ambos lados del Atlántico: algunas firmas de Alaska, Minnesota, Columbia Británica y también de distintos lugares de Rusia y la antigua URSS, organizan excursiones donde se alcanzan hasta 80 inscripciones de cazadores en un mes. La tarifa más baja supera los cinco mil dólares. La más alta, incluyendo la filmación del cazador dando el tiro de gracia o patadas y culatazos a los cadáveres, puede llegar al doble o al triple.

Países como China, Noruega y España tampoco escapan a distintas formas de cacería, que incluyen trampas de especial crueldad. Y a esta modalidad de turismo macabro, se suman algunos países africanos. No hace mucho tiempo, el mundo vio, estupefacto, la mirada ausente y la sonrisa sospechosa del Rey de España: orgulloso, posaba al lado de una hembra de elefante que él mismo había abatido. La factura de aquel jolgorio superaba los ochenta mil euros. Y no era la primera vez.

Es urgente detener el exterminio de los lobos y de todas las especies que están en peligro. Es inaplazable hacer algo urgente, original, coordinado, para sumar esfuerzos y detener esta barbarie.
Mientras tanto, si guarda un minuto de silencio por el hermano lobo, y por nuestros otros hermanos amenazados, y aguza los oídos, sentirá que allá, a lo lejos, se acaba de escuchar un disparo. Y otro más.

En Estados Unidos se ha autorizado la caza de lobos en las zonas del norte. Las agencias de viajes no han perdido el tiempo, y proponen a sus potenciales clientes participar en una matanza que denominan “turismo de aventura”. El hombre ha desarrollado sofisticados sistemas para asolar la vida silvestre.


CUENTO 9 DÉCIMO

CUENTO POLICIAL


Rumbo a la tienda donde trabajaba como vendedor, un joven pasaba todos los días por delante de una casa en cuyo balcón una mujer bellísima leía un libro. La mujer jamás le dedicó una mirada. Cierta vez el joven oyó en la tienda a dos clientes que hablaban de aquella mujer. Decían que vivía sola, que era muy rica y que guardaba grandes sumas de dinero en su casa, aparte de las joyas y de la platería. Una noche el joven, armado de garfio y de una linterna, se introdujo sigilosamente en la casa de la mujer. La mujer despertó, empezó a gritar y el joven se vio en la penosa necesidad de matarla. Huyó sin haber podido robar ni un alfiler, pero con el consuelo de que la policía no descubriría al autor del crimen. A la mañana siguiente, al entrar en la tienda, la policía lo detuvo. Azorado por la increíble sagacidad policial, confesó todo. 

domingo, 9 de noviembre de 2014

CUENTO 9 TERCERO BGU

EL ÚLTIMO DÍA QUE LLOVIÓ
Lucrecia Maldonado

Algunas personas todavía lo recuerdan. Entonces aún era el tiempo de la esperanza, o eso se creía, aunque cada vez las nubes se veían más ralas y esporádicas en un cielo amarillento y desvaído. Algunos animales, los más viejos, ya habían comenzado a resignarse a su suerte, y se iban tumbando bajo los cactus y los árboles calcinados que aún se sostenían sobre el suelo resquebrajado.
En aquel entonces, tampoco se recordaba la última vez que había llovido. Lo que sí sabían era que el tiempo se medía en meses, por lo menos. Algunos niños pequeños no entendían las palabras relacionadas con lluvia: tal vez nube sí, porque de vez en cuando una especie de resto de algodón deshilachado transitaba por el cielo; pero nada de nubarrón, ni de llovizna, peor de chubasco o aguacero. Esas eran cosas que pertenecían al pasado, a un remoto tiempo en donde ocurrían hechos más allá de lo normal, como la aparición de duendes que ayudaban a encontrar objetos perdidos, o de hadas que cumplían deseos, cualquier clase de deseo, menos que lloviera.
Se sabía que en otras partes la falta de lluvia había hecho que la gente se volviera agresiva. Eso contaban los viajeros: había quien mataba por un poco de agua encontrada en el fondo de un pozo, quien chantajeaba con goteros a madres desesperadas, y aun quien vendía su llanto o su sudor.
Sin embargo, entre nosotros la falta de agua ha degenerado en apatía: esto de acomodarse a la sombra de los cactus gigantes que comenzaron a proliferar aquí y allá, chupando con sus raíces el agua subterránea. Pero ojo, estaba más que prohibido atacar los cactus para obtener el líquido de sus ramas, eso solo se podía hacer en caso de extrema emergencia, si se quería conservar la vida, aunque había quien, en su desesperación, había llegado a morir acribillado por acercarse provisto de una hoz a un cactus en la oscuridad de la noche. E incluso las autoridades más severas llegaron a rodear los cactus con cercas electrificadas que solo se podían desactivar por los servicios de primeros auxilios urgentes y por nadie más.
La gente más anciana relataba historias de cuando en tu propia casa girabas una llave y caía agua de un tubo. De cómo las ciudades se adornaban con grandes fuentes en donde el agua fluía incesantemente solo para el deleite de los transeúntes. Hablaban de cómo el agua de los ríos y cascadas producía energía eléctrica y movía molinos y otro tipo de maquinarias. Ahora sabemos que esas cosas aún ocurren, pero demasiado lejos de aquí como para que se puedan ver. Son unos pocos los que gozan de esos privilegios y sus mansiones se encuentran fuertemente vigiladas por guardianes armados hasta los dientes y perros asesinos que huelen la sedienta presencia a kilómetros de distancia.
Pero algunas personas todavía recuerdan con nostalgia el último día de lluvia que se ha conocido: nadie puede explicar bien cómo en medio de la desolación de la sequía, entre esqueletos de animales, plantas raquíticas y niños polvorientos que poco a poco iban decayendo a causa de la sed, las hilachas que eventualmente paseaban por el cielo comenzaron a amontonarse. Los más viejos no quisieron tentar ningún tipo de esperanza y repitieron que, como ya había ocurrido muchas otras veces, era solo un engaño de la naturaleza, el agua residual que después se dispersaba en el aire y venía en forma de rocío a la madrugada. Y les creímos. Es mejor no tener ilusiones. Después de todo, fuimos aprendiendo ya a vivir así: a recoger las gotas acumuladas en el cáliz de una flor de cactus y cuidarlas como un tesoro. No importa que tengamos la lengua cubierta de tierra, la piel costrosa y descamada, el cabello grasiento y reseco a un tiempo: el agua es un bien precioso, se guarda solo para tomar un sorbito leve cuando la sed atenaza, para dárselo a los niños o a los más viejos si es del caso. Las gotas que produce el cuerpo, como sudor, lágrimas e incluso orina también se han convertido en bienes de valor incalculable y mucha gente recoge, sobre todo sus lágrimas, aún en medio de la perturbación del llanto, para conservarlas y utilizarlas en caso de emergencia. Pero de un tiempo a esta parte vamos descubriendo que al llorar nos salen menos lágrimas y nos preguntamos si algún rato ellas también se acabarán.
El último día que llovió dicen que todavía quedaba por ahí alguno que otro perro de esos que lustros antes se llamaban falderos y que quién sabe cuándo se les podía bañar cada quince días, pero en aquel entonces ya se veían desharrapados y cubiertos de sarnas y costras que se rascaban en medio de las calles polvorientas de lo que antes fuera una bella ciudad con canales y fuentes. Cuentan que las nubes se fueron amontonando, parsimoniosamente, durante ocho, diez días, hasta que el sol quedó totalmente cubierto. Dicen que una luz alargada las rasgó como una rajadura incandescente, que en seguida se escuchó el retumbar del cielo, y otra vez, y otra, y otra más, y que nadie pudo creer cuando las primeras gotas empezaron a cubrir el suelo de circulitos oscuros. Dicen que los ancianos lloraron de alivio y de nostalgia. Las madres y la gente práctica sacaron recipientes para recoger la mayor cantidad posible de agua, y dicen que los niños más pequeños al principio tuvieron miedo, pero los más grandecitos y los adolescentes salieron a recoger la lluvia en las manos y a danzar, abrazarse y besarse en medio del agua que venía del cielo durante el medio día que duró el aguacero y después hasta los bebés se quedaron chapoteando en los charcos fangosos mientras se pudo. En ese breve tiempo, dicen, todos fueron muy felices.
Pero se terminó. Aunque mucha gente aún lo relata, nadie puede dar una fecha, un día de la semana, una hora exacta. Algunos ni siquiera saben si fue de día o de noche, y se mezclan las anécdotas sobre la luz de las estrellas apareciendo poco a poco en medio de las nubes que se iban desgastando con el paso de la lluvia con las anécdotas de cómo finalmente regresaron la luz y el calor y el eterno verano infernal sin solución hasta el día de hoy.
Dicen que en otras partes, allá, lejos, los científicos ya están buscando maneras de hacer llover de nuevo; pero dicen también que venden caro sus secretos, como lo hicieron desde siempre con sus medicinas y sus descubrimientos de toda clase.

Hoy por hoy, desde aquí no se ve más que el cielo amarillento, con un gigantesco sol inmisericorde que se enciende desde muy temprano y ya no se va nunca. Aunque dicen también que así fue hace mucho tiempo atrás, tan solo unas pocas semanas, unos pocos días, quizá dos o tres horas antes de la última vez que llovió.

CUENTO 8 DÉCIMO

PORTUGUESES
Rodolfo Walsh

1)
El primer portugués era alto y flaco.
El segundo portugués era bajo y gordo.
El tercer portugués era mediano.
El cuarto portugués estaba muerto.
2)
-¿Quién fue? -preguntó el comisario Jiménez.
a. Yo no -dijo el primer portugués.
b. Yo tampoco -dijo el segundo portugués.
c. Ni yo -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba muerto.

3)
Daniel Hernández puso los cuatro sombreros sobre el escritorio.
El sombrero del primer portugués estaba mojado adelante.
El sombrero del segundo portugués estaba seco en el medio.
El sombrero del tercer portugués estaba mojado adelante.
El sombrero del cuarto portugués estaba todo mojado.

4)
-¿Qué hacían en esa esquina? -preguntó el comisario Jiménez.
a. Esperábamos un taxi -dijo el primer portugués.
b. Llovía muchísimo -dijo el segundo portugués.
c. ¡Cómo llovía! -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués dormía la muerte dentro de su grueso sobretodo.

5)
-¿Quién vio lo que pasó? -preguntó Daniel Hernández.
a. Yo miraba hacia el norte -dijo el primer portugués.
b. Yo miraba hacia el este -dijo el segundo portugués.
c. Yo miraba hacia el sur -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba muerto. Murió mirando al oeste.

6)
-¿Quién tenía el paraguas? -preguntó el comisario Jiménez.
a. Yo tampoco -dijo el primer portugués.
b. Yo soy bajo y gordo -dijo el segundo portugués.
c. El paraguas era chico -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués no dijo nada. Tenía una bala en la nuca.

7)
-¿Quién oyó el tiro? -preguntó Daniel Hernández.
a. Yo soy corto de vista -dijo el primer portugués.
b. La noche era oscura -dijo el segundo portugués.
c. Tronaba y tronaba -dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba borracho de muerte.

8)
-¿Cuándo vieron al muerto? -preguntó el comisario Jiménez.
a. Cuando acabó de llover -dijo el primer portugués.
b. Cuando acabó de tronar -dijo el segundo portugués.
c. Cuando acabó de morir -dijo el tercer portugués.
Cuando acabó de morir.

9)
-¿Qué hicieron entonces? -preguntó Daniel Hernández.
a. Yo me saqué el sombrero -dijo el primer portugués.
b. Yo me descubrí -dijo el segundo portugués.
c. Mi homenaje al muerto -dijo el portugués.
Los cuatro sombreros sobre la mesa.

10)
- Entonces ¿qué hicieron? -preguntó el comisario Jiménez.
Uno maldijo la suerte -dijo el primer portugués.
Uno cerró el paraguas -dijo el segundo portugués.
Uno nos trajo corriendo -dijo el tercer portugués.
El muerto estaba muerto.

11)
Usted lo mató -dijo Daniel Hernández.
¿Yo señor? -preguntó el primer portugués.
No, señor -dijo Daniel Hernández.
¿Yo señor? -preguntó el otro portugués.
Sí, señor -dijo Daniel Hernández.

12)
-Uno mató, uno murió, los otros dos no vieron nada -dijo Daniel Hernández.

Uno miraba al norte, otro al este, otro al sur, el muerto al oeste. Habían convenido en vigilar cada uno una bocacalle distinta para tener más posibilidades de descubrir un taxímetro en una noche tormentosa.

"El paraguas era chico y ustedes eran cuatro. Mientras esperaban, la lluvia les mojó la parte delantera del sombrero."

"El que miraba al norte y el que miraba al sur no tenían que darse vuelta para matar al que miraba al oeste. Les bastaba mover el brazo izquierdo o derecho a un costado. El que miraba al este, en cambio, tenía que darse vuelta del todo, porque estaba de espaldas a la víctima. Pero al darse vuelta, se le mojó la parte de atrás del sombrero. Su sombrero está seco en el medio, es decir, mojado adelante y atrás. Los otros dos sombreros se mojaron solamente adelante, porque cuando sus dueños se dieron vuelta para mirar el cadáver, había dejado de llover. Y el sombrero del muerto se mojó por completo al rodar por el pavimento húmedo."

"El asesino usó un arma de muy reducido calibre, un matagatos de esos con que juegan los chicos o que llevan algunas mujeres en sus carteras. La detonación se confundió con los truenos (esa noche hubo una tormenta eléctrica particularmente intensa). Pero el segundo portugués tuvo que localizar en la oscuridad el único punto realmente vulnerable a un arma tan pequeña: la nuca de su víctima, entre el grueso sobretodo y el engañoso sombrero. En esos pocos segundos, el fuerte chaparrón le empapó la parte posterior del sombrero. El suyo es el único que presenta esa particularidad. Por lo tanto es el culpable."

El primer portugués se fue a su casa.
Al segundo…
El tercero…
El cuarto portugués estaba muerto.

Muerto.

martes, 4 de noviembre de 2014

CUENTO 8 TERCERO BGU

LA NOCHE DE LOS FEOS
Mario Benedetti

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"¿Qué está pensando?", pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

"Sí", dijo, todavía mirándome.

"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

"Sí."

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

"¿Algo cómo qué?"

"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado."

"Prometo."

"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"

"No."

"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

"Vamos", dijo.

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.